63 Poemas de guerra 

VERGÜENZA

Este era zapatero,
éste hacía barriles,
y aquél servía de mozo
en un hotel de puerto. . .

Todos han dicho lo que eran
antes de ser soldados;
¿y yo? ¿Yo qué sería
que ya no lo recuerdo ?
¿Poeta? ¡No! Decirlo
me daría vergüenza.

Autor del poema: Salomón de la Selva

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CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Autor del poema: Miguel Hernández

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MI HISTORIA EN LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

¿LO SABIAS?

Fortuna ya no te espero
A brazos sueltos tendidos
Pero te digo mis cosas
Pues hemos sido amigos
Y aunque ya tú no me creas
Escucha lo que hoy yo digo

Nací de unos padres buenos
En la orillas de un rio
Donde de niño el consuelo
Eran los cantos tardíos
Melodías que las aves
Daban gratis con sus trinos

Por allá en aquellos campos
Donde el tiempo no ha pasado
Un mundo olvidado pero alegre
Donde el vino es el viche, de mi gente

Donde se oye la marimba y el tumbao
Y se canta a capela el currulao
Esa tierra donde se come pescado
Al sonar de las olas en el bajo

De allá un día yo salí cual papachina
De la mata de una dama enamorada
Yo si siento esas cosquillas por la vida
Soy humilde desde mi alma apasionada

No son ruegos, es verdad
Yo soy leal a quien quiero
No puedes siquiera dar
Una esperanza a mi ruego.


LA ABSTENCIÓN

Iba a decirte una cosa
Ya que me cuentas lo tuyo
Sin habértelo pedido
Es que la lastima asoma
Ya cuando hablas del pasado
Si en verdad estas con migo
¿Entonce porque has fallado?

Te amaba así con tus cosas
Esa fortuna que anhelas
Y viene de aquellas costas
Donde el mar en playas suena
Y ya sabrás la respuesta
Que da la naturaleza

Allá lo hermoso del cielo
Se junta con la marea
En atardeceres rojos
Llenos de brisa somera
Creciste en el paraíso
Deja el orgullo y acepta

Decidme que el tiburón no se comió a la tortuga
Cuando sus huevos dejó
Bajo la luz de la luna

Huerfanita quede yo
Buscándote taciturna
Iba a decir que te amo
Pero eso dije insegura
Perdida en el viento aquel
Que hace dormir en la arena

Hoy cuentas tus travesuras
Tus intrigas, tus estancias
Pero no miras las vidas
Que dejastes en la espalda
Te fuiste de guerra un día
Buscando disque aventura
Y ya tu forma no cambia…

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MI HISTORIA DE LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

LA TERNURA

Oh que lindo que se escucha
En noción de la dulzura
Con el alma entre las manos
Viene el amor se desnuda

Oh sentir de enamorado
Tan distante de mentiras
Que lo engañe el viento huraño
Lo aniquila, lo derriba

Las mañanas tan bonitas
Del caribe y sus paisaje
De mi tierra las orquídeas
Se las doy a tus pesares

Oh simpleza tan senciva
Tan humilde y tan confiada
Primer amor que ilumina
Un sueño que abre sus alas

Un cuento que en moraleja
Quiere convencer la luna
Diciéndole que la tierra
Por su pasión es que gira

Oh sapiencia de los tiempos
Eterno instinto del quiero
Que desconfía en silencio
Aunque esté amando por dentro

Recuerda que te conozco
Desde el día que empezaste
Soy quien te vistió de loto
¿Porque ese pálido lastre?

El amor es para siempre
La ternura es infinita
Y los momentos de impiéza
Solo te muestran cobarde
Si con trampas te confiesas
No hace premisas el padre

