55 Poemas de guerra 

EL HERIDO (PARA LA LIBERTAD)

Para el muro de un hospital de sangre.



I



Por los campos luchados se extienden los heridos.

Y de aquella extensión de cuerpos luchadores

salta un trigal de chorros calientes, extendidos

en roncos surtidores.



La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.

Y las heridas suenan, igual que caracolas,

cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,

esencia de las olas.



La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.

La bodega del mar, del vino bravo, estalla

allí donde el herido palpitante se anega,

y florece, y se halla.



Herido estoy, miradme: necesito más vidas.

La que contengo es poca para el gran cometido

de sangre que quisiera perder por las heridas.

Decid quién no fue herido.



Mi vida es una herida de juventud dichosa.

¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente

herido por la vida, ni en la vida reposa

herido alegremente!



Si hasta a los hospitales se va con alegría,

se convierten en huertos de heridas entreabiertas,

de adelfos florecidos ante la cirugía.

de ensangrentadas puertas.



II



Para la libertad sangro, lucho, pervivo.

Para la libertad, mis ojos y mis manos,

como un árbol carnal, generoso y cautivo,

doy a los cirujanos.



Para la libertad siento más corazones

que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,

y entro en los hospitales, y entro en los algodones

como en las azucenas.



Para la libertad me desprendo a balazos

de los que han revolcado su estatua por el lodo.

Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,

de mi casa, de todo.



Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,

ella pondrá dos piedras de futura mirada

y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan

en la carne talada.



Retoñarán aladas de savia sin otoño

reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.

Porque soy como el árbol talado, que retoño:

porque aún tengo la vida.

Autor del poema: Miguel Hernández

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TRISTES GUERRAS

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes, tristes.



Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes, tristes.



Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes, tristes.

Autor del poema: Miguel Hernández

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

SIN LASTIMAS

Estoy apresta a quedarme
Removiendo inspiración
Para sacar de tu adentro
La verdad de tu misión…

Y por cierto no has contado todo aquello
Que pasaste por las arcas de tu ejército
O tan solo son mentiras obsoletas
O es que quieres inquirir a capa suelta
Que te crea solo porque tú lo cuentas…

Has dicho de unos momentos
Disque de mucho dolor
Y que me amabas y que eso
Te hizo vivir en misión
Si es verdad lo que me cuentas
Dime no más que pasó…

Pon cuidado ya que por fin veo que giras
De lo duro a un poquito de nobleza
Pues la vida del soldado es muy estricta
Se la pasa entre designios y proezas…

Sin tiempo para el descanso
Sin amores sin amigos
Yendo a lugares extraños
Buscando desconocidos
Quitando vidas a diario
Sin tener claro motivo…

Pero así pase los días inhumanos
Unos rojos otros grises ya pasaron
De consuelo mi fortuna aquí me tienes
A tu gusto comencemos desde nuevo…

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

EL AMPARO

Ya ves porque te decía
Que salíamos a beber
Cada misión era incierta
No era seguro el volver

Pasó la batalla aquella
Y normal el derrotero
Seguía la misma rutina
En cada lado un plomeo

Se vivía de estrategias
Del sigilo y de lo fiero
Cuatro meses en la selva
Sin apoyo verdadero

Nos amparaba la ciencia
Llamada malicia indígena
Porque por la inteligencia
Era mejor ser suicida

Los aviones por su parte
Abasto a todo no daban
Por eso algunos combates
Era no más cara a cara

Recordado es buenos aires
De lo que aquí yo decía
Cuando la muerte de flores
Una mañana sangría

Veníamos dándoles golpes
De don Gabriel al lugar
Donde pasamos la noche
Solo por vacas cuidar

Yo si oí a las guacharacas
Que avisaban de los pillos
Pero la confianza aquella
Solo se fue con los tiros

Habían matado un ternero
Lo regalaban al pueblo
Cuando las balas cayeron
Llevándose al compañero…

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SERPIENTE

En tu angosto silbido está tu quid,

y, cohete, te elevas o te abates;

de la arena, del sol con más quilates,

lógica consecuencia de la vid.

