63 Poemas de guerra 

CONVALECIENTE

Mi traje azul claro, de lana,
cómodo como el de un mandarín chino,
y mi corbata roja, símbolo de sangre derramada,
dan color a las calles de Londres.
Un pedazo de cielo, algo divino,
se aburre monstruosamente en la metrópoli del mundo.
Mañana vestiré otra vez mi uniforme
para ser del todo gente y no importarle nada a nadie.

Autor del poema: Salomón de la Selva

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LAS POSIBILIDADES

La noche antes del jaleo—m’acuerdo bien—
le dimos al palique y así nos enteramos.
«Amigo—dijo Jimmy, que sabía lo suyo—,
sólo pueden pasarte cinco cosas:
te desmayas, te hieren—grave o leve—
te tumban o te salvas con tu miedo».

A uno de nosotros lo partió un cañonazo.
A otro lo acertaron y perdió las dos piernas.
Un tercero—en palabras que usan los hipócritas—
quiso el azar que lo pillara Fritz.
Yo no tuve un rasguño, a Dios sean dadas,
pero más le daré si otra vez cae una herida.
En cambio, el pobre Jim no está vivo ni muerto.
«Una de cinco», nos decía; él tuvo todas:
herido, muerto, prisionero, todo el lote
le tocó de una vez. Jim está loco.

Autor del poema: Wilfred Owen

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GRANADAS

Porque me parecieron
pájaros que volaban las granadas, —
golondrinas de los atardeceres, —
me sorprendió como cosa de magia
ver que en donde caían
con un estruendo vasto, levantaban
espirituales árboles de tierra
maravillosos de troncos y de ramas.

En el ramaje aéreo de esos árboles,
escondido en el follaje de barro,
hizo su nido de un instante
un deseo olvidado:
Tal vez de dormir en medio de un bosque,
quizás de tener alas;
¡ tantos deseos caben en sólo uno
cuando se está casi muerto de cansancio!

Autor del poema: Salomón de la Selva

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA TERNURA

Oh que lindo que se escucha
En noción de la dulzura
Con el alma entre las manos
Viene el amor se desnuda

Oh sentir de enamorado
Tan distante de mentiras
Que lo engañe el viento huraño
Lo aniquila, lo derriba

Las mañanas tan bonitas
Del caribe y sus paisaje
De mi tierra las orquídeas
Se las doy a tus pesares

Oh simpleza tan senciva
Tan humilde y tan confiada
Primer amor que ilumina
Un sueño que abre sus alas

Un cuento que en moraleja
Quiere convencer la luna
Diciéndole que la tierra
Por su pasión es que gira

Oh sapiencia de los tiempos
Eterno instinto del quiero
Que desconfía en silencio
Aunque esté amando por dentro

Recuerda que te conozco
Desde el día que empezaste
Soy quien te vistió de loto
¿Porque ese pálido lastre?

El amor es para siempre
La ternura es infinita
Y los momentos de impiéza
Solo te muestran cobarde
Si con trampas te confiesas
No hace premisas el padre

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA DISPUTA

Retos a mí me llegaban
Cada día que amanecía
Unos mucho que me odiaban
Otros era hipocresía
Mientras tanto y como siempre
Lleno de paz en mi vida

Así fue pasando el tiempo
Mi sentir se entrecruzaba
Con los designios que ellos
En cada mando obligaban
Fortuna si no es por ti
De cierto salgo de cola
Pero vez que resistí
Ahora dame mi toga

Los días grises pasaban
Con poquitas alegrías
Y acostumbrado no estaba
Que controlaran mi vida
Es lo más cruel que he pasado
Resistir con valentía
Que al que le cuidas su vida
Te trate como a un villano

Pero a la mar oh valiente
A pecho ponle la brisa
Que Dios te dará en la gloria
De la fortuna alta misa

Llorar no se presta al hombre
Cuando pelea por su estigma
Dios debe juzgar el orbe
La disputa aquí termina-----y los cobardes no irán
A ver al señor un día

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APOLOGIA PRO POEMATE MEO

También yo he visto a Dios por entre el barro
que restalla en el rostro de un hombre sonriente.
La guerra dio a sus ojos más gloria aún que sangre
y a sus risas más gozo que el que estremece a un niño.

Qué alegría reír allí en donde
la muerte se hace absurda, y más aún la vida,
pues nuestro era el poder, mientras todo asolábamos,
de no sentir remordimiento por los muertos.