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EL CENTINELA

Hallamos un refugio de los boches.
Nos dio mucho trabajo: los cañones
lo rozaban de cerca, sin darle una de lleno.
En cascadas de fango la lluvia, hora tras hora,
llevaba la crecida hasta nuestra cintura
y hacía impracticable la escalera.
El aire que quedaba adentro era apestoso,
amargo como el humo y el olor de los hombres
que allí habían vivido dejando su destino
o su cuerpo.
Y allí nos refugiamos de las bombas
hasta que al fin dio con nosotros una
que apagó nuestro aliento y las velas. Después,
tropezando en el fango y su diluvio,
cayó por la escalera el cuerpo inerte
del centinela, y luego el rifle, algunos restos
de viejas bombas alemanas y más barro.
Lo dábamos por muerto hasta que habló:
«¡Señor, mis ojos! ¡Estoy ciego, ciego!».
Lo calmé y encendí el mechero ante sus ojos,
dije que si veía algún atisbo
de luz, no estaba ciego; era cuestión de tiempo.
«Nada», gemía. Y esos ojos como platos
todavía me miran en mis sueños.
Lo dejé allí, pedí unas parihuelas
y seguí a trompicones a otro puesto
y otra misión, bajo el aullido de aquel aire.
Aquellos pobres que sangraban, vomitaban,
o aquel otro que prefería haberse ahogado…
Intento ya no recordarlos nunca.
Pero por esta vez dejemos que el horror regrese:
escuchando los golpes y sollozos
y el rechinar salvaje de sus dientes
cuando las explosiones golpeaban sobre el techo
y el aire del refugio, al centinela
lo oímos a través de aquel estruendo:
«¡Veo una luz!». Pero la mía estaba ya apagada.

Autor del poema: Wilfred Owen

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MI HISTORIA EN LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

EL CIENTO

Entendió mi pensamiento
Pero es del corazón
Es que estos remordimientos
Tan solo los digna Dios
Yo en orgullo no te ruego
Ni si quiera lloraría
Pero la humildad reclama
Insisto no es cosa mía

Fortuna cuando me amabas
Eran bonitos los días
El sol más suave irradiaba
Los vientos bien se sentían
Y este trovador que hoy llora
Cantos bonitos decía

Recuerdo que yo te vi
Cuando los sueños Vivían
En un cuerpo de inocente
Que apenas luces veía
Y ya tú estabas tan linda
Aunque no lo percibías

Yo fui el tentador primero
El zorro que estuvo al día
Que brotaran los polluelos
Que la gallina tendría
Y recoger su alimento
Su más bonita osadía
Robarle a ese jardinero
Y tu alcahueta fortuna

Creías en mi esperanza
Jugábamos no te olvides
Y prometíamos juntos
Afortunados un día
Paseándonos abrazados
La fortuna que seria
Porque no apresas el odio
El orgullo y la abstinencia
Acaso ya no hay esencia
De esos preciosos momentos...

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DISCAPACITADO

En su silla de ruedas esperaba la noche,
tembloroso en su obsceno traje gris
cortado por los codos y sin piernas.
Las voces de los chicos, como un himno,
corrían en sus juegos por la tarde
hasta que el sueño fue alejándolos.

La ciudad, a esa hora, solía estar alegre:
florecían las lámparas en los azules árboles
y, en esa tenue luz, las chicas sonreían.
Aquellos viejos tiempos, cuando aún tenía piernas…
Ya nunca sentirá qué fina es la cintura
de una muchacha, ni qué cálida su mano.
Todo el mundo lo toca como un desecho obsceno.

Hace tan sólo un año él era un joven
de rostro aún más joven y más tonto.
Ahora es un anciano. Su espalda no se dobla
y ha perdido su sangre en un lugar lejano,
la ha vertido en los cráteres hasta secar sus venas.
La mitad de su vida la pasó en la carrera
y en el chorro rojizo que brotaba del muslo.

Esa sangre en su pierna, al ser llevado a hombros
después de un buen partido, le gustó en una época.
Un día, tras el fútbol, bebiéndose una pinta,
se decidió a alistarse. Aún no sabe por qué.
Creyó que en kilt parecería un dios.
También lo hizo quizá por complacer
a su chica, eso es, a las muchachas.
Por eso se alistó. No tuvo que insistir
con su mentira: «Diecinueve», escribieron.

No pensó en alemanes ni en austríacos,
le daba igual su culpa. Aún no tenía
miedo al miedo: pensó en las ricas joyas
de las empuñaduras de una daga,
en el marcial saludo, el cuidad de un rifle,
los permisos, las pagas, los ingenuos reclutas.
Lo llamaron a filas con tambores y vítores.

