16 Poemas gallegos 

LA INSPIRACIÓN (FRAGMENTO)

¿Do estás, chispa sagrada,
fuerza generadora de lo bello,
que mi alma enervada
no vienes a agitar? ¿Do yace oculta
la trípode del templo?
¿Do vivirá insepulta
la pureza latina y gracia griega
y el numen delirante
de Saffo, de Simónides y Homero,
que sólo prosa y aridez contemplo,
y del carro triunfante
de la industria y progreso devorante
el seco polvo mis pupilas ciega?
¿Qué regiones alegra el claro río
en que saciar mi corazón ansio?
¿Es acaso en el rico coliseo,
de luces chispeantes,
de atmósfera pesada, embriagadora,
donde agitarse veo
blancos senos, cuajados de diamantes
como de estrellas la naciente aurora?
¿Es quizá en el paseo,
donde en muelle carroza reclinada
pasea su indolencia
tanta nula existencia
en espléndido arreo sepultada?
¿O en dorados salones,
cuando al compás de orquesta deliciosa,
del wals entre las mil oscilaciones,
sobre la blanda alfombra
se pierden las parejas a lo lejos
y copian los espejos
el pie gentil y la cintura airosa?
¡Jamás do languidece la pereza
y el hastío bosteza
tiende la inspiración su raudo vuelo;
que no en el erial, ni en el pantano
crece el lirio lozano
cuyo dulce perfume sube al cielo!
Majestuosos montes
poblados de castaños y de encinas,
lejanos horizontes
que disfumáis las áridas colinas;
cantábricas riberas
que besa gemidor el Océano,
cuyas marinas brisas
orean las poéticas laderas,
do más que en todo el bello suelo hispano
mostró Naturaleza sus sonrisas;
vosotras, fuente inagotable y pura
fuerais de inspiración al pecho mío,
mientras que aquí se agota mi fe, y
el arpa rota arrojo con cansancio y
amargura, yerto ya el corazón por el
hastío. En vano quiero concentrar
mi vida que se disipa como aroma al
viento, me faltan la energía y el
aliento, y si con la malsana
calentura del placer caprichoso y
turbulento galvanizó mi musa
decaída, y me invade de nuevo,
lacio y frío, un mortal desaliento. Es
que yace extinguida la creadora
hoguera, es que me faltan vivos
manantiales donde apagar la sed de
lo sublime, y aquí entre el oropel la
musa gime que canta en las bellezas
naturales.

Autor del poema: Emilia Pardo Bazán

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NATUREZA SENSÍBEL

As xestas teñen fala de valados,
por iso o sangue das súas veas
leva todo o amor do labrantío.

A cinza do chao tamén ten
ingratitudes churrusqueiras
e mata a todos os grilos
que atopa por entre as leiras.
Esa xesteira amarela
non leva nubes, non leva.
Tan só a trasmao dicía:
"a vaca teixa non turra...".
E a vaca teixa nas cornas
levaba presas estrelas
das que se apropiou a note
ao beber auga na fonte.
As nubes brancas bicaban
o lombo escuro das xestas
e as breixas, cos seus coitelos,
ían cortando folerpas.
A noite co seu misterio
tremelaba de friaxe.
¡E a xesteira reverquía
un sangue mouro de laxes!

Autor del poema: Manuel María Fernández

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CANCIÓN DA RÚA DO CARDENAL

Cardenal, rúa ou raíña,
de beleza sorprendente:
¡a ollada túa aloumiña
ao Monte de San Vicente!

A túa estrela sempre acerta
coas roitas da fantasía:
¡Cardenal, ancha e aberta,
que acaban na Compañía...!

Ouh Cardenal, flor das rúas
con galerías sen par
¡que teñen lembranzas túas
e non as queren contar...!

Acéndeste, ruborosa,
e brillas como un rubí,
¡Cardenal, moza xeitosa,
se oes dicir ben de ti!

Cardenal, rúa perfecta
e corazón da cidade:
¡materia de vida feita
con soños de eternidade!

Autor del poema: Manuel María Fernández

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MITO

Unha pinga de orballo,
o recendo da rosa,
a memoria dun xesto,
o tremor dunha sílaba,
permanecen no tempo,
grávanse a lume e ar
na conciencia daqueles
máis atentos e lúcidos
e fanse mito.
¡Mito!
Único símbolo posíbel
que os deuses poderosos
aceptan e comprenden.

Autor del poema: Manuel María Fernández

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SOÑOS FUXIDÍOS

Os meus febles soños melancólicos
sempre me foxen para Bretaña.
E cando voltan
traen gusto a codeso,
saramago, xesta e hidromel.
Ás veces sangran
polas feridas que lles fan
as duras espiñas das silveiras.
En ocasiós demoran moito
contemplando dolmens,
estraños petroglifos,
cruceiros e calvarios populares
ou entretéñense querendo descifrar
a forte cadencia melodiosa
do idioma bretón que ten
música de vento e cantería.
De raro en raro os soños meus
quedan pendurados nas ponlas
das abidueiras e salgueiros
en figura de néboa esfarrapada
para ollar correr os ríos
e deixarse adormecer
ao seu murmurio de gaita familiar.
Teño que ir a Rennes novamente
e escoitar o mar en Saint Maló.