Yo también he dejado a un lado el miedo
muerto, al igual que mi escuadrón, tras la barrera
y, alzándose, mi alma ha pasado ligera
sobre el alambre donde yace la esperanza.

Y he visto a hombres exultantes:
los rostros que fruncían siempre el ceño
se encendían de pronto de entusiasmo,
como ángeles un punto, aunque ángeles sucios.

Y también he hecho amigos
de los que nadie habla en canciones de amor.
Porque no es el amor quien enlaza los labios
con los ojos sedosos que añoran al ausente

por la alegría, cuyo lazo se suelta,
sino la herida de la guerra, con alambres y estacas;
es ella quien enlaza con un vendaje usado
atado en la correa de un fusil.

He hallado a la belleza
en esos juramentos que el coraje confirma.
He oído música entre el estruendo del combate
y he hallado paz donde las bombas escupían fuego.

Pero sólo si compartís con ellos
la sombría tristeza del infierno,
con ellos cuyo mundo es un relámpago
y cuyo cielo es el camino de las balas,

no oiréis su risa nunca.
No dejarán mis chanzas que creáis
que han sido bien felices. Merecen vuestras lágrimas.
No merecéis vosotros su alegría.

Autor del poema: Wilfred Owen

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir


EL ORGULLO

Dieciocho meses de orgullo
Y un recorrido chiquito
Quise seguir en el cuento
Fortuna fue un reto digno
No me juzgues que son pocos
Y buenos los que han seguido

No muchos prestan el alma su vida y su cuerpo entero
Sacrifican su familia
Su virtud y su intelecto
Para defender su pueblo
De unos violentos ineptos
Que matan hasta su madre
Solo por cumplir un hecho

Fortuna me la pasaba
De pueblo en pueblo peleando
Por ver vivir a mi raza
Sin miedo de aqueste infierno

Ya no me importan las cosas
Que tuve que soportar
La victoria en mí se goza
Ya puedo vivir en paz
Al lado de estos polluelos
Que tú me viniste a dar

Por eso voy a seguir
Dándote a saber mí cuento
Todo lo que percibí
Y todo lo que es glorioso
Porque el que de verde viste
En verdad es valeroso
No des la espalda al guerrero
La verdad ellos son pocos

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COMOUFLAGE

Parece que hace siglos
no me miro al espejo,
y en los ojos de los vivos
por vergüenza no puedo,
y no reflejan nada
los ojos de los muertos.

Debo de haber cambiado de cara:
debo de tener hundida la frente;
mis labios deben de ser una sola línea recta;
debo de tener los ojos como dos alfileres.
¡El apego a la vida me debe de haber mudado
para que cuando me busque no me conozca la muerte!

Autor del poema: Salomón de la Selva

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CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Autor del poema: Miguel Hernández

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EL CENTINELA

Hallamos un refugio de los boches.
Nos dio mucho trabajo: los cañones
lo rozaban de cerca, sin darle una de lleno.
En cascadas de fango la lluvia, hora tras hora,
llevaba la crecida hasta nuestra cintura
y hacía impracticable la escalera.
El aire que quedaba adentro era apestoso,
amargo como el humo y el olor de los hombres
que allí habían vivido dejando su destino
o su cuerpo.
Y allí nos refugiamos de las bombas
hasta que al fin dio con nosotros una
que apagó nuestro aliento y las velas. Después,
tropezando en el fango y su diluvio,
cayó por la escalera el cuerpo inerte
del centinela, y luego el rifle, algunos restos
de viejas bombas alemanas y más barro.
Lo dábamos por muerto hasta que habló:
«¡Señor, mis ojos! ¡Estoy ciego, ciego!».
Lo calmé y encendí el mechero ante sus ojos,
dije que si veía algún atisbo
de luz, no estaba ciego; era cuestión de tiempo.
«Nada», gemía. Y esos ojos como platos
todavía me miran en mis sueños.
Lo dejé allí, pedí unas parihuelas
y seguí a trompicones a otro puesto
y otra misión, bajo el aullido de aquel aire.
Aquellos pobres que sangraban, vomitaban,
o aquel otro que prefería haberse ahogado…
Intento ya no recordarlos nunca.
Pero por esta vez dejemos que el horror regrese:
escuchando los golpes y sollozos
y el rechinar salvaje de sus dientes
cuando las explosiones golpeaban sobre el techo
y el aire del refugio, al centinela
lo oímos a través de aquel estruendo:
«¡Veo una luz!». Pero la mía estaba ya apagada.

Autor del poema: Wilfred Owen

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