18 Poemas de México 

MÉXICO

México, de mar a mar te viví, traspasado
por tu férreo color, trepando montes
sobre los que aparecen monasterios
llenos de espinas,
el ruido venenoso
de la ciudad, los dientes solapados
del pululante poetiso, y sobre
las hojas de los muertos y las gradas
que construyó el silencio irreductible,
como muñones de un amor leproso,
el esplendor mojado de las ruinas.

Pero del acre campamento, huraño
sudor, lanzas de granos amarillos,
sube la agricultura colectiva
repartiendo los panes de la patria.

Otras veces calcáreas cordilleras
interrumpieron mi camino,
formas
de los ametrallados ventisqueros
que despedazan la corteza oscura
de la piel mexicana, y los caballos
que cruzan como el beso de la pólvora
bajo las patriarcales arboledas.

Aquellos que borraron bravamente
la frontera del predio y entregaron
la tierra conquistada por la sangre
entre los olvidados herederos,
también aquellos dedos dolorosos
anudados al sur de las raíces
la minuciosa máscara tejieron,
poblaron de floral juguetería
y de fuego textil el territorio.

No supe qué amé más, si la excavada
antigüedad de rostros que guardaron
la intensidad de piedras implacables,
o la rosa creciente, construida
por una mano ayer ensangrentada.

Y así de tierra a tierra fui tocando
el barro americano, mi estatura,
y subió por mis venas el olvido
recostado en el tiempo, hasta que un día
estremeció mi boca su lenguaje.

Autor del poema: Pablo Neruda

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LA BANDERA MEXICANA

La bandera mexicana

- verde, blanca y roja -

en sus colores aloja

la Patria en flor soberana.

Cuando en las manos tenemos

nuestra bandera,

es como tener entera

agua, naves, luz y remos.



Cuando alzamos sus colores,

siente nuestro corazón

la dicha de una canción

que se derrama en flores.



Por amor a mi bandera,

les digo a todos "hermano."

El que la lleve en la mano

lleva la paz donde quiera.



Paz, trabajo, amor y fe

son de mi bandera el cielo.

Yo quiero, por todo anhelo,

digno de ella estar al pie.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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REVOLUCIÓN

El viento es el apóstol de esta hora interdicta.
Oh épocas marchitas
que sacudieron sus últimos otoños!
Barrunta su recuerdo los horizontes próximos
desahuciados de pájaros,
y las corolas deshojan su teclado.

Sopla el viento absoluto contra la materia
cósmica; la música
es la propaganda que flota en los balcones,
y el paisaje despunta
en las veletas.

Viento, dictadura
de hierro
que estremece las confederaciones!
Oh las muchedumbres
azules
y sonoras, que suben
hasta los corazones!

La tarde es un motín sangriento
en los suburbios;
árboles harapientos
que piden limosna en las ventanas;
las fábricas se abrasan
en el incendio del crepúsculo,
y en el cielo brillante
los aviones
ejecutan maniobras vesperales.

Banderas clamorosas
repetirán su arenga proletaria
frente a las ciudades.

En el mitin romántico de la partida,
donde todos lloramos
hoy recojo la espera de su cita;
la estación
despedazada se queda entre sus manos,
y su desmayo
es el alto momento del adiós.
Beso la fotografía de su memoria
y el tren despavorido se aleja entre la sombra,
mientras deshojo los caminos nuevos.

Pronto llegaremos a la cordillera.
Oh tierna geografía
de nuestro México,
sus paisajes aviónicos,
alturas inefables de la economía
política; el humo de las factorías
perdidas en la niebla
del tiempo,
y los rumores eclécticos
de los levantamientos.
Noche adentro
los soldados,
se arrancaron
del pecho
las canciones populares.

La artillería
enemiga, nos espía
en las márgenes de la Naturaleza;
los ruidos subterráneos
pueblan nuestro sobresalto
y se derrumba el panorama.

Trenes militares
que van hacia los cuatro puntos cardinales,

al bautizo de sangre
donde todo es confusión,
y los hombres borrachos
juegan a los naipes
y a los sacrificios humanos;
trenes sonoros y marciales
donde hicimos cantando la Revolución.

Nunca como ahora me he sentido tan cerca de la muerte.
Pasamos la velada junto a la lumbre intacta del recuerdo,
pero llegan los otros de improviso
apagando el concepto de las cosas,
las imágenes tiernas al borde del horóscopo.