Algunos celebraron su regreso,
pero no con el gozo con que se canta un gol.
Uno le dio las gracias, le preguntó por su alma.

Ahora pasará seis años de hospitales,
hará cuanto las normas establecen
y aceptará la compasión que toque en suerte.
Hoy ha advertido cómo los ojos de las chicas
lo abandonaban por los hombres completos.
Es tarde y hace frío. ¿Por qué tardan
en venir a acostarle? ¿Por qué tardan?

Autor del poema: Wilfred Owen

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MI HISTORIA EN LA GUERRA

Enviado por henrycv79  Seguir

A FORTUNA

Vuelve con migo fortuna
No te alejes a la luna
Que yo no sueño tan alto
Escaso soy de ambiciones
Fortuna yo mis dolores
Tan solo busco dejarlos

Ayer estaba yo abasto
Contaba a kilos ternuras
Suaves caricias que llenan
El alma de especies puras
Hoy los lamentos son artos
Mi corazón me delira

No entiendo tú vas y vienes
Será porque todos piden
Pero fortuna en mi hiciste
Sueños que fueron felices
Sembré un espigo en idilio
Que se marchita en silencio

Miremos las meretrices
Tus modelos de enseñanza
El cuento que me dijiste
El ansia que diste a mi alma
Fortuna en mi desconcierto
Lamento creer en hadas

Con esto espero vivir
Cincuenta años al refugio
En el caudal del tormento
Si mi fortuna no aversa
De sus malos pensamientos

Llorare por los momentos
Que afortunamos en goce
Besando el placer del beso
Versando el sentir del verso
Cuando yo era afortunado
Junto al jardín de los sueños…


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LA PARÁBOLA DEL JOVEN Y EL ANCIANO

Se alzó pues Abraham, cruzó los bosques.
Llevó consigo fuego y un cuchillo.
Y mientras caminaban ambos juntos,
preguntó así Isaac, el primogénito:
«Padre, veo que llevas hierro y fuego,
pero ¿el cordero para el sacrificio?».
Abraham ató al joven con cordajes
y construyó trincheras, parapetos…
Al sacar su cuchillo, de repente,
un ángel lo llamó del Cielo y dijo:
«Retira ya tu mano del muchacho,
no le hagas ningún daño. Hay un carnero
que es presa de ese arbusto por los cuernos;
ofrécelo mejor en sacrificio».

Pero el viejo rehusó, mató a su hijo
y, uno a uno, a los jóvenes de Europa.

Autor del poema: Wilfred Owen

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ABDALA (Escena tercera)

¡Salud, Abdala!—
¡Salud, nobles guerreros!
Ya la hora
De la lucha sonó: la gente aguarda
Por su noble caudillo: los corceles
Ligeros corren por la extensa plaza:
Arde en los pechos el valor, y bulle
En el alma del pueblo la esperanza:
Si vences, noble jefe, el pueblo nubio
Coronas y laureles te prepara,—
Y si mueres luchando, te concede
La corona del mártir de la patria!—
Revelan los semblantes la alegría:
Brillan al sol las fulgurantes armas,—
Y el deseo de luchar en las facciones
La grandeza, el valor sublimes graban!—
Ni laurel ni coronas necesita
Quien respira valor. Pues amenazan
A Nubia libre, y un tirano quiere
Rendirla a su dominio vil esclava,
Corramos a la lucha y nuestra sangre
Pruebe al conquistador que la derraman
Pechos que son altares de la Nubia,
Brazos que son sus fuertes y murallas!
¡A la guerra, valientes! Del tirano
La sangre corra, y a su empresa osada
De muros sirvan los robustos pechos
Y sea su sangre fuego a nuestra audacia!—
A la guerra! a la guerra! Sea el aplauso
Del vil conquistador que nos ataca,
El son tremendo que al batirlo suenen
Nuestras rudas y audaces cimitarras!
Nunca desmienta su grandeza Nubia!
A la guerra corred! a la batalla!
Y de escudo te sirva ¡oh patria mía!
El bélico valor de nuestras almas!—
(Hacen ademán de partir.)

Autor del poema: José Martí

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