17 Poemas de México 

A LA CIUDAD DE MÉXICO

¡México! ¡Capital! ¡La populosa
ciudad donde orgullosa
ostenta Flora su vergel más lindo!
¡No os extrañe si yo por ella brindo,
que es mi ciudad natal, donde he nacido,
donde la luz del sol he conocido!

Es mi ciudad natal un gran museo;
por dondequiera veo
automóviles, coches, carretelas,
casas particulares, mil escuelas
do mis colegas, jóvenes y niños,
van de la ciencia a recibir cariños.

Mas no puede expresar lenguaje humano
un placer tan ufano
como el que se conoce en mi ciudad;
y esto al decir no miento, es muy verdad,
mas por si acaso me creyeron bobo,
tomen el tren y vayan a esa tierra
y verán que es verdad lo que les dice
el que aquí les habla,
Salvador Novo.

Autor del poema: Salvador Novo

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LA BANDERA MEXICANA

La bandera mexicana

- verde, blanca y roja -

en sus colores aloja

la Patria en flor soberana.

Cuando en las manos tenemos

nuestra bandera,

es como tener entera

agua, naves, luz y remos.



Cuando alzamos sus colores,

siente nuestro corazón

la dicha de una canción

que se derrama en flores.



Por amor a mi bandera,

les digo a todos "hermano."

El que la lleve en la mano

lleva la paz donde quiera.



Paz, trabajo, amor y fe

son de mi bandera el cielo.

Yo quiero, por todo anhelo,

digno de ella estar al pie.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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INVASIÓN DE LOS FRANCESES

“Mejicanos, tomad el acero,
ya rimbomba en la playa el cañón:
odio eterno al francés altanero,
¡vengarse o morir con honor”.

Lodo vil de ignominia horrorosa
se arrojó de la patria a la frente:
¿dónde está, dónde está el insolente?
mejicanos, su sangre bebed,
y romped del francés las entrañas,
do la infamia cobarde se abriga:
destrozad su bandera enemiga,
y asentad en sus armas el pie.

Si intentaren pisar nuestro suelo,
en la mar sepultemos sus vidas,
y en las olas, de sangre teñidas,
luzca opaco el reflejo del sol.
Nunca paz, mejicanos; juremos
en los viles cebar nuestra rabia.
¡Infeliz del que a Méjico agravia!
gima al ver nuestro justo rencor.

¡Oh qué gozo! Borremos la lujuria:
al combate nos llama la gloria.
Escuchad. . . ¡Ya vencimos! ¡Victoria!
¡ay de ti, miserable francés!
Venceremos, lo palpo, lo juro;
¡de sangre francesas empapadas,
nuestras manos serán levantadas
al Eterno con vivo placer.

Ya contemplo al valiente guerrero
que hasta en sueños su mano esforzada,
busca incierta, anhelosa, la espada
para herir al soberbio invasor.
Mejicanos, al campo volemos,
en sagrado furor arda el alma;
y al que quiera ignominia, a la calma
lo condene ofendido el valor.

Autor del poema: Guillermo Prieto

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A JUÁREZ

Dadle a mi voz el huracán rugiente
El poder no domado y estruendoso,
Que así quiero cantar de gente en gente
Las inmortales glorias de un coloso.

Si la muerte, que a todos nos aterra,
Un trono sobre el ancho firmamento
Guarda a los semidioses de la tierra,
Juárez el inmortal tiene ese asiento.

Nacido en el peñón de una montaña,
Bajo el dosel del azulado espacio,
Su alcázar infantil fue una cabaña,
Y el abierto horizonte su palacio.

Por su indígena raza, firme, austero;
Por su oscuro nacer, del pueblo hermano,
La tez de bronce, el corazón de acero,
Griego el pensar, y el alma de romano.

Los más brillantes lauros de la gloria
Estaban a su frente destinados,
Los grandes caracteres de la historia
Estaban en el suyo condensados.

El alma de Catón, el gran civismo
De Leónidas, y de Agis la justicia,
De Temístocles, todo el patriotismo,
De Licurgo el saber y la pericia.

Todo en aquel humilde pequeñuelo
Que la tierra de Ixtlán pobre crecía,
Como en un arca lo guardaba el cielo
¡Sólo el Dios de los libres lo sabía!

Águila audaz que sobre abrupta peña
Y en muda soledad cuelga su nido,
Cuando más tarde la extensión domeña,
El valle ante tus pies queda vencido.

Así Juárez, así; sin esas galas Falsas
con que la corte irradia bella,
Águila de Anáhuac, abrió sus alas,
Miró a su patria y combatió por ella.

La lucha era terrible;
usos y leyes íbanse a derrocar; el antro oscuro,
Nido de encomenderos y virreyes,
Iba a crujir con su imponente muro.

Aún vagaba en la atmósfera el aliento
De otras edades a la luz lejanas;
íbase a desatar el pensamiento,
A dejar el derecho sin cadenas.

