Poemas
Aquí, en la portada, puedes leer los 100 mejores poemas de siempre, según vuestros votos, separados en dos listas: 50 son de autores consagrados, y los otros 50 de usuarios. Tiene mucho mérito aparecer en esta selección, así que si te esfuerzas a lo mejor te puntúan tan bien que sales aquí. ¡No dejes de intentarlo!
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ARRUGAS DEL TIEMPO
Cuanto más grito más fuerte es el viento
La puerta se abre
Arrastra la piel y las plumas
Y el papel que vuela
Corro por el camino tras las hojas
Que echan a volar
El techo se rebela
Hace calor
El sol es un imán
Que nos sostiene
Desde kilómetros
Me gusta el ruido que haces
Con tus pies
Me dicen que corres
Pero nunca llegarás nunca
El Viejo aficionado al arte tiene una sonrisa idiota
Falsario y ladrón
Animal nuevo
Todo le da miedo
Se apergamina en un museo
Y participa en las exposiciones
Lo he puesto dentro de un volumen en el ultimo anaquel
Ya no cae la lluvia
Cierra tu paraguas
Que vea tus piernas
Abrirse al sol
VIBRADORA CIGARRA
Vibradora cigarra: con tu lírico empeño
los veranos cantabas en la azul lejanía,
y al temblor de tus alas resonantes, fulgía
todo el sol en mis ojos y en el valle risueño.
Y callabas al verme por el linde pampeño
divagar, cuando el rayo moribundo del día,
con las blondas palmeras que la tarde mecía
tuve amores, y el llano me enseñaba el ensueño.
Hoy que lánguidas brumas se vistió la pradera,
algo espera mi alma sin saber lo que espera:
¡que el sol brille, que vuelvas y en la luz te remontes!
Ni siquiera un celaje sobre el páramo eterno...
Como tú ya no cantas, ha venido el invierno
y las mudas neblinas encanecen los montes.
A ELVIRA
I
Cuando tú me abandonas; cuando espero
Pensar en ti para dejar de amarte;
Cuando espero pensar en olvidarte,
Sólo pienso en lo mucho que te quiero.
¡Ay! en vano juzgándote severo
Maldecirte pretendo, que al nombrarte,
El triste acento que del alma parte
Sólo murmura que por ti me muero.
Aunque digo que quiero aborrecerte,
Es mi amor más inmenso cada día,
Y no puedo, aunque quiero, no quererte;
Olvidarte no puedo todavía,
Y aunque cierre los ojos por no verte,
Te sigo viendo en la memoria mía.
II
Cuando el duro decreto de la suerte
Te arrancó de mi lado, Elvira mía,
Venturoso cual nunca me creía
Con la sola esperanza de perderte.
Prometí, sin pensarlo, que la muerte
Más bien que tus desprecios sufriría,
Juré sin vacilar que olvidaría,
Juré sin vacilar aborrecerte.
Pero al volverte á ver siempre tan bella,
Los propósitos todos acabaron,
Y en pos corrí de tu adorada huella;
Ante tí mis rodillas se doblaron,
Murmuré suspirando mi querella,
Y en tus ojos mis ojos se clavaron.
ELEGÍA SIMPLISTA
Sesenta universitarios fueron
asesinados en Caracas.
A Gonzalo Carnevali: En el destierro.
Con los huesos que blanquean en la noche,
con los huesos de los muchachos muertos por la conquis
ta, con los huesos que blanquean eternamente bajo la
luna cuando la tierra es cal y calma violentamente fría,
alcemos una selva de danzas primitivas.
Será la ofrenda póstuma de los muchachos muertos.
Ellos eran más o menos sesenta,
sesenta en carne y hueso adolescentes confiados,
y después de la pelea que duró treinta horas
sólo volvieron a sus casas
cinco docenas de recuerdos transparentes.
Sus huesos blanquearán en la noche enlutada
pero nosotros tendremos valor para vengarlos.
Pelearon contra un regimiento entero y mejor armado,
contra ametralladoras y fusiles de tiro rápido,
contra prodigiosas bestias de la tierra y del aire
manejadas por hombres perfectamente fríos.
Flotaban en la luz de una nueva conciencia.
Todavía la leche les blanqueaba en los labios
así que alegres, jubilosos y fuertes,
dijeron adiós a sus primas y a sus amigas.
Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
–luego, que no creyeran en la muerte–
y volvieron del campo a sus hogares
cinco docenas de sombras solamente.
Pero sabemos que por acerbos étnicos,
rotos sus espinazos y sus tibias,
ensarrados los huesos de sus pies ligeros,
ensarrados por el paludismo,
y tembloroso el cuerpo por la quinina,
siempre hicieron gala de una moral muy alta.
Siempre juntos, siempre, coléricos o alegres,
cantaban las chacotas más obscenas
haciendo chiste las intimidades de sus amigas
o entonando los antiguos himnos del colegio,
según el enemigo hiciera frente o retrocediera.
Porque les alegraba la plenitud del pleito,
el instinto que desborda sin diques en el hombre,
la animalidad piafante y soberana.
Pedro, Octavio, Juan y Luis Alberto
–sus nombres no importen y sean lo de menos–.
Podremos conocerlos y seleccionarlos
para la justicia de mejores tiempos futuros
yendo donde todas las madres que ya no tienen hijos,
donde todas las muchachas que no abrazarán más a sus
mozosrobustos.
Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
–luego, que no creyeran en la muerte–
y volvieron del campo a sus hogares
cinco docenas de sombras solamente.
ELLA ESTUVO ENTRE NOSOTROS
Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo.
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.
Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.
Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.
Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.
Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.
NUNCA TE OLVIDES DE SONREÍR
Nunca te olvides de sonreír
porque el día que no sonrías
será un día perdido.
UNO PUEDE...
Uno
puede defenderse de los ataques;
contra el elogio se está indefenso.
Y UN DÍA DESPUÉS DE LA TORMENTA
Y un día después de la tormenta,
cuando menos piensas
sale el sol.
ANTE TODO (INICIO DE LA TEOGONÍA)
Ante todo, cantemos a las Musas Heliconiadas que del Helicón habitan la enorme y santa montaña, y con sus pies ligeros danzan en torno a la fuente violeta y al altar del poderosísimo Cronión; y que, tras de lavar su cuerpo delicado en el Permeso, o en la Hipocrene, o en el Olmeo sagrado, sobre la cumbre del Helicón, forman encantadores coros y agitan los pies rápidamente.
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