Allá lejos,
mujeres preñadas
se han quedado rogando
por nosotros
a los Cristos de Piedra.

Después de la matanza
otra vez el viento
espanta
la hojarasca de los sueños.

Sacudo el alba de mis versos
sobre los corazones enemigos,
y el tacto helado de los siglos
me acaricia en la frente,
mientras que la angustia del silencio
corre por las entrañas de los nombres queridos.

Autor del poema: Manuel Maples Arce

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A JUÁREZ

Dadle a mi voz el huracán rugiente
El poder no domado y estruendoso,
Que así quiero cantar de gente en gente
Las inmortales glorias de un coloso.

Si la muerte, que a todos nos aterra,
Un trono sobre el ancho firmamento
Guarda a los semidioses de la tierra,
Juárez el inmortal tiene ese asiento.

Nacido en el peñón de una montaña,
Bajo el dosel del azulado espacio,
Su alcázar infantil fue una cabaña,
Y el abierto horizonte su palacio.

Por su indígena raza, firme, austero;
Por su oscuro nacer, del pueblo hermano,
La tez de bronce, el corazón de acero,
Griego el pensar, y el alma de romano.

Los más brillantes lauros de la gloria
Estaban a su frente destinados,
Los grandes caracteres de la historia
Estaban en el suyo condensados.

El alma de Catón, el gran civismo
De Leónidas, y de Agis la justicia,
De Temístocles, todo el patriotismo,
De Licurgo el saber y la pericia.

Todo en aquel humilde pequeñuelo
Que la tierra de Ixtlán pobre crecía,
Como en un arca lo guardaba el cielo
¡Sólo el Dios de los libres lo sabía!

Águila audaz que sobre abrupta peña
Y en muda soledad cuelga su nido,
Cuando más tarde la extensión domeña,
El valle ante tus pies queda vencido.

Así Juárez, así; sin esas galas Falsas
con que la corte irradia bella,
Águila de Anáhuac, abrió sus alas,
Miró a su patria y combatió por ella.

La lucha era terrible;
usos y leyes íbanse a derrocar; el antro oscuro,
Nido de encomenderos y virreyes,
Iba a crujir con su imponente muro.

Aún vagaba en la atmósfera el aliento
De otras edades a la luz lejanas;
íbase a desatar el pensamiento,
A dejar el derecho sin cadenas.

Juárez, sereno en su saber profundo,
Fija en el porvenir su audaz mirada,
Y ve, como Colón, un nuevo mundo
Entre las sombras de la edad pasada.

A describir sus luchas no me atrevo;
Ante tanta grandeza yo me inclino,
Aquel reformador gigante y nuevo
Tuvo un Gólgota horrible por camino

La muerte, al arroparlo en negro manto,
Le arrebató de la familia humana,
Pero su nombre ha de vivir en tanto
Haya un palmo de tierra mexicana.

Fue el plebeyo humillado a la nobleza;
Fue el derecho imponiéndose a la historia;
Donde acaba el hombre, el inmortal empieza;
Su fama universal se llama gloria.

Autor del poema: Juan de Dios Peza

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INVASIÓN DE LOS FRANCESES

“Mejicanos, tomad el acero,
ya rimbomba en la playa el cañón:
odio eterno al francés altanero,
¡vengarse o morir con honor”.

Lodo vil de ignominia horrorosa
se arrojó de la patria a la frente:
¿dónde está, dónde está el insolente?
mejicanos, su sangre bebed,
y romped del francés las entrañas,
do la infamia cobarde se abriga:
destrozad su bandera enemiga,
y asentad en sus armas el pie.

Si intentaren pisar nuestro suelo,
en la mar sepultemos sus vidas,
y en las olas, de sangre teñidas,
luzca opaco el reflejo del sol.
Nunca paz, mejicanos; juremos
en los viles cebar nuestra rabia.
¡Infeliz del que a Méjico agravia!
gima al ver nuestro justo rencor.

¡Oh qué gozo! Borremos la lujuria:
al combate nos llama la gloria.
Escuchad. . . ¡Ya vencimos! ¡Victoria!
¡ay de ti, miserable francés!
Venceremos, lo palpo, lo juro;
¡de sangre francesas empapadas,
nuestras manos serán levantadas
al Eterno con vivo placer.

