39 Poemas nicaragüenses 

LAS FIERAS

(Jardin des plantes)

Estamos echados sobre el césped
y no tienen piedad de nuestra dicha.
Nos espiaron ensañados. En sus ojos
no había curiosidad ni complacencia.
Envidia, sólo envidia con ira.

Nadie quiso cubrirnos ni con una
mirada de pudor. Pero
¿qué saben ellos de esto?

Querían, lo supongo, avergonzar mi amor,
el tuyo, el poco amor del mundo.
Y no pudieron con nosotros.

Jadeantes, al fin de nuestra lucha,
ahí estaban, representando el odio
que con tanto trabajo habíamos
logrado arrancar de nuestro pecho.
(Estamos solos contra ellos
pero ellos están más solos
que nosotros. A ellos no los
une ni el odio, a nosotros
hasta su odio nos reúne.)

Quizá llegaron cuando yo era tu yo
y yo era tuyo. Nunca lo sabremos.
Jadeantes, saboreando, lamiendo
nuestra dicha nos encontraron. Echados
sobre el césped nos acorralaron
como fieras. Y, ahí, a sus ojos furiosos,
aterrorizados, hicimos de nuevo
nuestro fuego ya sin recato
pero imperturbable –y ellos viéndonos,
viéndonos, ignorantes y viéndonos.

Autor del poema: Ernesto Mejía Sánchez

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LA CORTINA DEL PAÍS NATAL

Mis amigos demócratas,
comunistas, socialcristianos,
elogian o denigran
La Cortina de Hierro,
La Cortina de Bambú,
La Cortina de Dólares,
La Cortina de Sangre,
La Cortina de Caña.
Son unos excelentes cortineros.
Pero nadie se refiere
a la Cortina de Mierda
de Mi Nicaragua Natal.

Autor del poema: Ernesto Mejía Sánchez

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LOS FUGITIVOS INMÓVILES

Los jueves por la tarde, en el penal, los presos
es de rigor que laven sus tremendos vestidos:
asfixiantes camisas, pantalones obesos,
en públicas colectas para ellos recogidos.

Tienden, pues, las camisas crucificadas...
Y al fingir que se fugan los pantalones
cuando los mueve el viento en la madrugada,
de envidia mueren sus dueños en las prisiones.

Autor del poema: Manolo Cuadra

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SOLO EN LA COMPAÑÍA

En las montañas más altas de Quilalí de Las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por
la aventura, yo, Manolo Cuadra,
raso número 4395,
iba solo.

Hablan los compañeros de las coplas canallas
surgidas en la hora como una flor de alivio:
cantinas, copas rotas, meretrices…

Yo voy como un tornillo fuera de mecanismo
diciendo a sottovocce mis estupendas misas:
la tragedia de esta raza aborigen,
su pasado lleno de plumas y caciques,
el futuro elevado de su destino insigne.

Hoy por hoy voy de caza contra el indio furtivo,
extranjero en sus propias selvas americanas;
el que sembró cereales de esperanza
y cosechó vientos de pasión ciudadana;
el que enterró la esteva
en el abono de su campiña rica
y vio truncarse el tallo de oro de la espiga
cuando dijo su augurio la boca de la Esfinge.

¿Y mañana?

Soplarán de los puntos cardinales
vahos vigorizantes de enviones proletarios.
Algo que no sospechan las democracias:
espíritu de Rusia, cultura americana.
Pues, en la misma gleba donde la bota hercúlea
tornó la arcilla estéril,
han de surgir violentos
los estandartes nuevos!

Otra vez:
cantinas, copas rotas, meretrices…
(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle)

En las montañas más altas de Quilalí de Las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente
unidos por la aventura,
yo, Manolo Cuadra,
indio hijo de indios,
de pies electrizados por un amor de gleba
y ojos en los que asoma el orto de un sol nuevo,
repito que iba
solo.

