EL VIEJO Y LA NIÑA 

Cruza un arroyo inocente
Sobre un campo de esmeralda,
Y á su orilla crece un sauce
Reflejándose en sus aguas.
En sus trasparentes ondas,
Serenas, limpias y mansas.
Varios descuidados cisnes
Su blanco plumaje, bañan.
Los pintados pajarillos,
Saltando de rama en rama,
Enamorados y alegres,
Con su dulces trinos cantan.
Y las flores caprichosas,
Que crecen entre la grama,
Aquel manto de verdura,
Entapizan y engalanan.
Y las perfumadas brisas,
Al cruzar en ténue calma,
Rozan leve y suavemente,
Agua, cisnes, flor y grama.
Pálido un rayo de sol,
Que se quiebra entre las ramas,
Va á reflejar moribundo
En las cristalinas aguas.
Del verde sauce á la sombra
Un pobre viejo descansa,
Pura la mirada y limpia,
Serena, aunque triste el alma.
A sus trémulas rodillas
Alegre una niña salta,
Y sus sonrosados dedos
Entre sus canas enlaza.
El las huellas de la vida
Muestra en su faz arrugada,
Y ella refleja en su frente
La pureza y la esperanza.
De la sien del viejo penden
Escasas hebras de plata,
Pues deja tan poco el mundo
Que hasta deja pocas canas.
Y ella los sedosos rizos,
Flotantes sobre la espalda,
Por la brisa acariciados
No suelta, sino derrama.
El es la verdad del fin,
Es la realidad ingrata;
Y ella es la ilusión risueña
Que dá vida á la esperanza.
El es el árido invierno
Con su nieve y sus escarchas,
Es desierto, soledad,
Repulsión, tinieblas, nada
Y en la senda de la niña,
La primavera derrama
Todas sus galas floridas
Con generosa abundancia.
El es la noche sombría,
Ella la aurora galana,
Ella viene, y el se vá
Libre de congoja el alma.
Ella en su inquieta inocencia
Jugueteando con sus canas
— ¿Por qué motivo, le dice,
Tienes la cabeza blanca?
Fija en la niña el anciano
Pura y serena mirada,
Sus secos labios contrae
Lijera sonrisa amarga,
— ¿No sabes, niña inocente,
No sabes niña adorada,
Que la vida se parece
A la antorcha que se apaga?
Seductoras ilusiones,
Nuestra juventud engañan
Y al retirarse fugaces
El tinte del pelo cambian,
Vienen muchos desencantos
Muere ó se vá la esperanza;
Que la esperanza de ayer
Es desencanto mañana.
Y solo nos deja el mundo
Al terminar la jornada,
Al espíritu congojas
Pero no á los ojos lágrimas,
Solo deja el desengaño
Y tristezas en el alma,
Las arrugas en el rostro
Y en la cabeza las canas!!»
Oyó la niña el sermón
Sin entender ni palabra,
Pues la vida tiene aún
Arcanos que ella no alcanza.
Se fué á arrojar juguetona
Piedrecillas en el agua,
Los cisnes tienden el vuelo
Y el viejo vuelve á su casa.

Las flores siguen creciendo,
Las aguas siguen su marcha,
Sigue el sauce dando sombra,
Sigue el pájaro en sus ramas.
Sigue la brisa apacible
Y al verde follaje arranca
Esa tímida armonía
Que solo percibe el alma.
Mas yo he seguido hasta aquí,
Y es tiempo de decir basta,
Porque las penas son mías
Y soy dueño de ocultarlas.
Yo soy ese pobre viejo
Lleno de arrugas y canas
Y es la niña juguetona,
La lectora de esta fábula.
Guarde ella sus ilusiones,
Yo mis tristezas amargas,
Ella sus blondos cabellos
Y yo mis escasas canas.
Que ya fugaron veloces
Las ilusiones del alma;
Pues ayer compré un billete
Y no me he sacado nada.

Autor del poema: José Hernández

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