11 Poemas italianos 

DEJAR POR SOMBRA O SOL JAMÁS OS VEO (CANCIONERO)

Dejar por sombra o sol jamás os veo
vuestro velo, señora,
después que sois del ansia sabedora
que aparta de mi pecho otro deseo.

Mientras llevé escondido el pensamiento
que muerte en el deseo dio a mi mente
vi de piedad teñido vuestro gesto;
mas cuando os lo mostró Amor claramente,
fue el cabello cubierto en el momento
y el mirar amoroso oculto honesto.

Lo que en vos más deseaba me es depuesto;
así me trata el velo,
que por mi muerte, ya al calor, ya al hielo
de ojos tan bellos cubre el centelleo.

Autor del poema: Francesco Petrarca

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OJOS TRISTES, EN TANTO QUE YO OS LLEVE (CANCIONERO)

Ojos tristes, en tanto que yo os lleve
al rostro de quien muerte os da y tormentos
os ruego estéis atentos
que en mal mío os desafía Amor aleve.

La muerte es sólo quien mi pensamiento
cerrar puede el camino que lo adiestra
al dulce puerto que sus males sana;
se oculta en cambio a vos la lumbre vuestra
con más pequeño y pobre impedimento,
pues sois hechos de esencia más liviana.

Y por ello, pues ya se halla cercana,
antes que del llanto halléis la hora
tomad al fin ahora
a tan largo martirio alivio breve.

Autor del poema: Francesco Petrarca

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PARA TODO ANIMAL QUE HABITA TIERRA (CANCIONERO)

Para todo animal que habita tierra,
si no es de aquel que el sol odia y su lumbre,
tiempo es de trabajar mientras hay día;
mas, cuando sus estrellas muestra el cielo,
cual vuelve a casa, cual duerme en la selva
por reposar al menos hasta el alba.

Y yo, desde que empieza bella el alba
a sacudir la sombra de la tierra,
despertando las criaturas de la selva,
no hallo al llanto paz bajo la lumbre;
después, al ver estrellas en el cielo,
voy entre llanto deseando el día.

Cuando la noche expulsa el claro día,
y nuestra oscuridad brinda a otros alba,
miro contrariado el crudo cielo,
que me ha compuesto de sensible tierra;
y maldigo el día aquel que vi la lumbre
que me hace parecer crïado en selva.

No creo que jamás paciese en selva
criatura tan cruel, de noche o día,
como aquella que lloro en sombra o lumbre
sin cuita de primer sueño o de alba;
porque, aunque soy mortal cuerpo de tierra,
mi firme desear viene del cielo.

Antes que vuelva a vos, luciente cielo,
o caiga abajo en la amorosa selva,
dejando el cuerpo como triste tierra,
vea en ella yo piedad, que un sólo día
puede enmendar diez mil, y antes del alba
ser feliz el que no al marchar la lumbre.

¡Quién la tuviese tras marchar la lumbre,
sin ver otro que estrellas en el cielo,
una noche y que nunca fuese el alba,
y no se transformase en verde selva
para huir de mis brazos, como el día
que aquí la siguió Apolo por la tierra!

Mas yo seré ya tierra en seca selva
y el día verá estrellas en su cielo,
antes que a un alba tal le dé el sol lumbre.

Autor del poema: Francesco Petrarca

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ITALIA MÍA, AUNQUE EL HABLAR SEA VANO (CANCIONERO)

Italia mía, aunque el hablar sea vano
a las llagas mortales
que veo en tu bello cuerpo dolorido,
quiero al menos que sean mis quejas tales
cual pide Arno toscano,
y Tibre y Po, donde hoy lloroso anido,
Señor cortés, te pido
que la piedad que te condujo a tierra
te vuelva aquí a tu amado y almo suelo;
verás, Rector del cielo,
por qué liviana causa hay cruda guerra.
Los pechos que arde y cierra
fiero y soberbio Marte,
ábralos tu Piedad, Señor, y apague;
y en ellos, aun sin arte,
haz que mi lengua tu Verdad propague.

Vosotros, a quien dio Fortuna el freno
de esta Italia granada,
por la que compasión ninguna os pliega,
¿qué hace aquí tanta extranjera espada?
¿Por qué el verde terreno
con la sangre barbárica se riega?
Un vano error os ciega;
veis poco, y os creéis ver demasiado,
pues en mano venal buscáis fe ardiente;
y cuanta es más la gente
más del rival es cada cual cercado.
¡Oh diluvio engendrado
de desiertos lejanos
para inundar nuestra campiña opima!
Si esto hacen nuestras manos
¿quién habrá que nos salve y nos redima?