Por mi dicha, a mi madre, con tu ardid,

en humanos hiciste entrar combates.

Dame, aunque se horroricen los gitanos,

veneno activo el más, de los manzanos.

Autor del poema: Miguel Hernández

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA COMPASIÓN

Oh santa luz que ilumina
Oh alegría del corazón
Que dan la sabiduría
Al hombre que es pensador

Noto en tus fonemas lustros
Modismos de sentimientos
Cuando los dichos son ciertos
El pulso no tiembla entiendo

Por eso te perseguía
Y oraba en mis pensamientos
Entiendo lo que querías
Vivías de los momentos

Ya ves que si la nobleza
Se apega a tu sentimiento
Encontrarás las riquezas
Que no hallastes en tu encierro

Pero lamentarte pesa
Nunca perdiste tu tiempo
Tan solo son experiencias
Saca tu orgullo de adentro

Comprendo tus afujías
Es duro hallar a fortuna
Pero en ti la poesía
Salió de tu misma cuna

Yo no lamento tu historia
Me gusta lo que pasaste
Así verás que es la hora
De a Dios seguir sin desaires

Hazle castillos de versos
Para eso te ha inspirado
Has que vea y se compadezca
Y te de vocabulario…

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Tierra herida.

Enviado por andres33  Seguir

Oh madre Tierra,
madre de la humanidad,
Hoy tu te encuentras en hambre y guerra,
por culpa del hombre y su vanidad.

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LAS POSIBILIDADES

La noche antes del jaleo—m’acuerdo bien—
le dimos al palique y así nos enteramos.
«Amigo—dijo Jimmy, que sabía lo suyo—,
sólo pueden pasarte cinco cosas:
te desmayas, te hieren—grave o leve—
te tumban o te salvas con tu miedo».

A uno de nosotros lo partió un cañonazo.
A otro lo acertaron y perdió las dos piernas.
Un tercero—en palabras que usan los hipócritas—
quiso el azar que lo pillara Fritz.
Yo no tuve un rasguño, a Dios sean dadas,
pero más le daré si otra vez cae una herida.
En cambio, el pobre Jim no está vivo ni muerto.
«Una de cinco», nos decía; él tuvo todas:
herido, muerto, prisionero, todo el lote
le tocó de una vez. Jim está loco.

Autor del poema: Wilfred Owen

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LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD

Ya la guerra y sus horrores
sólo a los pueblos halaga,
y es en vano que Dios haga
las estrellas y las flores.

Ni las rosas, ni los nidos,
ni del cielo la voz pura,
nada enfrena la locura
de sus pechos pervertidos.

La victoria es nuestro amor,
combatir, nuestra costumbre,
y tiene la muchedumbre
por sonaja el atambor.

Como a sus quimeras cuadre,
bajo su carro la Gloria
huella como a vil escoria
a los niños y a la madre.

Matar, morir, es el fin
de nuestra ventura loca,
y llevar sobre la boca
el cerquillo del clarín.

Todo el campo es humo y luz,
la grita, el furor se extienden,
los pechos todos se encienden
al fuego del arcabuz;

Y ello, siempre por tiranos
que, si acaso se os entierra,
mientra os pudrís bajo tierra
estarán de besamanos,

O cuando en profano insulto
los chacales y los cuervos
bajen á saciarse acerbos
en vuestro cuerpo insepulto.

Pueblo ninguno tolera
a otro pueblo por vecino,
y en nuestro pecho mezquino
se insufla pasión artera.

¿Es ruso? ¡Fuego nutrido!
¿Húngaro? ¡Fuego, es muy justo!
¿Porqué hay quien lleva su gusto
hasta usar blanco el vestido?

¿Otro aquí? Démosle fin
y llenamos un deber:
tuvo el crimen de nacer
a la derecha del Rin.

¡Rosbach! ¡Waterloo! ¡Venganza!
Ebrio el hombre de demencia,
sólo tiene inteligencia
para el mal y la matanza.

