22 Elegías 

ADORO CUANDO MI CIELO ESTA GRIS...

Enviado por yahikomikami  Seguir

Adoro cuando mi cielo esta gris
cuando con él lo único que hago es pensar en ti
adoro cuando la noche mis pensamientos abriga
que en un mensaje al cielo "*e *xtr**o" diga
Adoro cuando la luna nostálgicas las noches vuelve
cuando mis recuerdos de ti en brazos de fantasía me envuelven
adoro que la luna tu rostro haga que recuerde
aquella vez que me dijiste "por qué mi labios muerdes"
Adoro que la noche de frio me haga tiritar
que exclamar tu nombre en silencio me haga gritar
adoro cuando las nubes comienzan a sollozar
porque con ellas las memorias comienzan a despertar
Adoro que la noche sus sentimientos muestre con lluvia
que el recuerdo de ti en mi interior siga
adoro que la luna pueda de nubes estar arropada
y que mi alma con nostalgia se quede impregnada......

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

ELEGÍA DE UN AZUL IMPOSIBLE

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo —la flor de los crepúsculos—,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.

En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta... y un lirio que me dio...
y una noche de lágrimas...
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo...

Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando...
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

La Muerte horrible —¡un tajo silencioso!—
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!... La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.

Después... la vida... el tiempo... el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada:
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
«Se casó; ya está viejo y con seis hijos...
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo... Ha muerto mucha gente:
Don David... don Gregorio... Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar...»

¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!

Autor del poema: Porfirio Barba Jacob

33.33%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:

Desde el 21 hasta el 22 de un total de 22 Elegías

Añade tus comentarios