Poemas
Aquí, en la portada, puedes leer los 100 mejores poemas de siempre, según vuestros votos, separados en dos listas: 50 son de autores consagrados, y los otros 50 de usuarios. Tiene mucho mérito aparecer en esta selección, así que si te esfuerzas a lo mejor te puntúan tan bien que sales aquí. ¡No dejes de intentarlo!
Si quieres buscar el contenido clasificado por autor, visita nuestra sección de Autores
CROQUIS PARISIENSE
Sobre las fachadas pintaba la luna
con tintes de zinc, ángulos obtusos;
salen de los techos de las chimeneas,
en forma de cinco, penachos de humo.
El cielo está gris, llora la llovizna
igual que un fagot,
y maúlla a lo lejos un gato encelado
por su zapaquilda su extraña canción.
Yo pensando en Fidias, soñando en Platón,
errante mi paso por las calles va
—y con Marathón y con Salamina—
mientras parpadean las luces del gas.
CANTO DEL BAUTISTA
El sol que su detención
Sobrenatural exalta
Vuelve a caer prontamente
Incandescente
Siento como si en las vértebras
Tinieblas se desplegasen
Todas estremecimiento
En un momento
Y mi cabeza surgida
Solitaria vigilante
Al triunfal vuelo veloz
De esta hoz
Como ruptura sincera
Bien pronto rechaza o zanja
Con el cuerpo inarmonías
De otros días
Pues embriagada de ayunos
Ella se obstina en seguir
En brusco salto lanzada
Su pura mirada
Allá arriba donde eterna
La frialdad no soporta
Que la aventajéis ligeros
Oh ventisqueros
Pero según un bautismo
Alumbrado por el mismo
Principio que me comprende
Una salvación pende.
NOSTALGIAS
I
Suspiro por las regiones
donde vuelan los alciones
sobre el mar,
y el soplo helado del viento
parece en su movimiento
sollozar;
donde la nieve que baja
del firmamento, amortaja
el verdor
de los campos olorosos
y de los ríos caudalosos
el rumor;
donde ostenta siempre el cielo,
color gris;
es más hermosa la luna
y cada estrella más que una
flor de lis
II
Otras veces sólo ansío
bogar en firme navío
a existir
en algún país remoto,
sin pensar en el ignoto
porvenir.
Ver otro cielo, otro monto,
otra playa, otro horizonte,
otro mar,
otros pueblos, otras gentes
de maneras diferentes
de pensar.
¡Ah!, si yo un día pudiera,
con qué júbilo partiera
para Argel,
donde tiene la hermosura
el color y la frescura
de un clavel.
Después fuera en caravana
por la llanura africana
bajo el sol
que, con sus vivos destellos,
pone un tinte a los camellos
tornasol.
Y cuando el día expirara
mi árabe tienda plantara
en mitad
de la llanura ardorosa
inundada de radiosa
claridad.
Cambiando de rumbo luego,
dejara el país del fuego
para ir
hasta el imperio florido
en que el opio da el olvido
del vivir.
Vegetara allí contento
de alto bambú corpulento
junto al pie,
o aspirando en rica estancia
la embriagadora fragancia
que da el té.
De la luna al claro brillo
iría al Río Amarillo
a esperar
la hora en que, el botón roto,
comienza la flor del loto
a brillar.
O mi vista deslumbrara
tanta maravilla rara
que el buril
de artista, ignorado y pobre
graba en sándalo o en cobre
o en marfil.
Cuando tornara el hastío
en el espíritu mío
a reinar,
cruzando el inmenso piélago
fuera a taitiano archipiélago
a encallar.
A aquél en mi vieja historia
asegura a mi memoria
que se ve,
el lago en que un hada peina
los cabellos de la reina
Pomaré.
Así errabundo viviera
sintiendo toda quimera
rauda huir,
y hasta olvidando la hora
incierta y aterradora
de morir.
III
Mas no parto. Si partiera,
al instante yo quisiera
regresar.
¡Ah! ¿Cuándo querrá el destino
que yo pueda en mi camino
reposar?
PAISAJE DE VERANO
Polvo y moscas. Atmósfera plomiza
donde retumba el tabletear del trueno
y, como cisnes entre inmundo cieno,
nubes blancas en cielo de ceniza.
El mar sus ondas glaucas paraliza,
y el relámpago, encima de su seno,
del horizonte en el confín sereno
traza su rauda exhalación rojiza.