La fuente á beber convida,
a orar el cielo estrellado,
a amar y soñar el prado:
es mejor ser fratricida.

¡Fuego! ¡sangre! ¡destrucción!
Se saltan montes y llanos:
el pavor crispa las manos
en las crines del bridón.

Y en tanto, el alba clarea…
¡Oh! ¡mucho me admira, a fe,
que oído al odio se dé
cuando la alondra gorjea!

Autor del poema: Víctor Hugo

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LA SUPERVIVIENTE

Me habita un cementerio
me he ido haciendo vieja
aquí
al lado de mis muertos.
no necesito amigos
me da miedo querer porque he querido a muchos
y a todos los perdí en la guerra.

Me basta con mi pena.
Ella me ayuda a vivir estos amaneceres blancos
estas noches desiertas
esta cuenta incesante de las pérdidas.

Autor del poema: Ana María Rodas

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MI HISTORIA EN LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

¿LO SABIAS?

Fortuna ya no te espero
A brazos sueltos tendidos
Pero te digo mis cosas
Pues hemos sido amigos
Y aunque ya tú no me creas
Escucha lo que hoy yo digo

Nací de unos padres buenos
En la orillas de un rio
Donde de niño el consuelo
Eran los cantos tardíos
Melodías que las aves
Daban gratis con sus trinos

Por allá en aquellos campos
Donde el tiempo no ha pasado
Un mundo olvidado pero alegre
Donde el vino es el viche, de mi gente

Donde se oye la marimba y el tumbao
Y se canta a capela el currulao
Esa tierra donde se come pescado
Al sonar de las olas en el bajo

De allá un día yo salí cual papachina
De la mata de una dama enamorada
Yo si siento esas cosquillas por la vida
Soy humilde desde mi alma apasionada

No son ruegos, es verdad
Yo soy leal a quien quiero
No puedes siquiera dar
Una esperanza a mi ruego.


LA ABSTENCIÓN

Iba a decirte una cosa
Ya que me cuentas lo tuyo
Sin habértelo pedido
Es que la lastima asoma
Ya cuando hablas del pasado
Si en verdad estas con migo
¿Entonce porque has fallado?

Te amaba así con tus cosas
Esa fortuna que anhelas
Y viene de aquellas costas
Donde el mar en playas suena
Y ya sabrás la respuesta
Que da la naturaleza

Allá lo hermoso del cielo
Se junta con la marea
En atardeceres rojos
Llenos de brisa somera
Creciste en el paraíso
Deja el orgullo y acepta

Decidme que el tiburón no se comió a la tortuga
Cuando sus huevos dejó
Bajo la luz de la luna

Huerfanita quede yo
Buscándote taciturna
Iba a decir que te amo
Pero eso dije insegura
Perdida en el viento aquel
Que hace dormir en la arena

Hoy cuentas tus travesuras
Tus intrigas, tus estancias
Pero no miras las vidas
Que dejastes en la espalda
Te fuiste de guerra un día
Buscando disque aventura
Y ya tu forma no cambia…

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CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,

he prolongado el eco de sangre a que respondo

y espero sobre el surco como el arado espera:

he llegado hasta el fondo.



Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,

esposa de mi piel, gran trago de mi vida,

tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos

de cierva concebida.



Ya me parece que eres un cristal delicado,

temo que te me rompas al más leve tropiezo,

y a reforzar tus venas con mi piel de soldado

fuera como el cerezo.



Espejo de mi carne, sustento de mis alas,

te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.

Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,

ansiado por el plomo.



Sobre los ataúdes feroces en acecho,

sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa

te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho

hasta en el polvo, esposa.



Cuando junto a los campos de combate te piensa

mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,

te acercas hacia mí como una boca inmensa

de hambrienta dentadura.



Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:

aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,

y defiendo tu vientre de pobre que me espera,

y defiendo tu hijo.



Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado

envuelto en un clamor de victoria y guitarras,

y dejaré a tu puerta mi vida de soldado

sin colmillos ni garras.



