Poemas 

Así funciona Yavendrás: En el menú, tienes un montón de poemas de escritores célebres clasificados por categorías (amor, amistad,...) y también la sección "Vuestros poemas" con TODO el contenido que vais subiendo: visítala para estar al tanto de lo que publica la comunidad.

Aquí, en la portada, puedes leer los 100 mejores poemas de siempre, según vuestros votos, separados en dos listas: 50 son de autores consagrados, y los otros 50 de usuarios. Tiene mucho mérito aparecer en esta selección, así que si te esfuerzas a lo mejor te puntúan tan bien que sales aquí. ¡No dejes de intentarlo!

Si quieres buscar el contenido clasificado por autor, visita nuestra sección de Autores
 TOP50 Usuarios TOP50 Yavendrás

BUEN AMOR

Te amaré con alma y vida,
aunque niegues mi dulzura
al sentirte más querida.

Te amaré con alma y vida,
aunque veas ya perdida
esa frágil hermosura
de que vives engreída.

Te amaré con alma y vida,
aunque seas podre hundida
en la horrible sepultura.

Autor del poema: Manuel González Prada

100.00%

votos positivos

Votos totales: 9

Comparte:

HACE TIEMPO

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

Autor del poema: Francisca Aguirre

100.00%

votos positivos

Votos totales: 8

Comparte:

DESMESURA

Dijo que no. Y el Tiempo se quedó sin tiempo.
Luego, la vida hizo una pausa
y todo pareció recomponerse
como esos acertijos infantiles
en los que sólo falta una palabra,
una palabra necesaria y rara.
Pero dijo que no. Cerró los labios
y escuchó el gorgoteo de las sílabas
luchando por vivir a la intemperie.
Dijo que no. Y el tiempo oyó el silencio.
Luego, la vida hizo una pausa.
Y todo fue distinto: el dolor fue
más cauto, más sensato,
la lujuria lloró en su madriguera.
Y el tiempo inauguró sus máscaras:
hubo un pequeño espanto en los rincones,
temblaron los espejos agobiados
defendiendo impotentes el azogue.
Los pájaros callaron esa tarde
y la luna brilló blanca y sin manchas.
Ardió la noche como vieja tea
con la absurda avaricia de la muerte,
con su luto distante y pegajoso,
y un rencor resabiado y carcomido
descargó como lluvia en el desierto.
Entonces, sólo entonces,
oyó a su corazón ladrando
y se volvió despacio a los espejos
y los vio tiritar con mucho frío
y pedir compasión desde su escarcha.
Y no supo qué hacer con tanta desmesura:
cerró los labios y escuchó al silencio.

Autor del poema: Francisca Aguirre

100.00%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:

EL AVE Y EL NIDO

¿Por qué te asustas, ave sencilla?
¿Por qué tus ojos fijas en mí?
Yo no pretendo, pobre avecilla,
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura,
tranquila y sola te vi al pasar,
y traigo flores de la llanura
para que adornes tu libre hogar.

Pero me miras y te estremeces,
y el ala bates con inquietud,
y te adelantas, resuelta, a veces,
con amorosa solicitud.

Porque no sabes hasta qué grado
yo la inocencia sé respetar,
que es, para el alma tierna, sagrado
de tus amores el libre hogar.

¡Pobre avecilla! Vuelve a tu nido
mientras del prado me alejo yo;
en él mi mano lecho mullido
de hojas y flores te preparó.

Autor del poema: Salomé Ureña

100.00%

votos positivos

Votos totales: 4

Comparte:

CANTO DE AXAYÁCATL, SEÑOR DE MÉXICO

Ha bajado aquí a la tierra la muerte florida,
se acerca ya aquí,
en la Región del color rojo la inventaron
quienes antes estuvieron con nosotros.
Va elevándose el llanto,
hacia allá son impelidas las gentes,
en el interior del cielo hay cantos tristes,
con ellos va uno a la región donde de algún modo se existe.
Eras festejado,
divinas palabras hiciste,
a pesar de ello has muerto.
El que tiene compasión de los hombres, hace torcida invención.
Tú así lo hiciste.
¿Acaso no habló así un hombre?
El que persiste, llega a cansarse.
A nadie más forjará el Dador de la vida.
¡Día de llanto, día de lágrimas!
Tu corazón está triste.
¿Por segunda vez habrán de venir los señores?
Sólo recuerdo a Itzcóatl,
por ello la tristeza invade mi corazón.
¿Es que ya estaba cansado,
venció acaso la fatiga al Dueño de la casa,
al Dador de la vida?
A nadie hace él resistente sobre la tierra.
¿Adónde tendremos que ir?
Por ello la tristeza invade mi corazón.
Continúa la partida de gentes,
todos se van.
Los príncipes, los señores, los nobles
nos dejaron huérfanos.
¡Sentid tristeza, oh vosotros señores!
¿Acaso vuelve alguien,
acaso alguien regresa
de la región de los descarnados?
¿Vendrán a hacernos saber algo
Motecuhzoma, Nezahualcóyotl, Totoquihuatzin?
Nos dejaron huérfanos,
¡sentid tristeza, oh vosotros señores!
¿Por dónde anda mi corazón?
Yo Axayácatl, los busco,
nos abandonó Tezozomoctli,
por eso yo a solas doy salida a mi pena.
Ala gente del pueblo, a las ciudades,
que vinieron a gobernar los señores,
las han dejado huérfanas.
¿Habrá acaso calma?
¿Acaso habrán de volver?
¿Quién acerca de esto pudiera hacerme saber?
Por eso yo a solas doy salida a mi pena.

Autor del poema: Axayácatl

100.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

CANTO DE LOS ANCIANOS

Nos llamaron para embriagarnos en Michoacán, en Zamacoyahuac,
fuimos a buscar ofrendas, nosotros mexicas:
¡Vinimos a quedar embriagados!
¿En qué momento dejamos a los águilas viejos, a los guerreros?
¿Cómo obrarán los mexicanos,
los viejos casi muertos por la embriaguez?
¡Nadie dice que nuestra lucha fue con ancianas!
¡Chimalpopoca! ¡Yo Axayácatl!
Allá dejamos a vuestro abuelito Cacamaton.
En el lugar de la embriaguez estuve oyendo a vuestro abuelo.

Vinieron a convocarse los viejos águilas,
Tlacaélel, Cahualtzin,
dizque subieron a dar de beber a sus capitanes,
a los que saldrían contra el señor de Michoacán.
¿Tal vez allí se entregaron los cuextecas, los tlatelolcas?

Zacuatzin, Tepantzin, Cihuacuecueltzin,
con cabeza y corazón esforzado,
exclaman:
¡escuchad! ¿qué hacen los valerosos?,
¿ya no están dispuestos a morir?,
¿ya no quieren ofrecer sacrificios?
Cuando vieron que sus guerreros
ante ellos huían,
iba reverberando el oro
y las banderas de plumas de quetzal verdegueaban,
¡que no os hagan prisioneros!,
¡que no sea a vosotros, daos prisa!

A estos jóvenes guerreros
se les quiere sacrificar,
Si así fuere, nosotros graznaremos como águilas,
nosotros entretanto rugiremos como tigres,
nosotros viejos guerreros águilas.
¡Que no os hagan prisioneros!
Vosotros, daos prisa.

Yo el esforzado en la guerra,
yo Axayácatl,
¿Acaso en mi vejez
se dirán estas palabras de mis príncipes águilas?
Que no sea asi, nietos mios,
yo habré de dejaros.
Se hará ofrenda de flores,
con ellas se ataviará, el Guerrero del sur.

Estoy abatido, soy despreciado,
estoy avergonzado, yo, vuestro abuelo Axayácatl.
No descanséis, esforzados y bisoños,
no sea que si huis, seáis consumidos,
con esto caiga el cetro
de vuestro abuelo Axayácatl.