El árbol soñoliento cabecea,
honda calma se cierne largo instante,
hienden el aire rápidas gaviotas,
el rayo en el espacio centellea,
y sobre el dorso de la tierra humeante
baja la lluvia en crepitantes gotas.
SOL
Mi amigo el sol bajó a la aldea
a repartir su alegría entre todos,
bajó a la aldea y en todas las cosas
entró y alegró los rostros.
Avivó las miradas de los hombres
y prendió sonrisas en sus labios,
y las mujeres enhebraron hilos de luz en sus dedos
y los niños decían palabras doradas.
El sol se fue a los campos
y los árboles rebrillaron y uno a uno
se rumoraban su alegría recóndita.
Y eran de oro las aves.
Un joven labrador miró el azul del cielo
y lo sintió caer entre su pecho.
El sol, mi amigo, vino sin tardanza
y principió a ayudar al labriego.
Habían pasado los nublados días,
y el sol se puso a laborar el trigo.
Y el bosque era sonoro. Y en la atmósfera
palpitaba la luz como abeja de ritmo.
El sol se fue sin esperar adioses
y todos sabían que volvería a ayudarlos,
a repartir su calor y su alegría
y a poner mano fuerte en el trabajo.
Todos sabían que comerían el pan bueno
del sol, y beberían el sol en el jugo
de las frutas rojas, y reirían el sol generoso,
y que el sol ardería en sus venas.
Y pensaron: el sol es nuestro, nuestro sol
nuestro padre, nuestro compañero
que viene a nosotros como un simple obrero.
Y se durmieron con un sol en sus sueños.
Si yo cantara mi país un día,
mi amigo el sol vendría a ayudarme
con el viento dorado de los días inmensos
y el antiguo rumor de los árboles.
Pero ahora el sol está muy lejos,
lejos de mi silencio y de mi mano,
el sol está en la aldea y alegra las espigas
y trabaja hombro a hombro con los hombres del campo.
UNA PARTIDA DE AJEDREZ
Como un trono cincelado, la silla que ocupaba
resplandecía en el mármol, donde el espejo
forjado con adornos de parras en flor
entre los cuales espiaba un áureo Cupido
(otro escondía los ojos detrás de un ala)
duplicaba las llamas de un candelabro de siete brazos
reflejando la luz sobre la mesa mientras
el fulgor de sus joyas, vertiéndose en profusión
volaba a su encuentro desde las cajitas de satén;
en frascos de marfil y vidrio de colores,
husmeaban sus extraños perfumes sintéticos,
agitados en cremas, en polvo o líquidos, confundían
y ahogaban los sentidos; temblando en el aire
fresco que llegaba desde la ventana, ascendían
y se dilataban en las largas llamas de las velas,
aventando su incienso entre las molduras
y los motivos en el encofrado del techo.
Enormes leños de mar, atizados de cobre, ardían
en verde y naranja, encuadrados por la piedra radiante
en cuya luz melancólica flotaba la silueta de un delfín.
Sobre la antigua repisa del hogar lucía,
como una ventana abierta a la maleza
la metamorfosis de Filomela, ferozmente poseída
por aquel rey de los bárbaros; todavía allí el ave
surca todo el desierto con su voz intacta,
todavía ella sigue gritando y el mundo clama
chak chak en tus sucios oídos.
Y en otros cabos blanqueados por el tiempo
se narraba en lo alto de las paredes; formas oblicuas
que miraban fijo enmudecían el cuarto clausurado.
Pasos arrastrándose por la escalera.
A la luz del fuego, bajo el cepillo, su pelo
se desplegó en puntas incandescentes que ardían
en palabras, y luego entró en una quietud salvaje.
«Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, mal. Quedate conmigo.
Hablame. ¿Por qué siempre estás callado? Hablá.
¿En qué estás pensando? ¿En qué pensás? ¿En qué?
Nunca sé en lo que estás pensando. Nunca».
Pienso que estamos en el callejón de las ratas
donde los muertos extraviaron sus huesos.
«¿Qué fue ese ruido?»
El viento bajo la puerta.
«¿Y ese otro ruido ahora? ¿Qué está haciendo el viento?»
Nada, otra vez nada.
«¿No
sabés nada? ¿No ves nada? No recordás
nada?»
Recuerdo
aquellas perlas que una vez fueron sus ojos.
«¿Estás vivo, sí o no? ¿No hay nada en tu cabeza?»
