EL PRISIONERO 

Sin llorarle a su adiós, sin una queja,
respondió al oír su nombre, ocupó su lugar
en la cuerda de presos;
y cuando le cerraron los grilletes,
saludó amablemente a los herreros
inclinados ante él.
Antes de que los pies en formación
levantasen su triste polvareda,
me bajé del caballo, caminé junto a él.
Hablamos, pero no de su dolor:
más bien, del rojo ayer, del grandioso mañana.
Su paso se ajustaba al ignorado
sonar de las cadenas; no humillado,
contento de apurar la copa de su suerte.
Saludando al destino, abrevió su relato,
y sus palabras fueron esclavos que extendían
alfombras recamadas con nombres fabulosos.
Pero sus ojos fríos, perspicaces, no daban
pie a la incredulidad.
Así que me dejé llevar por sus palabras,
prisionero de nuestro prisionero,
cautivo entre cautivos,
hasta que se dignó devolverme a la tierra.

Autor del poema: Rudyard Kipling

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