Una y otra vez heridos por las piedras,
los mexicas se esfuerzan.
Mis nietos, los del rostro pintado,
por los cuatro rumbos hacen resonar los tambores,
la flor de los escudos permanece en vuestras manos.
Los verdaderos mexicas, mis nietos,
permanecen en fila, se mantienen firmes,
hacen resonar los tambores,
la flor de los escudos permanece en vuestras manos.

Sobre la estera de las águilas,
sobre la estera de los tigres,
es exaltado vuestro abuelo, Axayácatl.
Itlecatzin hace resonar los caracoles en el combate,
aunque los plumajes de quetzal ya estén humeantes.
No descansa él con su escudo,
allí comienza él con los dardos,
con ellos hiere Itlecatzin,
aunque los plumajes de quetzal ya estén humeantes.

Todavía vivimos vuestros abuelos,
aún es poderosa nuestra lanzadera, nuestros dardos,
con ellos dimos gloria a nuestras gentes.
Ciertamente ahora hay cansancio,
ahora ciertamente hay vejez.
Por esto me aflijo, yo vuestro abuelo Axayácatl,
me acuerdo de mis viejos amigos,
de Cuepanáhuaz, de Tecale, Xochitlahua, Yehuatícac.
Ojalá vinieran aquí
cada uno de aquellos señores
que se dieron a conocer allá en Chalco.
Los esforzados vendrían a tomar los cascabeles,
los esforzados harían giros alrededor de los príncipes.

Por esto yo me río,
yo vuestro abuelo,
de vuestras armas de mujer,
de vuestros escudos de mujer.
¡Conquistadores de tiempos antiguos,
volved a vivir!

Autor del poema: Axayácatl

100.00%

votos positivos

Votos totales: 1

Comparte:

¡CANTEMOS YA!

Cantemos ya,
continuemos ahora los cantos
enmedio de la florida luz y el calor,
¡oh amigos nuestros!
¿Quiénes son?
Yo salgo a su encuentro,
¿dónde los busco?,
en el lugar de los atables,
aquí mismo.
Yo sólo concibo cantos floridos,
yo vuestro amigo,
soy sólo el señor chichimeca,
Tecayahuatzin.
¿Acaso alguien,
acaso no todos nosotros,
daremos alegria,
haremos feliz,
al Inventor de sí mismo?

Ojalá que allá, en buen tiempo, en Tlaxcala,
estén mis floridos cantos aletargantes.
Ojalá estén los cantos que embriagan
de Xicohténcatl, de Temilotzin,
del principe Cuitlizcatl.

El Tamoanchan de las águilas,
la Casa de la noche de los tigres
están en Huexotzinco.
Allá está el lugar de la muerte
del quien hizo merecimientos, Tlacahuepan.
Allá se alegran
las flores que son la comunidad de los príncipes,
los señores, en sus casas de primavera.

Con flores de cacao,
exclama y viene veloz,
allá con las flores se alegra
en el interior de las aguas.
Viene de prisa con su escudo de oro.
Que con abanicos
con el cayado de flores rojas,
con banderas de pluma de quetzal
vengamos a dar alegría
en el interior de las casas de la primavera.

Resuenan los timbales color de jade,
lluvia de florido rocío
ha caído sobre la tierra.
En la casa de plumas amarillas
está lloviendo con fuerza.
Su hijo ha bajado,
en la primavera desciende allí,
es el Dador de la Vida.
Sus cantos hacen crecer,
se adorna con flores en el lugar de los atabales,
se entrelaza.
De aqui ya salen,
las flores que embriagan,
¡ alegraos!

Autor del poema: Tecayehuatzin

100.00%

votos positivos

Votos totales: 1

Comparte:

PRÍNCIPE DEL DIÁLOGO

¿Dónde andabas, oh poeta?
Apréstese ya el florido tambor,
ceñido con plumas de quetzal,
entrelazadas con flores doradas.
Tú darás deleite a los nobles,
a los caballeros águilas y tigres.

Bajó sin duda al lugar de los atabales,
allÍ anda el poeta,
despliega sus cantos preciosos,
uno a uno los entrega al Dador de la vida.