Juárez, sereno en su saber profundo,
Fija en el porvenir su audaz mirada,
Y ve, como Colón, un nuevo mundo
Entre las sombras de la edad pasada.

A describir sus luchas no me atrevo;
Ante tanta grandeza yo me inclino,
Aquel reformador gigante y nuevo
Tuvo un Gólgota horrible por camino

La muerte, al arroparlo en negro manto,
Le arrebató de la familia humana,
Pero su nombre ha de vivir en tanto
Haya un palmo de tierra mexicana.

Fue el plebeyo humillado a la nobleza;
Fue el derecho imponiéndose a la historia;
Donde acaba el hombre, el inmortal empieza;
Su fama universal se llama gloria.

Autor del poema: Juan de Dios Peza

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MÉXICO

México, de mar a mar te viví, traspasado
por tu férreo color, trepando montes
sobre los que aparecen monasterios
llenos de espinas,
el ruido venenoso
de la ciudad, los dientes solapados
del pululante poetiso, y sobre
las hojas de los muertos y las gradas
que construyó el silencio irreductible,
como muñones de un amor leproso,
el esplendor mojado de las ruinas.

Pero del acre campamento, huraño
sudor, lanzas de granos amarillos,
sube la agricultura colectiva
repartiendo los panes de la patria.

Otras veces calcáreas cordilleras
interrumpieron mi camino,
formas
de los ametrallados ventisqueros
que despedazan la corteza oscura
de la piel mexicana, y los caballos
que cruzan como el beso de la pólvora
bajo las patriarcales arboledas.

Aquellos que borraron bravamente
la frontera del predio y entregaron
la tierra conquistada por la sangre
entre los olvidados herederos,
también aquellos dedos dolorosos
anudados al sur de las raíces
la minuciosa máscara tejieron,
poblaron de floral juguetería
y de fuego textil el territorio.

No supe qué amé más, si la excavada
antigüedad de rostros que guardaron
la intensidad de piedras implacables,
o la rosa creciente, construida
por una mano ayer ensangrentada.

Y así de tierra a tierra fui tocando
el barro americano, mi estatura,
y subió por mis venas el olvido
recostado en el tiempo, hasta que un día
estremeció mi boca su lenguaje.

Autor del poema: Pablo Neruda

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TAL FUE JUÁREZ

Nació de la miseria, de su vencida raza
Desecho, abandonado, renuevo sin vigor
Nació como la yerba que mustia sobrevive
Del implacable invierno al pertinaz rigor.
(…)

Llevaba dolorido como hondas cicatrices
Los recuerdos del amo, los golpes del poder
La ausencia del derecho para el que pobre llora,
Lo infame del que manda sin trabas y sin ley.
(…)

¿Sabéis que es un carácter? !Sabedlo! Es que en un hombre
Encarnen como en bronce las leyes del honor,
Y entero a todo embate le oponga resistencia
Sin vacilar un punto su fe y su valor.
(…)

Esclavo del derecho, custodio de la idea
Que promete a los pueblos los goces y la paz,
Debió sus laudos todos a que llevaba en alto
Como en un eterno lema: justicia y libertad.
(…)

¿Sabéis que es un carácter? ¡Es dar a los principios
Con la existencia, vida; y aliento con el ser.
Es que ponga en el olvido el hombre su bien mismo,
¡Mirando con desprecio la pena o el placer!
(…)

Tal fue Juárez: el pueblo le vio como a esas boyas
Que en las olas perdidas se encuentran en el mar
Y apartan a las naves del formidable escollo
Do airado las empuje la horrenda tempestad.
(…)

Juárez la fe en un pueblo representó constante,
Sinónimo de patria su nombre resonó
Y dejó como timbres de inmarcesible gloria,
El culto de los libres y el odio del traidor.
(…)

Rindámosle homenaje, cubramos de coronas
Con reverentes almas, su excelso pedestal,
Y muéstrelo orgulloso, al mundo, cual modelo
Entre efluvios de gloria, de augusta humanidad.

Autor del poema: Guillermo Prieto

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A JUÁREZ

Sobria de barro indígena la verdad de tu vida.
Tuvo niñez de espigas y maduró en maíz.
Ganaste tu destino por la oveja perdida
y le diste a los árboles una nueva raíz.

Yo miro junto a un lago tu pobreza zurcida
y la mano del día que te dio su barniz.
La justicia en tus labios sus torres consolida
y tu solemnidad tiene un aire feliz.

Eres el Presidente vitalicio, a pesar
de tanta noche lúgubre. La República es mar
navegable y sereno si el tiempo te consulta.

Y si una flor silvestre puedo dejarte ahora
es porque el pueblo siente que en su esperanza adulta
tu fe le dará cantos para esperar la aurora.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Autor del poema: José Emilio Pacheco

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CUATRO CANTOS EN MI TIERRA (A TABASCO)

I

Tabasco en sangre madura
y en mi su poder sangró.
Agua y tierra el sol se jura;
y en nubarrón de espesura
la joven tierra surgió.