Ya contemplo al valiente guerrero
que hasta en sueños su mano esforzada,
busca incierta, anhelosa, la espada
para herir al soberbio invasor.
Mejicanos, al campo volemos,
en sagrado furor arda el alma;
y al que quiera ignominia, a la calma
lo condene ofendido el valor.

Autor del poema: Guillermo Prieto

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A JUÁREZ

Sobria de barro indígena la verdad de tu vida.
Tuvo niñez de espigas y maduró en maíz.
Ganaste tu destino por la oveja perdida
y le diste a los árboles una nueva raíz.

Yo miro junto a un lago tu pobreza zurcida
y la mano del día que te dio su barniz.
La justicia en tus labios sus torres consolida
y tu solemnidad tiene un aire feliz.

Eres el Presidente vitalicio, a pesar
de tanta noche lúgubre. La República es mar
navegable y sereno si el tiempo te consulta.

Y si una flor silvestre puedo dejarte ahora
es porque el pueblo siente que en su esperanza adulta
tu fe le dará cantos para esperar la aurora.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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A MÉXICO (EN LAS ÚLTIMAS DESGRACIAS DE ESPAÑA)

Allá del revuelto mar
Tras los secos arenales,
Donde sus limpios cristales
Las ondas van a estrellar,
Donde en lucha singular
Disputando a la Fortuna
Las ciudades una a una,
De sus guerreros el brío,
Mostraron su poderío
La cruz y la media luna;

En esa tierra encantada,
Que esconde, en perpetuo Abril,
Las lágrimas de Boabdil
En las vegas de Granada;
Donde el ave enamorada
Repite entre los vergeles
El canto de los gomeles,
Y cuelga su frágil nido
Del minarete prendido
Entre ojivas y caireles;

Donde soñados ultrajes
Vengaron fieros zegríes,
Regando los alelíes,
Con sangre de abencerrajes;
donde entre muros de encajes
Y torres de filigrana,
Lloró la hermosa sultana
Amorosos sentimientos
A los rítmicos acentos
De una trova castellana;

Allá donde nueva luz
Alumbró, limpia y serena,
Sobre la morisca almena
El símbolo de la cruz;
En ese suelo andaluz,
Cuyos cármenes hollando,
Y en otro mundo soñando,
Cruzaron en su corcel
La magnánima Isabel
Y el católico Fernando.

En esa región que encierra
Tantos recuerdos de gloria;
En ese altar de la Historia;
En ese edén de la tierra;
No el azote de la guerra
Infunde duelo y pavor,
Ni causa fiero dolor
Que mira asombrado el mundo
El negro contagio inmundo;
Allí otra plaga mayor.

Surgen allí tempestades
Del suelo entre las entrañas,
Y vacilan las montañas,
Y se arrasan las ciudades
Escombros y soledades
Son el cortijo y la aldea;
La muerte se enseñorea,
Y, en medio de tanta ruina,
Se ve cual llama divina
La Caridad que flamea.

Con sordo bramido el duelo
Todo lo enluta y recorre;
Yace la maciza torre
En pedazos sobre el suelo.
Salvarse forma el anhelo
De los espantados seres,
Y hombres, niños y mujeres
Las crispadas manos juntan,
Y viendo al cielo preguntan.
"Dinos Dios, ¿por qué nos hieres?"

Recordando en sus delitos
las bíblicas amenazas,
Van por las calles y plazas
Confesándolos a gritos.
Los corazones precitos
Se niegan a palpitar
Y todos ven transformar
Al golpe del terremoto,
El abismo el verde soto,
Y en escombros el hogar.

Se abate el pesado muro
Que adornó silvestre yedra
Y brotan de cada piedra
Una oración y un conjuro.
No hay un asilo seguro;
Ciérnese el ángel del mal;
Cada fosa sepulcral
Abrese ante fuerza extraña,
Y parece que en España
Comienza el juicio final.

Y entre la nube sombría
Que el denso polvo levanta,
El coro terrible espanta
De los gritos de agonía.
Y entre aquella vocería,
Con rostro desencajado,
El padre busca espantado,
Con ayes desgarradores
El nido de sus amores,
Entre escombros sepultado.