Le responde el pájaro cascabel.
Anda cantando, ofrece flores.
Nuestras flores ofrece.
Allá escucho sus voces,
en verdad al Dador de la vida responde,
responde el pájaro cascabel,
anda cantando, ofrece flores.

Como esmeraldas y plumas finas,
llueven tus palabras.
AsÍ habla también Ayocuan Cuetzpaltzin,
que ciertamente conoce al Dador de la vida.
AsÍ vino a hacerlo también
aquel famoso señor
que con ajorcas de quetzal y con perfumes,
deleitaba al único Dios.

¿Allá lo aprueba tal vez el Dador de la vida?
¿Es esto quizás lo único verdadero en la tierra?
Por un breve momento,
por el tiempo que sea,
he tornado en préstamo a los príncipes :
ajorcas, piedras preciosas.
Sólo con flores circundo a los no bies.
Con mis cantos los reúno
en el lugar de los atabales.
Aquí en Huexotzinco he convocado esta reunión.
Yo el señor Tecayehuatzin,
he reunido a los príncipes:
piedras preciosas, plumajes de quetzal.
Sólo con flores circundo a los nobles.

Autor del poema: Tecayehuatzin

100.00%

votos positivos

Votos totales: 1

Comparte:

EL SUEÑO DE UNA PALABRA

Y ahora, oh amigos,
oíd el sueño de una palabra :
Cada primavera nos hace vivir,
la dorada mazorca nos refrigera,
la mazorca rojiza se nos toma un collar.
¡ Sabernos que son verdaderos
los corazones de nuestros amigos!

Autor del poema: Tecayehuatzin

100.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

CANTO DE MACUILXOCHITZIN

Empiezo a cantar yo Macuilxochitzin,
yo doy placer al autor de la vida.
¡Que empiece el baile!
En la región de los muertos
está también su morada:
no se lleven allá los cantos,
son solamente de aquí…
¡Que empiece el baile!
Itzcoatl pueden llamarte los que duran de Chalco,
fue tu suerte avasallar al Matlazinca,
oh Itzcoatl Axayacatl fuiste a dispersar
el pueblo de Tlacotepec.
Se revuelven y entrelazan
tus flores y tus fémulas de papel
y con ellas les das gusto al matlazinca,
al de Toluca, al de Tlacotepec.
Ahora es cuando se dan flores
y plumajes del autor de la vida.
Los escudos de madera se sostienen en las manos,
en el lugar del peligro,
en donde se hacen cautivos,
en medio de la pelea,
en el campo de combate.
Quieren ser iguales nuestros cantos,
quieren ser iguales nuestras flores,
hemos barrido cabezas para dar placer
al que da la vida.
La flor de la espada de madera en tu mano está,
oh Axayacatl y con ella echa brotes
la florida sangre divina, la florida hoguera,
y con eso se van embriagando los que van con nosotros.
Por nosotros abres sus flores de guerra
en Ehecatepec y en Mexico.
Avanzan y con ella se embriagan
y hay aplauso de los capitanes de guerra,
vosotros, de Acolhuacan y de Tepanecapan.
Cuando conquistó Axayacatl
por todos lados en la región de Matlazinco:
en Malinalco, Ocuila, Tecualoya y Xocotitlan.
De allá se vino a Xiquipilco.
Allá le hirió una pierna un otomí llamado Tlilatl.
Y cuando llegó a México dijo a sus mujeres:
Preparen un maxtle y una tilma
y se lo darán y lo vestirán.
Y les dijo:
Vaya el otomí que me hirió en la pierna,
que viva en temor.
Y éste dijo:
Puesto que me tienen que matar ustedes,
que venga la tabla y el raspador.
Con esto viene a saludar el salvaje a Axayacatl.
Ya tendrá que temer.
Y así se lo dieron sus mujeres.

Autor del poema: Macuilxochitzin

100.00%

votos positivos

Votos totales: 1

Comparte:

Desde el 1 hasta el 10 de un total de 50 Poemas

Añade tus comentarios