Le dio Naturaleza a nuestro estado,
haciendo el Alpe escudo,
defensa ante la cólera germana;
mas ciego afán contra su bien tal pudo,
que luego ha procurado
que el sano cuerpo estrague sarna insana.
En esta jaula, hircana
fiera salvaje y grey mansa e incruenta
de modo están que siempre el mejor gime;
y, porque más lastime,
viene este mal de gente a ley no atenta,
a quien, como se cuenta,
abrió tal Mario el flanco
que aún vive la memoria de su brío,
cuando, en cansancio franco,
sangre fue el agua que bebió del río.

De César callo, quien de todo prado
bañó en sangre la hierba,
allá donde su hueste el pie ponía,
Hoy parece, ¡oh estrella ahora proterva!,
que a Dios damos enfado:
vosotros ved, pues tanto Italia os fía.
Vuestra discordia impía
gastan del mundo la más bella parte.
¿Qué culpa o juicio ordena, o qué destino
sitiar pobre vecino,
ansiar menguada hacienda incontinente,
y la extranjera gente
buscar al ver que a gusto
vierte la sangre y pone al alma precio?
A la verdad me ajusto,
que no me anima el odio ni el desprecio.

¿Y no os catáis aún, tras tanta seña,
del bavárico engaño,
que alzando el dedo con la muerte juega?
Peor siento la burla yo que el daño.
Mas vuestra sangre preña
más la campiña, pues la ira os ciega.
Pensad mientras se llega
la tercia hora y podréis ver cómo el hombre
precia al extraño cuando a sí abomina.
Gentil sangre latina,
el peso de esta carga no os asombre;
no hagáis ídolo un nombre
hinchado y sin cimiento;
que el que derrote hoy gente riscosa
a nuestro entendimiento
pecado es nuestro, y no natural cosa.

¿No es éste el lar que vi yo el primer día?
¿No es éste el nido mío
donde crïado fui tan dulcemente?
¿Y no es ésta la patria de que fío,
madre benigna y pía,
que sirve de mortaja hoy a mi gente?
Por Dios, esto la mente
os mueva y con piedad miréis cada uno
las lágrimas del pueblo doloroso,
que, pues en vos reposo
sólo espera tras Dios, si de consuno
mostráis favor alguno,
virtud, no destemplanza,
tomando el arma, hará el combate breve,
que la antigua pujanza
aún Italia por sus venas mueve.

Señores, ved cuán presto el tiempo viaja
y cómo huye la vida,
y la muerte a la espalda va tras ella.
Pensad, aunque hoy viváis, en la partida,
que el alma sin alhaja
aquella última vía sola huella.
Aquí antes que aquella,
dejad odio o desdén poco cristiano,
que son para el reposo contratiempo;
y aquel que pierde el tiempo
en hostigar al otro, en más humano
acto de ingenio o mano,
en más bella alabanza,
en más honesto estudio se divierta.
Así más bien se alcanza,
y la vía del cielo se halla abierta.

Canción, yo ahora te exhorto
a que des tu mensaje cortésmente,
porque entre gente altiva que irás veo
y vicia su deseo
aquel uso ya antiguo e impertinente
de oír sólo a quien miente.
Allí, cuando en la cita
te escuchen los que aún son del bien oidores,
diles: «¿Quién me acredita?
Yo, que gritando voy: "¡Paz, paz, señores!"»