Pero
Oh Oh Oh Oh ese Rag shakesperiano…
es tan refinado
tan inteligente
«¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué voy a hacer?
Voy a despabilarme y salir a la calle
con el pelo suelto, así como estoy. ¿Y mañana qué vamos a hacer?
¿Y qué vamos a hacer nunca?»
El agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche encapotado para las cuatro.
Y nos vamos a jugar una partida de ajedrez,
apretando ojos sin párpados y esperando un golpe en la puerta.
Cuando al marido de Lil le dieron la licencia –dije
sin medir las palabras, yo misma se lo dije
APÚRENSE POR FAVOR ESTAMOS CERRANDO
ahora que viene Albert podrías arreglarte un poquito.
Él querrá saber qué hiciste con la plata que te dio
para ponerte los dientes. Porque te la dio, yo fui testigo.
Sacatelos todos, Lil, y hacete una linda dentadura,
porque él dijo, te lo juro, no aguanto verte así.
Ni yo tampoco, le dije, pensá en el pobre Albert,
estuvo cuatro años en el ejército, necesita pasarlo bien
y si vos no le das un poco de diversión, le dije, otras lo harán.
Y ella dijo, ¿no más que eso? Algo así, le dije.
Entonces ya sabré a quién agradecerle, dijo, y me miró feo.
APÚRENSE POR FAVOR ESTAMOS CERRANDO
Si te parece mal, hacé lo que quieras, le dije.
Y si no, otras pueden comer del mismo plato.
Pero si Albert te deja no digas que no te avisaron.
Deberías tener vergüenza, le dije, de estar tan fuera de moda.
(Y con sólo treinta y un años).
No lo puedo arreglar, dijo ella, poniendo una cara larga,
son esas pastillas que tomé, dijo, para sacármelo.
(Ya tiene cinco y casi se muere con el pequeño George).
El farmacéutico me dijo que todo iría bien, pero nunca volví a ser la
[misma.
Estás totalmente loca, le dije.
Bueno, si Albert no te deja en paz, no es asunto mío, le dije,
¿para qué te casaste si no querías tener chicos?
POR FAVOR APÚRENSE ESTAMOS CERRANDO
Bueno, ese domingo Albert estaba en casa, y tenían
[jamón caliente
y me invitaron a cenar para que captara la belleza del jamón ca…
APÚRENSE POR FAVOR ESTAMOS CERRANDO
APÚRENSE POR FAVOR ESTAMOS CERRANDO
Chau Bill. Chau Lou. Chau May. Chau.
Ta ta. Chau. Chau. Buenas noches, damas, buenas noches
dulces damas, buenas noches, buenas noches.
ANOCHE SE ME HA PERDIDO
En la arena de la playa
un recuerdo
dorado, viejo y menudo
como un granito de arena.
¡Paciencia! la noche es corta.
Iré a buscarlo mañana...
Pero tengo miedo de esos
remolinos nocherniegos
que se llevan en su grupa
¡dios sabe adónde! la arena
menudita de la playa.
A LA DUQUESA
¿A quién daré mis amorosos versos,
que pretienden amor, con virtud junto,
y desean también mostrars'hermosos?
A ti, señora en quien todo esto cabe,
a ti se den, por cuanto si carecen
destas cosas que digo que pretienden,
en ti las hallarán cumplidamente.
Recógelos con blanda mansedumbre
si vieres que son blandos, y si no,
recógelos como ellos merecieren.
Y si después t'importunaren mucho
con llorar, porque así suelen hazello,
no te parezcan mal sus tristes lloros,
que, pues que son sus lágrimas con causa,
no sólo es gran razón que se consientan,
mas an de ser dolidas y lloradas
por todos los que vieren donde caen.
Ellos se van huyendo de mis manos
pensando que podrán bivir doquiera,
pero, según an sido regalados
y poco corregidos en sus vicios,
a peligro andarán si en ti no hallan
manera de bivir en sus regalos
y amparo por valerse en sus errores.
Si pasaren con onra, dales vida,
y si no, no les quites el remedio
que'l tiempo les dará con su justicia:
que mueran y que los cubra la tierra,
y la tierra será el eterno olvido.
DE LO REMOTO A LO ESCONDIDO
Tanto soy y más la brizna de saturada espina
A cuya sed perenne se acrecientan los desiertos.