Autor del poema: Manolo Cuadra

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EL INDIO Y EL VIOLÍN

Cuando Mondoy toca el violín
las nubes de diciembre se desmenuzan en plumas
y al Este cruzan seres celestes en bandos de Calandrias
de Paujiles de Jilgueros de Zorzales.
Mondoy cierra los ojos y ladea la cabeza como los ciegos
porque la música es una ceguera dulce
una laguna de aguas azules.
Por su escala
bajan la siete muchachas, las madrugadoras
a recoger en su red el lucero matutino
—coletea entre los juncos en el agua orillera—
y Tonantzin lo toma de las agallas y lo ilumina el alba.

El aliento de Tonantzin es el país ilimitado
donde aletea el violín de Mondoy y gira
volátil con un plumaje de palabras secretas. He oído
cánticos en las cerámicas chorotegas
–ocarinas lunares de vientos lentos que levantan
olas en la laguna como escamas de peces—
pero no esta lluvia, no esta ternura cuando
Mondoy toca el violín y llueve
en Diorimo, en Diriá, en Dirita, en Nindirí.
(¿Acaso no has tenido en el pecho, empapándote
en música, el rostro de una mujer que llora?)

Volverá, tal vez, Agosto, el opresor
azuzando sus perros de fuego en la canícula.
Husmean los caminos del sueño. Saben
que la libertad es un vuelo. O un pensar.
O un cantar cuando Mondoy toca el violín.
Pero nada muere. En el aire
hemos sembrado nuestras estrellas y podemos
levantar el pensamiento y sostenerlo
sobre el puro azul. Mondoy
traza una cruz de música en la constelación
del Sur. Mondoy toca el violín
y nuestros pueblos indios peregrinan
al lugar de la promesa.
Una línea blanca marca el borde tiernísimo del horizonte.
Es la hora en que bajan las siete muchachas
—las soñadoras—con sus sábanas blancas
a recoger el lucero vespertino
y Tonantzin lo toma entre sus brazos
y escuchamos el llanto de un niño
cuando Mondoy toca el violín.

Autor del poema: Pablo Antonio Cuadra

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CEMENTERIO

La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras
las lechuzas que braman de noche.
Una jaula de arena, una urna de lodo
es la tierra aburrida de los hombres que roncan.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.
Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.

Autor del poema: Joaquín Pasos

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HIMNO DEL MARIDO

Oh largo paso hacia la madurez, hacia la ardiente paz
que prepara la madera de María
corazón de cedro fragante!

Es el material vestido de domingo
asomado a tus dedos, es el olor de sándalo de tus manos
de palo,
el perfume de tus cuatro costados,

la habitación nueva de tu cuerpo alfombrado,
tu viga recién labrada,
tu palabra de rama recién cortada.

Ésta es la serena puerta del tiempo que se abre
ante tu rosa madura, tu frondosa presencia que alumbra
los lugares donde permanecerán los hijos,

el serrín de tu cuerpo taladrado
la tabla de una caja que se ensancha
tu destino en el fuego de la sangre.
¡Oh largo paso hacia el hogar de cenizas sagradas!
Entra, entra a las brasas que esperan en ardiente familia
tu tronco dorado.

Autor del poema: Joaquín Pasos

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CANTO DE LA ESPOSA

Carpintero, labra, carpintero,
labra mi cuerpo entero.
Hazme silla para tu descanso, cama para tu sueño,
tu sueño entero, carpintero.
Hazme mesa para tu almuerzo,
come, carpintero hambriento.
Sueña, carpintero despierto,
pero labra, carpintero,
labra mi cuerpo entero.

Trabájame, artesano,
con el trabajo de tu mano.
Haz de mi cuerpo un lecho, de mi mano un vaso.
Hiéreme con tu amor de filo rápido,
córtame la flor,
corta el racimo de sueños enamorados,
corta también la hoja, corta el árbol.
Corta mi carne de laurel, córtala a tu nivel.
Clávame, martillero.
Púleme, garlopero.
Carpintero, labra, carpintero,
labra mi cuerpo obrero.