Es preciso matar para seguir viviendo.

Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,

y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo

cosida por tu mano.



Tus piernas implacables al parto van derechas,

y tu implacable boca de labios indomables,

y ante mi soledad de explosiones y brechas

recorres un camino de besos implacables.



Para el hijo será la paz que estoy forjando.

Y al fin en un océano de irremediables huesos

tu corazón y el mío naufragarán, quedando

una mujer y un hombre gastados por los besos.

Autor del poema: Miguel Hernández

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA DISPUTA

Retos a mí me llegaban
Cada día que amanecía
Unos mucho que me odiaban
Otros era hipocresía
Mientras tanto y como siempre
Lleno de paz en mi vida

Así fue pasando el tiempo
Mi sentir se entrecruzaba
Con los designios que ellos
En cada mando obligaban
Fortuna si no es por ti
De cierto salgo de cola
Pero vez que resistí
Ahora dame mi toga

Los días grises pasaban
Con poquitas alegrías
Y acostumbrado no estaba
Que controlaran mi vida
Es lo más cruel que he pasado
Resistir con valentía
Que al que le cuidas su vida
Te trate como a un villano

Pero a la mar oh valiente
A pecho ponle la brisa
Que Dios te dará en la gloria
De la fortuna alta misa

Llorar no se presta al hombre
Cuando pelea por su estigma
Dios debe juzgar el orbe
La disputa aquí termina-----y los cobardes no irán
A ver al señor un día

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EL CENTINELA

Hallamos un refugio de los boches.
Nos dio mucho trabajo: los cañones
lo rozaban de cerca, sin darle una de lleno.
En cascadas de fango la lluvia, hora tras hora,
llevaba la crecida hasta nuestra cintura
y hacía impracticable la escalera.
El aire que quedaba adentro era apestoso,
amargo como el humo y el olor de los hombres
que allí habían vivido dejando su destino
o su cuerpo.
Y allí nos refugiamos de las bombas
hasta que al fin dio con nosotros una
que apagó nuestro aliento y las velas. Después,
tropezando en el fango y su diluvio,
cayó por la escalera el cuerpo inerte
del centinela, y luego el rifle, algunos restos
de viejas bombas alemanas y más barro.
Lo dábamos por muerto hasta que habló:
«¡Señor, mis ojos! ¡Estoy ciego, ciego!».
Lo calmé y encendí el mechero ante sus ojos,
dije que si veía algún atisbo
de luz, no estaba ciego; era cuestión de tiempo.
«Nada», gemía. Y esos ojos como platos
todavía me miran en mis sueños.
Lo dejé allí, pedí unas parihuelas
y seguí a trompicones a otro puesto
y otra misión, bajo el aullido de aquel aire.
Aquellos pobres que sangraban, vomitaban,
o aquel otro que prefería haberse ahogado…
Intento ya no recordarlos nunca.
Pero por esta vez dejemos que el horror regrese:
escuchando los golpes y sollozos
y el rechinar salvaje de sus dientes
cuando las explosiones golpeaban sobre el techo
y el aire del refugio, al centinela
lo oímos a través de aquel estruendo:
«¡Veo una luz!». Pero la mía estaba ya apagada.

Autor del poema: Wilfred Owen

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA TERNURA

Oh que lindo que se escucha
En noción de la dulzura
Con el alma entre las manos
Viene el amor se desnuda

Oh sentir de enamorado
Tan distante de mentiras
Que lo engañe el viento huraño
Lo aniquila, lo derriba

Las mañanas tan bonitas
Del caribe y sus paisaje
De mi tierra las orquídeas
Se las doy a tus pesares

Oh simpleza tan senciva
Tan humilde y tan confiada
Primer amor que ilumina
Un sueño que abre sus alas

Un cuento que en moraleja
Quiere convencer la luna
Diciéndole que la tierra
Por su pasión es que gira

Oh sapiencia de los tiempos
Eterno instinto del quiero
Que desconfía en silencio
Aunque esté amando por dentro

Recuerda que te conozco
Desde el día que empezaste
Soy quien te vistió de loto
¿Porque ese pálido lastre?