Sangre adentro y de soslayo iré por consiguiente,
Como van las tempestades,
Hacia aquel país cerrado a toda mente,
País de Khana, cuando al paso, en las sales densas de la muerte,
Habré de hablarte,
Toda en escombros, ciudad de Balk.
No hay empero reparos de horizontes.
¿En dónde estoy, a dónde me conduce lo inaudito?
¡Oh Príncipe de innumerables plantas y llanuras,
A aquella fuerza de soledad me atengo
De tu nocturna condición!
Atrás dejé las puertas, las sabanas en aliño.
Los que sois de presa;
Magnates, caciques de la tierra, empolvados sobrestantes,
Velad el campo ausente.
Profesores y otras huestes,
vosotros los de la especie cotidiana, ya no vivo de vuestra
ciencia ensimismada.
Pronto me acusas,
Aire desnudo,
Doblegas mi ceño,
Me das el pánico de lobos aullando bajo la abrupta claridad lunar.
Al romper entonces la procesión oscura de esta sangre coagulada,
A más de la intrínseca solidez de mi sombra y de mis dientes,
¡Oh selva transparente,
Tus vientos primordiales se desprenden de intensa luz
En mis recintos!
¡Oh mía de mis años!
Las plazas comentadas, los caminos, las edades,
Cuánto he recorrido en virtudes de tu imagen trascendente.
Como holanes de rocío en torno de tantas frondas agostadas,
Mil rumores de tus sienes prevalecen en mi espíritu.
Mis gotas caen.
El ala irrumpe a través de tus tensos jardines soñolientos.
La premura aún
De este ser tan secreto y transparente como el néctar de las flores.
Allá sin tregua
La extensión continua, el fragor de la conquista.
El espacio aquél, a brote de epidermis.
Tal recibe el eco, en vertientes albas de tu cuerpo,
Mandatos consabidos de luz oculta.
¡Oh cuerpo femenino a cuya entrada se extasían las tormentas,
Los ciclones!
Al amparo de una lámpara perdida en su esplendor de azufre,
Aquí te imploro, en la concentración de mis entrañas,
En las caudalosas lunas de mi adviento.
Bajo este rotundo cielo atravesado de miradas y de clamores,
Más allá de todo ambiente, te escucha mi ansiedad.
En la eternidad de mis cenizas se verán las glorias de tu sangre,
Las dulzuras de tu empeño.
PERPETUA, COMO LOS HUESOS QUE ATRAVIESAN MI CARNE...
Perpetua, como los huesos que atraviesan mi carne,
(porque debes saber, amada, que este calcio mortal
no es osamenta, que es traspasante espina y enfurecida
lanza)
como la tierra desesperada y seca, como los árboles;
honda y turbulenta en las viejísimas sangres de
la tarde encendida de sueños y aves...
eres, amada, oh agua, oh nube y hoja en la lenta distancia.
Por buscarte, adelgazados hasta el vuelo de la
muerte están los tristes brazos...
¿Qué saliva pudo, jamás, tocarte?
¿qué polvo pudo, en tus grandes lágrimas, acercarse a
mi barro?
¿Cuántas veces te he dicho mi silencio? ¿cuántas veces
mis palabras, nada más que en tus ojos se abatieron, cansadas, como pájaros?
(Y estoy solo, traspasado de mí, atravesado de mis
huesos, dolorosos y doloridos huesos de hombre, igual
a una raíz inútil en un suelo desconocido, igual
a la lengua de un perro en el agua salobre)
Yo te llamé con el más simple nombre, como el aire,
limpia en lejanos cristales y alta de fugas, oh
perpetua como las alas.
Yo, gemebundo, con pávidas astillas me clavé a la
esperanza, y la esperanza no era más que mi carne
ciega y vana.
¡Qué vegetal dolor el del recuerdo crecido en la
dulce comarca que apacentó tu nombre!
¡qué transparentes sueños a la orilla de sueño de
tus aéreas manos!
(y yo, un hombre en soledad, un tibio borde de amargura, un latido en la ceniza del crepúsculo,
una pequeña nada, una sombra crecida en tu cierta
palabra,
estoy en la mudez de traspasada carne)
Háblame con la infinita voz que en los cielos gira y
canta,
que es estrella en la noche y rocío en la niña mañana.
Háblame tú, recién nacida, eterna y perpetua distancia.
Háblame tú, perpetua al acabado corazón, al enterrado
corazón de tierra y a la ahogada palabra.
Desde el 3401 hasta el 50 de un total de 50 Poemas