Tus hidrógenos caminos
a toda voz transité
y en tu oxígeno silbé
mis pulmones campesinos.

A puños sembré mi vida
de tu fuerza vendaval
que azúcar cañaveral
espolvorea en la huida.

El tiempo total verdea
y el espacio quema y brilla.
El agua mete la quilla
y de monte a mar sondea.

Pedacería de espejo.
La selva, encerrada, ulula.
Casi por cada reflejo
pájaro que se modula.

Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.

Cuando la selva repasa
su abecedario animal
relámpago vertebral
de caoba a cedro pasa.

Flota de isletas fluviales
varó en flor la soledad.
Son de todo eternidad
y de nada temporales.

El mediodía tajado
de algún fruto tropical
tiene un sabor de cristal
sonoramente mojado.

Hay en la noche un instante
de vida, que si durara,
húmeda la muerte alzara
cual un terrible diamante.

Y a veces en la ribera
es tan fina la mañana
que la sonrisa primera
todo el día nos hermana.

Tiempo de Tabasco; en hondo
suspiro te gozo así.
Contigo, cerca de mí
tiempo de morir escondo.

Arde en Tabasco la vida
de tal suerte, que la muerte
vive por morir hendida,
de un gran hachazo de vida
que da, sin querer, la suerte.


II

La ceiba es un árbol gris
de gigantesca figura.
Se ve su musculatura
medio manchada de gis.

Es el árbol que hace todo;
yo lo he visto trabajar
y en la tarde modelar
sus pajaritos de lodo.

Ceiba desnuda y campal
cuya fuerza liberó
bosque y cielo y estrenó
su claro de matorral.

En desnudo pugilato
parece que así despejas
el campo y que le aconsejas
a todo árbol buen recato.

Navegando por el río,
súbitamente apareces.
Te he visto así, tantas veces,
y el asombro es siempre mío.

Cuando en el atardecer
todo Tabasco decrece
y el aire en los cielos mece
lo que ya no pudo ser,
con qué bárbara grandeza
das la razón al paisaje
que con oscura certeza
se adueñó de algún celaje
con que así la noche empieza.

Ceiba te dije y te digo:
colgaré mí corazón
de un retoño de tu abrigo;
tendrá su sangre contigo
altura y vegetación.


III

Una laguna que llega
y una laguna que va.
Si la luz de frente anega
o la luz de lado da
el jacintal que congrega
su poesía despliega
que en mi voz cintilará.

Hay más laguna que luna
en la noche que es tan clara.
Semeja que el cielo usara
luz modal de la laguna.
Hay más laguna que luna.

Tiempo lagunar que cabe
para siempre en nuestra vida.
Que no se cierre la herida
que por su boca se sabe
la llegada y la partida.

Estábamos la laguna
y yo.
Como esa noche...
Con más laguna que luna
la noche se desnudó.
Sudor de intemperie humana
que el aire sutil saló
y en su humedad levantó
flor lujuria rusticana.

Tu adolescencia suspira
junto a mi pecho velludo.
El tiempo es tiempo desnudo
y su largo cuerpo estira.

Si por besarte viví
con más laguna que luna,
fue más luna que bebí
que el agua de la laguna
que a raya en cielos tendí.

Como esa noche...


IV

El agua es laguna o río.
Un espejo se quebró.
Por todos lados miró
la desnudez del estío.

Con el agua a la rodilla
vive Tabasco. Así dama
de abril a octubre la flama
que hace callar toda arcilla.

Si por boca de la selva
largó la verdad su grito,
miente el silencio infinito
del agua que el agua envuelva.

Llueve lejos, por la sierra.
Llueve a tambor y clarín.
Toro del agua, festín
corre por toda la tierra.

Joven terrón cuaternario,
por tu cuerpo de aluvión
sangra el verde corazón
de tu enorme pecho agrario.

Lo que muere y lo que vive
junto al agua vive y muere.
Si en lluvia el cielo así quiere
moje su noche en aljibe.

Más agua que tierra. Aguaje
para prolongar la sed.
La tierra vive a merced
del agua que suba o baje.

Brillan los laguneríos;
en la tarde tropical
actitud de garza real
torna el aire de los ríos.

La noche en lluvia y batracio
retiñe el nocturno verde
y al otro día se muerde
verde el verde del espacio.

Agua de Tabasco vengo
y agua de Tabasco voy.
De agua hermosa es mi abolengo;
y es por eso que aquí estoy
dichoso con lo que tengo.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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¡A CUERNAVACA!

A Cuernavaca voy, dulce retiro,
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.

A Cuernavaca voy, que sólo aspiro
a disfrutar sus auras un momento:
pausa de libertad y esparcimiento
a la breve distancia de un suspiro.
Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;
beata soledad, quietud que aplaca
o mansa compañía sin hartura.

Tibieza vegetal donde se hamaca
el ser en filosófica mesura...
¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

Autor del poema: Alfonso Reyes Ochoa

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