Convulsa, pálida errante,
Sobre el suelo que se agita
La madre se precipita
Por la angustia delirante;
Vuela en pos del hijo amante;
El rostro al abismo asoma
Lo llama llorando, y toma
Por voz del hijo querido,
La que acompaña al crujido
De un techo que se desploma.

En repentina orfandad,
Trémulas las manos tienden
Los niños, que no comprenden
Su espantosa soledad.
Tan sólo la caridad
Velará después por ellos,
Curando con sus destellos
su miseria y su aflicción:
¡Cómo no amarlos, si son
Tan inocentes, tan bellos!

¿Qué pecho no se conmueve
Ante cuadro tan sombrío,
Que al corazón más bravío
A contemplar no se atreve?
Ante el infortunio aleve
¿Quién no es noble? ¿quién no es bueno?
¿Quién de piedad no está lleno,
Cuando es la virtud mayor,
Aun más que el propio dolor,
Sentir el dolor ajeno?

Manda ¡oh, noble patria mía!
La ofrenda de tus piedades
A las hoy tristes ciudades
De la hermosa Andalucía.
No es favor, es hidalguía;
Es deber, no vanidad.
Llamen otro Caridad
Estos óbolos del hombre,
Tienen nombre, sólo un nombre;
Se llaman Fraternidad.

Con tierno entusiasmo santo,
Mezcla ¡oh patria amante y buena!
Esa pena con tu pena,
Ese llanto con tu llanto.
Si al mirar ese quebranto,
Tu triste historia repasas,
Verás que angustias no escasas
Pasó, entre llantos prolijos,
Por amparar a tus hijos
Bartolomé de las Casas.

Autor del poema: Juan de Dios Peza

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A LA CIUDAD DE MÉXICO

¡México! ¡Capital! ¡La populosa
ciudad donde orgullosa
ostenta Flora su vergel más lindo!
¡No os extrañe si yo por ella brindo,
que es mi ciudad natal, donde he nacido,
donde la luz del sol he conocido!

Es mi ciudad natal un gran museo;
por dondequiera veo
automóviles, coches, carretelas,
casas particulares, mil escuelas
do mis colegas, jóvenes y niños,
van de la ciencia a recibir cariños.

Mas no puede expresar lenguaje humano
un placer tan ufano
como el que se conoce en mi ciudad;
y esto al decir no miento, es muy verdad,
mas por si acaso me creyeron bobo,
tomen el tren y vayan a esa tierra
y verán que es verdad lo que les dice
el que aquí les habla,
Salvador Novo.

Autor del poema: Salvador Novo

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ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Autor del poema: José Emilio Pacheco

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TAL FUE JUÁREZ

Nació de la miseria, de su vencida raza
Desecho, abandonado, renuevo sin vigor
Nació como la yerba que mustia sobrevive
Del implacable invierno al pertinaz rigor.
(…)

Llevaba dolorido como hondas cicatrices
Los recuerdos del amo, los golpes del poder
La ausencia del derecho para el que pobre llora,
Lo infame del que manda sin trabas y sin ley.
(…)

¿Sabéis que es un carácter? !Sabedlo! Es que en un hombre
Encarnen como en bronce las leyes del honor,
Y entero a todo embate le oponga resistencia
Sin vacilar un punto su fe y su valor.
(…)

Esclavo del derecho, custodio de la idea
Que promete a los pueblos los goces y la paz,
Debió sus laudos todos a que llevaba en alto
Como en un eterno lema: justicia y libertad.
(…)

¿Sabéis que es un carácter? ¡Es dar a los principios
Con la existencia, vida; y aliento con el ser.
Es que ponga en el olvido el hombre su bien mismo,
¡Mirando con desprecio la pena o el placer!
(…)

Tal fue Juárez: el pueblo le vio como a esas boyas
Que en las olas perdidas se encuentran en el mar
Y apartan a las naves del formidable escollo
Do airado las empuje la horrenda tempestad.
(…)

Juárez la fe en un pueblo representó constante,
Sinónimo de patria su nombre resonó
Y dejó como timbres de inmarcesible gloria,
El culto de los libres y el odio del traidor.
(…)

Rindámosle homenaje, cubramos de coronas
Con reverentes almas, su excelso pedestal,
Y muéstrelo orgulloso, al mundo, cual modelo
Entre efluvios de gloria, de augusta humanidad.

Autor del poema: Guillermo Prieto

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