DISCURSO POR LAS FLORES 

A Joaquín Romero




Entre todas las flores, señoras y señores,

es el lirio morado la que mas me alucina.

Andando una mañana solo por Palestina,

algo de mi conciencia con morados colores

tomó forma de flor y careció de espinas.



El aire con un pétalo tocaba las colinas

que inaugura la piedra de los alrededores.



Ser flor es ser un poco de colores con brisa.

Sueño de cada flor la mañana revisa

con los dedos mojados y los pómulos duros

de ponerse en la cara la humedad de tos muros,



El reino vegetal es un país lejano

aun cuando nosotros creámoslo a la mano.

Difícil es llegar a esbeltas latitudes;

mejor que doña Brújula, los jóvenes laúdes.

Las palabras con ritmo — camino del poema —

se adhieren a la intacta sospecha de una yema.

Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila.

Cuando a un árbol le doy la rama de mi mano

siento la conexión y lo que se destila

en el alma cuando alguien está junto a un hermano.

Hace poco, en Tabasco, la gran ceiba de Atasta

me entregó cinco rumbos de su existencia. Izó

las más altas banderas que en su memoria vasta

el viento de los siglos inútilmente ajó.



Estar árbol a veces, es quedarse mirando

(sin dejar de crecer) el agua humanidad

y llenarse de pájaros para poder, cantando,

reflejar en las ondas quietud y soledad.



Ser flor es ser un poco de colores con brisa;

la vida de una flor cabe en una sonrisa.

Las orquídeas penumbras mueren de una mirada

mal puesta de los hombres que no saben ver nada.

En los nidos de orquídeas la noche pone un huevo

y al otro día nace color de color nuevo.

La orquídea es una flor de origen submarino.

Una vez a unos hongos, allá por Tepoztlán,

los hallé recordando la historia y el destino

de esas flores que anidan tan distantes del mar.



Cuando el nopal florece hay un ligero aumento

de luz. Por fuerza hidráulica el nopal multiplica

su imagen. Y entre espinas con que se da tormento,

momento colibrí a la flor califica.



El pueblo mexicano tiene dos obsesiones:

el gusto por la muerte y el amor a las flores.

Antes de que nosotros "habláramos castilla"

hubo un día del mes consagrado a la muerte;

había extraña guerra que llamaron florida

y en sangre los altares chorreaban buena suerte.



También el calendario registra un día flor.

Día Xóchitl, Xochipilli se desnudó al amor

de las flores. Sus piernas, sus hombros, sus rodillas

tienen flores. Sus dedos en hueco, tienen flores

frescas a cada hora. En su máscara brilla

la sonrisa profunda de todos los amores.



(Por las calles aún vemos cargadas de alcatraces

a esas jóvenes indias en que Diego Rivera

halló a través de siglos los eternos enlaces

de un pueblo en pie que siembra la misma

primavera.)



A sangre y flor el pueblo mexicano ha vivido.

Vive de sangre y flor su recuerdo y su olvido.

(Cuando estas cosas digo mi corazón se ahonda

en mi lecho de piedra de agua clara y redonda.)



Si está herido de rosas un jardín, los gorriones

le romperán con vidrio sonoros corazones

de gorriones de vidrio, y el rosal más herido

deshojará una rosa allá por los rincones,

donde los nomeolvides en silencio han sufrido.



Nada nos hiere tanto como hallar una flor

sepultada en las páginas de un libro. La lectura

calla; y en nuestros ojos, lo triste del amor

humedece la flor de una antigua ternura.



(Como ustedes han visto, señoras y señores,

hay tristeza también en esto de las flores.)



Claro que en el clarísimo jardín de abril y mayo

todo se ve de frente y nada de soslayo.

Es uno tan jardín entonces que la tierra

mueve gozosamente la negrura que encierra,

y el alma vegetal que hay en la vida humana

crea el cielo y las nubes que inventan la mañana.



Estos mayos y abriles se alargan hasta octubre.

Todo el Valle de México de colores se cubre

y hay en su poesía de otoñal primavera

un largo sentimiento de esperanza que espera.

Siempre por esos días salgo al campo. (Yo siempre

salgo al campo.) La lluvia y el hombre como siempre

hacen temblar el campo. Ese último jardín,

en el valle de octubre, tiene un profundo fin.



Yo quisiera decirle otra frase a la orquídea;

esa frase sería una frase lapídea;

mas tengo ya las manos tan silvestres que en vano

saldrían las palabras perfectas de mi mano.



Que la última flor de esta prosa con flores

séala un pensamiento. (De pensar lo que siento

al sentir lo que piensan las flores, los colores

de la cara poética los desvanece el viento

que oculta en jacarandas las palabras mejores.)



Quiero que nadie sepa que estoy enamorado.

De esto entienden y escuchan solamente las flores.

A decir me acompañe cualquier lirio morado:

señoras y señores, aquí hemos terminado.

Autor del poema: Carlos Pellicer

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