El amor es para siempre
La ternura es infinita
Y los momentos de impiéza
Solo te muestran cobarde
Si con trampas te confiesas
No hace premisas el padre

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir


EL ORGULLO

Dieciocho meses de orgullo
Y un recorrido chiquito
Quise seguir en el cuento
Fortuna fue un reto digno
No me juzgues que son pocos
Y buenos los que han seguido

No muchos prestan el alma su vida y su cuerpo entero
Sacrifican su familia
Su virtud y su intelecto
Para defender su pueblo
De unos violentos ineptos
Que matan hasta su madre
Solo por cumplir un hecho

Fortuna me la pasaba
De pueblo en pueblo peleando
Por ver vivir a mi raza
Sin miedo de aqueste infierno

Ya no me importan las cosas
Que tuve que soportar
La victoria en mí se goza
Ya puedo vivir en paz
Al lado de estos polluelos
Que tú me viniste a dar

Por eso voy a seguir
Dándote a saber mí cuento
Todo lo que percibí
Y todo lo que es glorioso
Porque el que de verde viste
En verdad es valeroso
No des la espalda al guerrero
La verdad ellos son pocos

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APOLOGIA PRO POEMATE MEO

También yo he visto a Dios por entre el barro
que restalla en el rostro de un hombre sonriente.
La guerra dio a sus ojos más gloria aún que sangre
y a sus risas más gozo que el que estremece a un niño.

Qué alegría reír allí en donde
la muerte se hace absurda, y más aún la vida,
pues nuestro era el poder, mientras todo asolábamos,
de no sentir remordimiento por los muertos.

Yo también he dejado a un lado el miedo
muerto, al igual que mi escuadrón, tras la barrera
y, alzándose, mi alma ha pasado ligera
sobre el alambre donde yace la esperanza.

Y he visto a hombres exultantes:
los rostros que fruncían siempre el ceño
se encendían de pronto de entusiasmo,
como ángeles un punto, aunque ángeles sucios.

Y también he hecho amigos
de los que nadie habla en canciones de amor.
Porque no es el amor quien enlaza los labios
con los ojos sedosos que añoran al ausente

por la alegría, cuyo lazo se suelta,
sino la herida de la guerra, con alambres y estacas;
es ella quien enlaza con un vendaje usado
atado en la correa de un fusil.

He hallado a la belleza
en esos juramentos que el coraje confirma.
He oído música entre el estruendo del combate
y he hallado paz donde las bombas escupían fuego.

Pero sólo si compartís con ellos
la sombría tristeza del infierno,
con ellos cuyo mundo es un relámpago
y cuyo cielo es el camino de las balas,

no oiréis su risa nunca.
No dejarán mis chanzas que creáis
que han sido bien felices. Merecen vuestras lágrimas.
No merecéis vosotros su alegría.

Autor del poema: Wilfred Owen

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ABDALA (Escena tercera)

¡Salud, Abdala!—
¡Salud, nobles guerreros!
Ya la hora
De la lucha sonó: la gente aguarda
Por su noble caudillo: los corceles
Ligeros corren por la extensa plaza:
Arde en los pechos el valor, y bulle
En el alma del pueblo la esperanza:
Si vences, noble jefe, el pueblo nubio
Coronas y laureles te prepara,—
Y si mueres luchando, te concede
La corona del mártir de la patria!—
Revelan los semblantes la alegría:
Brillan al sol las fulgurantes armas,—
Y el deseo de luchar en las facciones
La grandeza, el valor sublimes graban!—
Ni laurel ni coronas necesita
Quien respira valor. Pues amenazan
A Nubia libre, y un tirano quiere
Rendirla a su dominio vil esclava,
Corramos a la lucha y nuestra sangre
Pruebe al conquistador que la derraman
Pechos que son altares de la Nubia,
Brazos que son sus fuertes y murallas!
¡A la guerra, valientes! Del tirano
La sangre corra, y a su empresa osada
De muros sirvan los robustos pechos
Y sea su sangre fuego a nuestra audacia!—
A la guerra! a la guerra! Sea el aplauso
Del vil conquistador que nos ataca,
El son tremendo que al batirlo suenen
Nuestras rudas y audaces cimitarras!
Nunca desmienta su grandeza Nubia!
A la guerra corred! a la batalla!
Y de escudo te sirva ¡oh patria mía!
El bélico valor de nuestras almas!—
(Hacen ademán de partir.)

