ELEGÍA A LA MUERTE 

Lenguaje, eres demasiado estrecho
y demasiado débil para consolarnos;
la aflicción extrema no puede hablar.
¡Si pudiéramos suspirar acentos y llorar palabras!
La angustia que otorgan respiro a las lágrimas,
se consume y desgasta.
Los espíritus tristes, cuando menos lo parecen,
más tristes están.
No porque no sientan su estado,
sino porque el sentimiento los ha desesperado.
Dolor, a quien debemos todo lo que somos;
tirano, en la quinta y máxima Monarquía:
¿La mataste porque ella poseía todos los corazones,
para hacer así más opulento tu imperio?
¿Sabías que hasta quién no la conocía se lamentaría,
como cuando en un diluvio perecen todos los inocentes?
¿No te bastaba ganar ese palacio?
¿Debías arrasarlo, después de vencido?
Si te hubieras quedado, si hubieras considerado sus ojos,
todos los que hoy te huyen te habrían adorado.
Porque aquellos ojos daban luz sin quitarla,
y veían el alma porque la producían.
Ella era Zafirina, y clara ante ti;
la arcilla es ahora tu recinto sagrado.
Ah, ella era demasiado pura, pero no demasiado débil;
¿quién contempló una artillería de cristal que no se quebrara?
Y si nosotros somos tu conquista, con su caída has perdido,
pues con ella perecemos todos.
Si vivimos, sólo lo hacemos para rebelarnos;
la conocen mejor quienes la trataron bien.
Si debiéramos evaporarnos, y languidecer, y morir,
ya no sufriríamos, pues íbamos tras ella.
Ella cambió nuestro mundo por el suyo,
ahora que partió; la alegría y la fortuna son opresiones,
pues suyas eran todas las virtudes
que la ética llama cardinales.
Su alma era el paraíso;
la Gracia era el querubín que la custodiaba, y alejaba del pecado;
sólo debía dejar entrar a la Muerte,
pues la destrucción se cosecha siempre del mismo árbol.
Dios la arrebató, para que ningún mortal la amara más que a Él,
y mientras vertíamos lágrimas,
Él vertía su merced al llevársela,
para que nuestras mentes se eleven al firmamento, donde ella ahora descansa.

Autor del poema: John Donne

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