Autor del poema: Francesco Petrarca

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DE LA FORTUNA

¿Con qué rimas jamás o con qué versos
Cantaré yo el reino de Fortuna
y sus casos prósperos y adversos
y cómo, injuriosa e importuna
según por nosotros es aquí juzgada,
bajo su trono todo el mundo aúna?
Temer, Juan Bautista, tú no puedes
ni debes en modo alguno tener miedo
a otras heridas que a los golpes suyos,
porque esta voluble criatura
frecuentemente con más fuerza oponerse suele
allí donde ve que naturaleza más fuerza tiene.
Su potencia natural a todos toma,
su reino siempre es violento
si virtud superior no la doma.
Por eso te ruego que estés dispuesto
a considerar un poco estos míos versos
por si tienen algo digno de ti dentro.
Y ella, diosa cruel, vuelva entretanto
hacia mí sus ojos feroces y lea
lo que ahora de ella y de su reino canto.
Y aunque en lo alto a todos presida,
gobierne y reine impetuosamente,
a quien de su estado se atreve a cantar vea.
Ella por muchos es dicha omnipotente
porque todo el que a esta vida viene
tarde o temprano su fuerza siente.
Frecuentemente a los buenos bajo su pie tiene,
a los deshonestos ensalza y, si acaso te promete
cosa alguna, jamás te la mantiene.
En desbarajuste reinos y Estados mete,
según a ella parece, y a los justos priva
del bien que a los injustos pródiga cede.
Esta inconstante y móvil diosa
a los indignos frecuentemente sobre un trono pone
a donde quien digno es jamás asciende.
Ella el tiempo a su manera dispone:
ella nos ensalza, ella nos deshace
sin piedad, sin ley y sin razones;
tampoco favorecer a uno siempre le place
en todo momento ni por siempre jamás oprime
a quien en el fondo de su rueda yace.
De quién fue hija o de qué semen
nació, no se sabe; mas se sabe de cierto
que hasta Júpiter su potencia teme.
En un palacio por todas partes abierto
se halla su reino y a nadie priva
de entrar en él, pero es el salir incierto.
Todo el mundo de alrededor allí se acoge
deseoso de ver cosas nuevas,
lleno de ambición y lleno de apetencias.
Ella mora sobre la cima, donde
su vista a todos hombres llega,
pero al poco tiempo la revuelve y mueve.
Dos rostros tiene esta antigua maga,
uno fiero y el otro suave, y mientras gira
o no te ve o te ruega o te amenaza.
A quien quiere entrar benigna escucha,
mas con quien luego quiere salir se irrita
y muchas veces el camino de partida quita.
Dentro, tantas ruedas allí giran
cuanto diverso es el ascenso a aquellas cosas
donde todo el que vive pone su mira.
Suspiros, blasfemias y palabras injuriosas
se oye por todas partes usar a aquellas gentes
que en el interior de su reino Fortuna aloja;
y cuanto más ricos son y más potentes,
tanta más descortesía en ellos se percibe,
tanto menos de su bien son cognoscentes:
porque todo aquel mal que nos adviene
se imputa a ella y si algún bien el hombre encuentra
por virtud propia suya tenerlo cree.
Entre aquella muchedumbre variada y nueva
de compañeros de servidumbre que el lugar encierra
Audacia y Juventud dan mejor pruebla;
se ve el Temor allí, postrado en tierra,
tan de dudas lleno que no hace nada:
después Penitencia y Envidia le hacen guerra;
sólo allí la Oportunidad se regodea
y va bromeando en torno de las ruedas,
cual desgreñada y cándida muchacha.
Y las ruedas giran siempre, noche y día,
porque el Cielo quiere —y a él no se contrasta—
que Ocio y Necesidad girar les hagan;
la una compone el mundo y el otro lo gasta.
Se ve en todo tiempo y en cada hora
cuánto vale Paciencia y cúanto basta.
Usura y Fraude gozan en tropel,
poderosas y ricas, y entre estas consortes
está Liberalidad desgarrada y rota.
Se ve, sentados sobre las puertas
que jamás, como se ha dicho, están cerradas,
sin ojos y sin orejas, al Caso y a la Suerte.
Poder, Honor, Salud y Riqueza
son el premio; como pena y dolor
Servidumbre, Infamia, Enfermedad, Pobreza;
Fortuna ese su rabioso furor
muestra con esta última familia,
dando la otra a quien ella concede su amor.
Con mejor suerte se aconseja,
entre todos aquellos que aquel lugar encierra,
quien rueda a su valor conforme apresa,
porque los humores que actuar te hacen,
—según concuerden o no con ella—
son causa de tu daño y de tu bien;
no te puedes, sin embargo, fiar de ella
ni creer evitar su fiera mordedura,
sus duros golpes impetuosos y feos:
porque mientras te ves llevado por el dorso
de la rueda, a la sazón feliz y buena,
suele cambiar a veces en mitad de la carrera
y, no pudiendo cambiar tú de persona
ni dejar el orden de que el Cielo te dota,
en el medio del camino te abandona.
Por eso, si esto se comprende y piensa,
feliz sería siempre y contento
quien pudiera saltar de rueda en rueda;
mas como este poder nos es negado
por oculta virtud que nos gobierna,
con su curso se muta nuestro estado.
No hay en el mundo cosa alguna eterna;
Fortuna lo quiere así y se alardea
a fin de que su poder más se discierna.
Por eso es preciso tomarla por estrella
y, cuanto nos es posible, en cada hora
acomodarse a las variaciones de ella.
Todo ese reino suyo, dentro y fuera,
historiado se ve con las pinturas
de aquellos triunfos de que más se precia.
En primer lugar coloreado y teñido
se ve cómo antaño bajo Egipto
el mundo estuvo subyugado y vencido,
y cómo mucho tiempo estuvo unido
con larga paz y cómo allí estuvo
lo bello que naturaleza ha escrito.
Se ve después a los asirios ascender
al alto Imperio, cuando ella ya no quiso
aquel de Egipto durante más tiempo mantener;
luego cómo a los medos se volvió ufana,
de los medos a los persas; y la testa de los griegos
ornó con el honor que a los persas arrebata.
Se ve allí Menfis y Tebas vencidas,
Babilonia, Troya y Cartago; con ellas
Jerusalén, Atenas, Esparta y Roma:
allí se muestra cuánto fueron bellas,
altas, ricas, poderosas y cómo al final
Fortuna a sus enemigos las dio en presa;
se ve allí las obras altas y divinas
del Imperio romano y luego cómo todo
el mundo se hundió con sus propias ruinas.

