IV 

Un día, si no sigo siempre huyendo
de gente en gente, me verás, hermano,
llorar, sentado al pie de tu sepulcro,
la muerta flor de tus gentiles años.

Ahora, sólo nuestra anciana madre
habla de mí con tu ceniza muda:
sin ilusión os tiendo yo mis manos,
pues aunque vea nuestro hogar de lejos,

siento el numen adverso y los temores
que fueron tempestad para tu vida,
y pido yo también paz en tu puerto.

Hoy, de tanta esperanza, esto me queda,
gentes extrañas, que pongáis mis huesos
en el regazo de la madre triste.

Autor del poema: Ugo Foscolo

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