19 Poemas de nombres 

AMADA REGINA

En todas las ciudades busco siempre
un hotel que llevara el nombre de ella.
El Regina de Roma y su fachada
severa y gris, fascista, de granito.
El Regina de Londres, frente a un parque
tristísimo al crepúsculo. El Regina
con las piedras negruzcas de Bruselas.
El cálido Regina de París,
junto al «quai» solitario de barcazas.
El Regina y su zócalo de moho
lamido por las aguas oscuras de Venecia.
Y cuando ella murió, y él no viajaba ya,
el último Regina, en el bullicio
del centro, en Barcelona,
le acogió con sus gélidos espejos
y con su delicada marquesina
de hierro y de cristal en la calle Bergara.
Regina amada, hoteles y mujer:
algunos negros bultos en la noche,
la caldera encendida y los neones
de tu nombre, violentos de tanta soledad.
Ciudades que están llenas de imprevistos
hitos de amor.

Autor del poema: Joan Margarit

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ELENA

Luz fosfórica entreabre claras brechas
en la celeste inmensidad, y alumbra
del foso en la fatídica penumbra
cuerpos hendidos por doradas flechas.

Cual humo frío de homicidas mechas
en la atmósfera densa se vislumbra
vapor disuelto que la brisa encumbra
a las torres de Ilión, escombros hechas.

Envuelta en veste de opalina gasa,
recamada de oro, desde el monte
de ruinas hacinadas en el llano,

indiferente a lo que en torno pasa,
mira Elena hacia el lívido horizonte,
irguiendo un lirio en la rosada mano.

Autor del poema: Julián del Casal

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A ELIZA

¿No ves cuán pronto por la azul esfera
el vuelo de las horas se desliza?,
¿no ves, amable Eliza,
marchitarse al nacer las tiernas flores
de la fugaz y alegre primavera?
Pues ¡ay!, con más presteza
nacen, desaparecen los amores,
las gracias de la edad y la belleza.
Feliz en todas partes
quien con el grato estudio de las artes
mezclando las lecciones
de virtud y piedad, engaña, burla
del tiempo y de sus hijas estaciones
la ciega rapidez y la inconstancia.

Así cuando la bella primavera
pierde su gala y virginal sonrisa
y se retira triste
de tu jardín, Eliza,
huyendo del invierno los enojos,
al fuego de tu genio y de tus ojos
con sus vivos colores y fragancia
bajo de tu pincel nace en tu estancia.

En tu estancia feliz que yo contemplo
será con tu presencia
el más hermoso templo
del gusto, la piedad y la inocencia,
a cuyo culto y plácidos misterios
vestal sacerdotisa
con tu graciosa hermana será Eliza.

Autor del poema: José Joaquín de Olmedo

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Sira

Enviado por vazcas  Seguir

Su mirada azul destapa secretos
que esconde siempre una grata sorpresa.
Niña vivaz sonrosada cual fresa
te alegra la vida en cada momento.

Derrocha amor por los perros y gatos,
roedores, aves, cualquier animal.
Las injusticias resultan fatal
como una vida sin un café a ratos.

Luchadora incombustible y tenaz.
Por los suyos en su mundo delira
a quienes cuida y protege voraz.

No seré yo el único que la admira
por mantener sonrisa perspicaz,
en todo instante. Así es ella, Sira.

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TU NOMBRE

Nace de mí, de mi sombra,
amanece por mi piel,
alba de luz somnolienta.

Paloma brava tu nombre,
tímida sobre mi hombro.

Autor del poema: Octavio Paz

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A ELVIRA

I

Cuando tú me abandonas; cuando espero
Pensar en ti para dejar de amarte;
Cuando espero pensar en olvidarte,
Sólo pienso en lo mucho que te quiero.

¡Ay! en vano juzgándote severo
Maldecirte pretendo, que al nombrarte,
El triste acento que del alma parte
Sólo murmura que por ti me muero.

Aunque digo que quiero aborrecerte,
Es mi amor más inmenso cada día,
Y no puedo, aunque quiero, no quererte;

Olvidarte no puedo todavía,
Y aunque cierre los ojos por no verte,
Te sigo viendo en la memoria mía.

II

Cuando el duro decreto de la suerte
Te arrancó de mi lado, Elvira mía,
Venturoso cual nunca me creía
Con la sola esperanza de perderte.

Prometí, sin pensarlo, que la muerte
Más bien que tus desprecios sufriría,
Juré sin vacilar que olvidaría,
Juré sin vacilar aborrecerte.

Pero al volverte á ver siempre tan bella,
Los propósitos todos acabaron,
Y en pos corrí de tu adorada huella;

Ante tí mis rodillas se doblaron,
Murmuré suspirando mi querella,
Y en tus ojos mis ojos se clavaron.

Autor del poema: José Rosas Moreno

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A UNA MUCHACHA QUE SE LLAMABA NIEVES

Rojo dará su luz cuando la aurora
negra de tus miradas ilumine
tu bello despertar de primavera;
cuando tus grandes ojos sean las nubes,
tu corazón un sol, tu piel la tierra
sonrosada de un mundo de rubores;
cuando el amor tu nombre frío deshiele
sin que por eso pierda su blancura;
cuando un hombre te quiera y tú, queriéndole,
escuches su silencio con tu boca.

Autor del poema: Manuel Altolaguirre

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MARIANA

Por encima de todo, simple y fuerte,
tu vocación para la desventura.
La esperanza y la celda de amargura
y tu sueño incapaz de contenerte.

Ciega sin lumbre miras, de tal suerte
que coronas de espinas tu cintura,
y tu amorosa enfermedad madura
por encima del sueño y de la muerte.

Desventurada y sola; abandonada
como las conchas de una playa triste.
Ruinas en soledad, despojo, sombras.

Por encima de todo, tu mirada
te devuelve una imagen que no existe.
Y llamas con dolor, y a nadie nombras.

Autor del poema: Rubén Bonifaz Nuño

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MERCEDES

Aunque el tiempo nos haya separado
(no es el tiempo sino la vida quien aleja)
no debo, no sería lícito olvidarte y ser injusto contigo.
Porque si tu presente de mujer burguesa
está tan lejos de lo que creo y siento,
a la muchachita que fuiste, junto a mí
la amé hasta ese natural punto que
no precisa palabras, ni declaración ni sexo.
Era la amistad el calor, más allá de otros lazos.
Jugaba contigo y me reía contigo
y te buscaba cuando estaba solo (tantas veces)
sin que tú nunca me fallaras ni mostrases
extrañeza. ¿Te acuerdas de cómo nos reíamos?
Jugábamos a chicas y hablábamos del mundo.
Íbamos al cine y me contabas, por fin,
los chicos que te gustaban, los actores, los sueños
de lo que ambos seríamos huyendo de aquella
adolescencia en el opaco, hosco Madrid cerrado
a la libertad, de los mediados sesenta. Adiós,
amiga mía, nunca será como antes y nunca hablaremos
como hablábamos entonces. Tú vas en tu avión
y yo vuelo -no sé cómo- en dirección contraria.
Pero te recuerdo y te doy las gracias. Única
amiga de mi infancia. Por ti no estuve solo del todo.
Por ti sentí que la vida podría ser amable.
Para ti fui un niño normal y corriente,
al que quisiste -creo- y te quería. Otro amigo.
Jamás sentí que me mirases con extrañeza.
Pocos -poquísimos- me vieron tan real, tan cerca.

Autor del poema: Luis Antonio de Villena

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