Autor del poema: Nicolás de Maquiavelo

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VEDE PERFETTAMENTE...

Bien sabe a cuál saluda y reverencia
el que vea entre damas a la mía;
todas ellas hacerle compañía
tienen de Dios como gentil clemencia.

De su beldad es tánta la excelencia
que envidias no despierta ni falsía:
bien antes, galanura y ufanía
-dones de Amor- afinca su presencia.

De su redor dimana mansedumbre
y así vestidas de su misma lumbre,
cada una, sintiéndolo, se honora.

Fue siempre todo en Ella tan luciente,
que nadie, suspirando dulcemente,
podrá olvidar su gracia arrobadora.

Autor del poema: Dante Alighieri

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ENCUENTRO

Estas duras colinas que hicieron mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me
mostraron el prodigio
de aquélla, que ignora que la vivo sin poder
entenderla.
La encontré una noche; una mancha más clara
bajo estrellas ambiguas, en la oscuridad del
verano.
Había alrededor la fragancia de estas colinas,
más profunda que la sombra, y de pronto sonó,
como si saliera de estas colinas, una voz limpia
y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.
Ocasionalmente la veo, viviendo delante de mí,
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca he podido aferrarla; su realidad
me rehúye siempre y me distancia.
Si es bella, no lo sé. Es joven entre las mujeres:
pienso en ella y me sorprende un lejano
recuerdo
de mi infancia vivida en estas colinas;
tan joven es. Es como la madrugada. Lleva en
sus ojos
todos los cielos lejanos de aquellas madrugadas
remotas.
Y tiene en los ojos un firme propósito: la luz
más limpia
que jamás tuvo el alba sobre estas colinas.
La he creado desde el fondo de todas las cosas
que me son más queridas, y no logro entenderla.

Autor del poema: Cesare Pavese

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LAST BLUES, TO BE READ SOME DAY

Era un sólo galanteo,
seguramente lo sabías-
alguien fue herido
hace mucho tiempo.

Todo está igual,
el tiempo ha pasado-
un día llegaste,
un día morirás.

Alguien murió
hace mucho tiempo-
alguien que intentó,
pero no supo.

Autor del poema: Cesare Pavese

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OLTRE LA SPERA...

Allende el orbe de rodar más lento
llega el suspiro que mi pecho exhala:
nuevo intelecto con que Amor escala
célica altura en alas del lamento.

Cuando alcanza la cima de su intento
ve la Mujer que otra ninguna iguala
por su esplendor: a quien todo señala
de Amor para el más alto rendimiento.

Viéndola así, con voz sutil, ardiente,
Amor le habla al corazón doliente
que lo interroga y no comprende nada.

Soy yo quien me hablo a mí y ante la bella
membranza de Beatriz, todo destella
y lo entiende mi mente iluminada.

Autor del poema: Dante Alighieri

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EL PARAÍSO SOBRE LOS TEJADOS

Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.

Autor del poema: Cesare Pavese

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