Autor del poema: Manuel María Fernández

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EPÍSTOLA

Amigo: en la jornada de la vida
puede hacer mucho bien el que despierte
la generosa aspiración dormida. Hay
alma que tal vez reposa inerte por
falta de una voz que la conmueva
en la inacción, hermana de la
muerte. Pero aquel que por norte
siempre lleva
los preceptos de Dios, con regocijo
al hermano dirá la buena nueva.
Doctrinará la madre al tierno hijo
mezclando con la leche la enseñanza
con que Jesús la humanidad bendijo.
Y sin vacilación, temor, mudanza,
habitaremos este triste valle, de otra
vida mejor con la esperanza.
¡Cuánto será egoísta aquel que calle y
no cante su fe, si voz le queda, hasta
que un eco sus cantares halle! ¡Ay
del que sienta inspiración y pueda
comunicar de su creencia el fuego, si
algún indigno miedo se lo veda! ¡Ay
del que sabe conducir al ciego, y le
deja acercarse al precipicio donde
está expuesto a despeñarse luego!
Ensalzar la Virtud, herir el Vicio: tal
es la misión única que deba llenar la
poesía, en su juicio. ¡El que en el
alma estremecida lleva del poético
numen la raptura, que a profanar sus
aras no se atreva!
Cante en buen hora el genio a la hermosura;
pero no manche la cristiana lira
cínica frase, o teoría impura.
Elévela aquel fuego que la inspira:
tenga un noble entusiasmo, si se inflama;
tenga un santo delirio, si delira.
Eterna, ardiente, inextinguible llama
en lo bueno y lo justo halla el poeta
que honestas musas a su lado llama.
¿No llenará la mente más inquieta el
contemplar, en éxtasis profundo,
obra de Dios, la creación completa?
Las leyes inefables con que al
mundo rige su sabia mano
omnipotente: su orden maravilloso,
sin segundo. Enciende el volcán la
roja frente, y puebla el hondo
abismo de los mares y la linfa del
río transparente. Los claros rayos
animó solares, y salpicó la
inmensidad el cielo con los nunca
contados luminares. Persistir hace
en el estéril suelo el diario milagro
de la vida, y fecundo calor sucede al
hielo. ¿Quién no siente que el alma
estremecida se abisma en
contemplar grandeza tanta,
de gozo interno y gratitud henchida?
Hay otra fruición no menos santa,
que es atraer al hombre al buen camino
que hasta Dios le conduce y le levanta.
¡Cuán noble del poeta es el destino
si entiende su deber y le da cima
penetrado de espíritu divino! Con el
grato concento de la rima, al remiso,
al cobarde, al negligente,
aguija, da valor, mueve y anima.
Firme en la resistencia inteligente
que opone al mal, ni acepta, ni rechaza
las ideas del vulgo ciegamente. La
recta senda que a sus pasos traza no
se tuerce hacia atrás ni hacia adelante,
y lo pasado al porvenir enlaza. La
moral está escrita en diamante; las
civilizaciones se suceden; inmutable
es el bien, uno y constante. Pero sus
vías adornarse pueden con todo
cuanto hay bello en lo creado
para que en su aridez solas no queden.
Purificar el gusto depravado: dar
magníficos cuadros a la escena
donde aprenda y se forme el pueblo honrado;
esto será la poesía buena: así el arte
renace y cobra vida de la Virtud en
la región serena. No arguyen que la
senda está florida que al error y
extravío nos conduce, y la del bien
de abrojos guarnecida. Que si cantar
lo malo nos seduce, es porque
somos malos, y la tea, no el ara
santa, en nuestros ojos luce. El justo
es como el ciervo que desea las
fuentes de agua viva en el desierto y
no el fétido charco que le asquea.
Sepulcro blanqueado y bien cubierto
es la torpe, inmoral literatura:
gusanos devorando un cuerpo
muerto. Vista, como el guerrero, su
armadura, recta intención el que a
escribir se lanza
y acorde sonará su lira pura.
Que puesta en Dios la noble confianza,
dulces cantares brotará la boca en fe
abrasada, rica en esperanza. El
nunca desampara al que le invoca, y
da al poeta voces y armonías, como
al sediento el agua de la roca. Así el
poeta en nuestros turbios días irá, no
en busca de gloriosa palma, sino
agitando las cenizas frías que guarda
al bien en un rincón del alma.

Autor del poema: Emilia Pardo Bazán

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