23 Poemas de ausencia 

AUSENCIA

¡Quién me diera tomar tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y besarlas... besarlas, escuchando
de tu amor las dulcísimas querellas!

¡Quién me diera sentir sobre mi pecho
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como enantes, tus suspiros,
tus suspiros de amor y de tristeza!

¡Quién me diera posar casto y suave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintieras sollozar mi alma
en cada beso que dejara en ellos!

¡Quién me diera robar un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener al separarnos luego
con qué alumbrar la soledad del alma!

Oh! quién me diera ser tu misma sombra
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por besar tus ojos celestiales,
la lágrima que tiembla en tu pestaña.

Y ser un corazón todo alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma de paloma
el sueño virginal de sus amores.

Pero en su triste soledad el alma
es sombra y nada mas, sombra y enojos...
¿cuándo esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos?...

Autor del poema: Manuel María Flores

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AUSENCIA

Hola
dije mirando tu retrato
y se pasmó el saludo
entre mis labios.
Otra vez la punzada,
el saber que es inútil;
el calcinado clima
de tu ausencia.

Autor del poema: Claribel Alegría

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AUSENCIA DE LA ESPOSA

Todo es tranquilidad en tu presencia.
Contiguo el mundo entero es nuestra casa
a cuya vera el tiempo lento pasa
dándole eternidad a la experiencia.
Más qué desolación y qué inclemencia,
qué cruel angustia la que me traspasa,
qué ardiente sed de ti la que me abrasa
en el desierto de tu larga ausencia.

Vuelve a llenar de sol, calor y vida
mi cuerpo que se ajusta a tu medida
y mi alma que hace veces de la tuya.
Ven a calmar las ansias de mi pecho,
y a llenar el vacío de tu lecho
para que mane miel y leche fluya.

Autor del poema: José Coronel Urtecho

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LA AUSENCIA ES UNA FORMA DEL INVIERNO

Como el cuerpo de un hombre derrotado en la nieve,
con ese mismo invierno que hiela las canciones
cuando la tarde cae en la radio de un coche,
como los telegramas, como la voz herida
que cruza los teléfonos nocturnos
igual que un faro cruza
por la melancolía de las barcas en tierra,
como las dudas y las certidumbres,
como mi silueta en la ventana,
así duele una noche,
con ese mismo invierno de cuando tú me faltas,
con esa misma nieve que me ha dejado en blanco,
pues todo se me olvida
si tengo que aprender a recordarte.

Autor del poema: Luis García Montero

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RECUERDA QUE SIEMPRE TE AMARÉ

Recuerda que siempre te amaré
aunque no estés a mi lado.
Yo en mi soledad te digo,
amar no es pecado a Dios.

Amor aún te digo si quieres regresa,
que siempre te estaré esperando.

Tu ausencia me mata,
haces de tu recuerdo una virtud.

Tu eres el Dios inexistente
cada que tu imagen se me revela.

Le pregunto a mi corazón porque tú y no algún otro.
Suyo del alma mía.

Autor del poema: Frida Kahlo

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ESPERÁNDOTE

Este silencio de cocina vacía,
este alfiler clavándose en el párpado
esta ausencia tuya grazna
encaramada al perchero sin abrigos.
Te echo de menos, ya ves,
y el autobús en que viajas
es la góndola en la que Venecia
se llena de brindis y guirnaldas,
el balcón repleto de oscuras golondrinas,
la fiesta que uno admira mientras llueve
al otro lado del cristal de la ventana.

Tú, tan Ulises de regreso,
yo, sin triste sudario que tejer,
y este octubre terco
que clava las agujas del sol sobre mi espalda,
que deja a los maestros sin escuelas,
que escupe a los otoños las mil hojas
que arropan a los muertos de las horas
más sombrías de Madrid
donde gritan las radiales y las olas.

Te has ido un instante,
sólo una tarde de recados y tareas
y yo me tumbo en el suelo
y ensayo el desmayo que es tu ausencia
y siento el frío de la tierra
como un abrazo de sala de embarque,
pasajeros al tren, despega el vuelo,
quizá no te dije que te quiero
tantas veces como pude,
y me levanto sintiendo que el cuerpo,
como el alma, es más viejo
y quizá por eso esta soledad
tan de número primo,
de neutrino incomprendido en su odisea,
de coche en segunda fila,
de carta extraviada en algún frente.