Autor del poema: José Martí

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AMOR MAYOR

No es tan intenso el rojo de unos labios
como el de aquellas piedras que besan nuestros muertos.
El dulce lamentar de plañideras
sólo inspira vergüenza a su amor puro.
¡Oh, Amor, tus ojos pierden todo encanto
cuando veo otros ojos, por mí ciegos!

Tu exquisita figura no retiembla
como retiembla un cuerpo apuñalado
que cae allí donde parece
que a Dios ya no le importa,
hasta que el fiero amor que lleva dentro
lo apretuja en un túmulo de muertos.

Tu voz, aunque yo pueda compararla
al viento que murmura en los tejados,
aunque amada por mí, no es tan amable,
tan clara y delicada como aquella
de los hombres que ahora nadie escucha
pues la tierra ha acallado el ruido de sus toses.

Corazón, corazón, no has sido nunca
grande como el que recibe un disparo.
Y, aunque tu mano sea pálida,
lo son aún más aquellos que secundan
tu carrera a través de llamas y alaridos.
Puedes llorar, pues no puedes tocarlos.

Autor del poema: Wilfred Owen

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DISCAPACITADO

En su silla de ruedas esperaba la noche,
tembloroso en su obsceno traje gris
cortado por los codos y sin piernas.
Las voces de los chicos, como un himno,
corrían en sus juegos por la tarde
hasta que el sueño fue alejándolos.

La ciudad, a esa hora, solía estar alegre:
florecían las lámparas en los azules árboles
y, en esa tenue luz, las chicas sonreían.
Aquellos viejos tiempos, cuando aún tenía piernas…
Ya nunca sentirá qué fina es la cintura
de una muchacha, ni qué cálida su mano.
Todo el mundo lo toca como un desecho obsceno.

Hace tan sólo un año él era un joven
de rostro aún más joven y más tonto.
Ahora es un anciano. Su espalda no se dobla
y ha perdido su sangre en un lugar lejano,
la ha vertido en los cráteres hasta secar sus venas.
La mitad de su vida la pasó en la carrera
y en el chorro rojizo que brotaba del muslo.

Esa sangre en su pierna, al ser llevado a hombros
después de un buen partido, le gustó en una época.
Un día, tras el fútbol, bebiéndose una pinta,
se decidió a alistarse. Aún no sabe por qué.
Creyó que en kilt parecería un dios.
También lo hizo quizá por complacer
a su chica, eso es, a las muchachas.
Por eso se alistó. No tuvo que insistir
con su mentira: «Diecinueve», escribieron.

No pensó en alemanes ni en austríacos,
le daba igual su culpa. Aún no tenía
miedo al miedo: pensó en las ricas joyas
de las empuñaduras de una daga,
en el marcial saludo, el cuidad de un rifle,
los permisos, las pagas, los ingenuos reclutas.
Lo llamaron a filas con tambores y vítores.

Algunos celebraron su regreso,
pero no con el gozo con que se canta un gol.
Uno le dio las gracias, le preguntó por su alma.

Ahora pasará seis años de hospitales,
hará cuanto las normas establecen
y aceptará la compasión que toque en suerte.
Hoy ha advertido cómo los ojos de las chicas
lo abandonaban por los hombres completos.
Es tarde y hace frío. ¿Por qué tardan
en venir a acostarle? ¿Por qué tardan?

Autor del poema: Wilfred Owen

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