Autor del poema: Joaquín Pasos

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FEBRERO EN LA AZUCENA

Ya está seco el camino del río al valle y secos los senderos.
Ya el río enseña el espinazo de piedra de su raudal como
un potrillo flaco la fila de sus vértebras
Ya un friso oscuro marca en los paredones de la orilla el
nivel que alcanzó la crecida en el invierno
Ya brilla el sol en los bancos de arena
Verano

Ahora es cuando salen a calentarse en los bancos
de arena los lagartos. Donde sale una
hembra salen pequeños machos. Sale uno
grande que los ahuyenta con ruidosos
colazos. Como un hombre pesado que intenta hacer la planca, torpemente se
levanta sobre sus cortas patas y avanza
hacia la hembra inconmovible, oscilando
el extremo de la cola. Con la palanca
de su larga trompa quiere volcarla. Varias veces la empuja bajo el codillo.
Por fin la vuelca y la tiene indefensa.
Ahora es cuando bajan las manadas de chanchos de
monte de las montañas a los llanos para
comer coquitos. Se oyen de lejos los
chasquidos de sus dientes. Las crías van
aparejadas a las madres rozándoles las
costillas. Los machos buscan las hembras
cuando sombrean y se bañan en los charcos.
Ahora es cuando los tigres siguiendo a las manadas
de los chanchos amenazan a los ganados
que también han bajado a los llanos. Los
leones pumas cazan terneros. El tigre
osado y el león ya cebado de la carne del
cerdo, roban chanchos caseros junto a los
mismos ranchos del caserío. Se oyen
las hembras bramar de noche y el ronco bramido
bajo los machos. Y el grito, el grito,
el grito insondable del oso caballo.
Ahora es cuando aparece una pareja solitaria
de pelícanos que llegan todos los años
desde el mar. Y las parejas de martimpeñas
bailan con lento paso militar durante días.
Ahora es cuando suben al río los róbalos de
mar para el deshove.
Ahora es cuando encuentran viscosos nudos de
víboras.

Celo
Es el tiempo en que abunda la caza en donde quiera.
Cususcos o armadillos cruzan por los senderos
meterse en sus hoyos. Los perros se fastidian de perseguir guatusas. En criques y quebradas se ven guardatinajas o tepescuintes.
Se hallan venados en los tacotales. Venados
de ramazón. Venados cabros. Es posible agarrar cachorrillos de tigre y manigordas
o tigrillos de piel de terciopelo. Dantitos pintos y
venaditas temblorosas. Y también nutrias o perros de agua de piel más suave que la gamuza.

Es el tiempo de las pavas, las perdices, las gongolonas, las
becadas o chochas que llaman chúes los niños y
sobre todo de las palomas. Paloma tora. Paloma
posolera. Paloma azul. Paloma patacona. Y la paloma
penadora que da un quejido breve, profundo y espaciado que no se sabe de dónde viene cambia de sitio y causa angustia.

Es el tiempo que dan los marañones en el marañonal de Larios
Es el tiempo de los nidos y de los huevos de colores.
Fecundidad
Han florecido todos los árboles. Los corteses
están tupidos de flores amarillas y alzan sus copas en
el sol haciendo alarde de su amarillo apasionado.
Brillan, refulgen a lo lejos como las legendarias cúpulas de oro de las siete ciudades. Los robles están
cuajados de crespas flores nacaradas. Laurel y sota caballo perfuman todo el aire con la fragancia de sus
blancos ramilletes. El capirote de flores de un blanco
de espuma. El almendro de monte, moradas,
el hombre grande, rojas. Y la coaba, lilas.
Han florecido los matorrales, las orillas de los caminos, las
cercas, la humilde escoba de sus florecitas amarillentas.
Cuando ha soplado el viento el río se cubre de
flores y hasta las criques arrastran pétalos.
Vuelan abejas y mariposas.
Han florecido las yedras y las enredaderas de la montaña.
Amapolas. Veraneras.
Han florecido las orquídeas.
Polen
Ya desde ahora anuncia el tiempo de Semana Santa, con
un silbido de penitencia, un pajarito pardo casi invisible.
El pajarito del Espíritu Santo
Misterio.

Verano en La Azucena.

Autor del poema: José Coronel Urtecho

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