Te amo. Y vuelves.
Vibra el teléfono y descorcho una botella
y te sonrío, el autobús venía hasta arriba,
y salvas mi retrato del incendio
y todo empieza en ti. En tu regreso.

Autor del poema: Ismael Serrano

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AUSENCIA

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nichos de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Autor del poema: Jorge Luis Borges

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Muerte Silenciosa

Enviado por jgabot32  Seguir

Agonía Silenciosa… Fría Oscuridad…Soledad… eterna.
El alma en un suspiro Vuela hacia la fría noche
Que lentamente se marcha Sin dejar rastro alguno
Llevando todo a su paso. La perdida es fatal
La agonía es dolorosa No soportare más

Mi corazón late de prisa Queriendo desbocar.
Ya no podré tenerte entre mis brazos
Nunca más podré estrechar tu rostro
Ya no sentiré tu aliento en mi ser Ni el tibio calor de tu piel
Ya no mas….

Las lágrimas brotan Desde el fondo de mi ser
Quemándome el corazón, Muero en silencio
Sin tener nunca tu querer.

Velare por ti entre las sombras
Abrazare tu recuerdo en mi mente
Tu rostro jamás he de olvidar
Por toda la fría eternidad.

Silencio….
Escucha al viento suspirar
En un halo de fría soledad.
La agonía es lenta
Y duele tanto esperar…

Oscuridad….
Tengo miedo a la fría soledad
Miedo de perderte en mis recuerdos
De no saber a quien abrazar,
De no saber a quien mirar
Miedo a no tener por quien velar.
Desde los alto de las estrellas
Al momento de mi partida

La fría oscuridad se apodera de mí.
No, no quiero partir
Sin antes verte de nuevo
Quiero estrecharte entre mis brazos
Por última vez

Pero….Siento frió…
No me dejes solo, en la fría noche
Abrázame por última vez en tus recuerdos
Te regalo mis últimas lágrimas
Que hoy brotan por tu ausencia
Hoy… que no estas a mi lado.

Perdóname por no decir adiós
Perdóname por no decir que te amo
Pero el tiempo se acaba
Adiós vida mía.

En mi recuerdo estarás, Donde la muerte espera
En una larga agonía sin tenerte a mi lado.
muero de dolor En el silencio frió y eterno,
Esperando en soledad infinita sin ti…

Perdóname Amor mio…,

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Ausencia.

Enviado por gabl  Seguir


Que difícil ha sido
esperar el amanecer,
y no verte llegar.

Dejaste cada rincón de mi alma
lleno de recuerdos,
de ausencias y expresiones muertas.

gbl
16/07/2018
Derechos Reservados de Autor

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LAS UVAS DEL TIEMPO

Madre: esta noche se nos muere un año.
En esta ciudad grande, todos están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como todos tienen su madre cerca...
¡Yo estoy tan solo, madre,
tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año
pasado que se queda.
Si vieras, si escucharas este alboroto: hay hombres
vestidos de locura, con cacerolas viejas,
tambores de sartenes,
cencerros y cornetas;
el hálito canalla
de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.

Esta es la noche en que todos se ponen
en los ojos la venda,
para olvidar que hay alguien cerrando un libro,
para no ver la periódica liquidación de cuentas,
donde van las partidas al Haber de la Muerte,
por lo que viene y por lo que se queda,
porque no lo sufrimos se ha perdido
y lo gozado ayer es una perdida.

Aquí es de la tradición que en esta noche,
cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,
todos los hombres coman, al compas de las horas,
las doce uvas de la Noche Vieja.
Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!,
como en los pueblos de mi tierra;
en este gozo hay menos caridad; la alegría
de cada cual va sola, y la tristeza
del que está al margen del tumulto acusa
lo inevitable de la casa ajena.

¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes,
sin conocerse, con la buena nueva!
Las manos que se buscan con la efusión unánime
de ser hormigas de la misma cueva;
y al hombre que está solo, bajo un árbol,
le dicen cosas de honda fortaleza:
«¡Venid compadre, que las horas pasan;
pero aprendamos a pasar con ellas!»
Y el cañonazo en la Planicie,
y el himno nacional desde la iglesia,
y el amigo que viene a saludarnos:
«feliz año, señores», y los criados que llegan
a recibir en nuestros brazos
el amor de la casa buena.

Y el beso familiar a medianoche:
«La bendición, mi madre»
«Que el Señor la proteja...»
Y después, en el claro comedor, la familia
congregada para la cena,
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.
¡Madre, cómo son ácidas
las uvas de la ausencia!

¡Mi casona oriental! Aquella casa
con claustros coloniales, portón y enredaderas,
el molino de viento y los granados,
los grandes libros de la biblioteca
—mis libros preferidos: tres tomos con imágenes
que hablaban de los reinos de la Naturaleza—.
Al lado, el gran corral, donde parece
que hay dinero enterrado desde la Independencia;
el corral con guayabos y almendros,
el corral con peonías y cerezas
y el gran parral que daba todo el año
uvas más dulces que la miel de las abejas.

Bajo el parral hay un estanque;
un baño en ese estanque sabe a Grecia;
del verde artesonado, las uvas en racimos,
tan bajas, que del agua se podría cogerlas,
y mientras en los labios se desangra la uva,
los pies hacen saltar el agua fresca.

Cuando llegaba la sazón tenía
cada racimo un capuchón de tela,
para salvarlo de la gula
de las avispas negras,
y tenían entonces
una gracia invernal las uvas nuestras,
arrebujadas en sus talas blancas,
sordas a la canción de las abejas...

Y ahora, madre, que tan sólo tengo
las doce uvas de la Noche Vieja,
hoy que exprimo las uvas de los meses
sobre el recuerdo de la viña seca,
siento que toda la acidez del mundo
se está metiendo en ella,
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura
las uvas de la ausencia.

Y ahora me pregunto:
¿Por qué razón estoy yo aquí? ¿Qué fuerza pudo
más que tu amor, que me llevaba
a la dulce aninomia de tu puerta?
¡Oh miserable vara que nos mides!
¡El Renombre, la Gloria..., pobre cosa pequeña!
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,
cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!

Y esta es la lucha ante los hombres malos
y ante las almas buenas;
yo soy un hombre a solas en busca de un camino.
¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda
que a ti me lleva, madre; la verdad que corta
por los campos frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico, con muchachas de la aldea,
hombres que dicen: «Buenos días, niño»,
y el queso que me guardas siempre para merienda?
Esa es la Gloria, madre, para un hombre
que se llamó fray Luis y era poeta.

¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede
mi poesía andar como una reina!
¿Qué sabes tú de formas y doctrinas,
de metros y de escuela?
Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, soy grande; cuando dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas...
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde todo!
¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta
y en la última uva libo la última gota
del año que se aleja,
pienso en que tienes todavía, madre,
retazos de carbón en la cabeza,
y ojos tan bellos que por mí regaron
su clara pleamar en tus ojeras,
y manos pulcras, y esbeltez de talle,
donde hay la gracia de la espiga nueva;
que eres hermosa, madre, todavía,
y yo estoy loco por estar de vuelta,
porque tú eres la Gloria de mis años
y no quiero volver cuando estés vieja!...

Uvas del Tiempo que mi ser escancia
en el recuerdo de la viña seca,
¡cómo me pierdo, madre, en los caminos
hacia la devoción de tu vereda!
Y en esta algarabía de la ciudad borracha,
donde va mi emoción sin compañera,
mientras los hombres comen las uvas de los meses,
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.
Mi labio está bebiendo de tu seno,
que es el racimo de la parra buena,
el buen racimo que exprimí en el día
sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.

Madre, esta noche se nos muere un año;
todos estos señores tienen su madre cerca,
y al lado mío mi tristeza muda
tiene el dolor de una muchacha muerta...
Y vino toda la acidez del mundo
a destilar sus doce gotas trémulas,
cuando cayeron sobre mi silencio
las doce uvas de la Noche Vieja.

Autor del poema: Andrés Eloy Blanco

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