Poemas 

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Aquí, en la portada, puedes leer los 100 mejores poemas de siempre, según vuestros votos, separados en dos listas: 50 son de autores consagrados, y los otros 50 de usuarios. Tiene mucho mérito aparecer en esta selección, así que si te esfuerzas a lo mejor te puntúan tan bien que sales aquí. ¡No dejes de intentarlo!

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 TOP50 Usuarios TOP50 Yavendrás

MIRA EN TU PROPIO CORAZÓN

Mira en tu propio corazón
porque quien mira afuera
sueña,
pero quien mira adentro
se despierta.

Autor del poema: Jane Austen

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MI PEDRO

Dedicado a su hijo Pedro Henríquez Ureña


Mi Pedro no es soldado; no ambiciona
de César ni Alejandro los laureles;
si a sus sienes aguarda una corona,
la hallará del estudio en los vergeles.

¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos
algo de serio que a pesar inclina.
Nunca la guerra le inspiró sus juegos:
la fuerza del progreso lo domina.

Hijo del siglo, para el bien creado,
la fiebre de la vida lo sacude;
busca la luz, como el insecto alado,
y en sus fulgores a inundarse acude.

Amante de la Patria, y entusiasta,
el escudo conoce, en él se huelga,
y de una caña, que transforma en asta,
el cruzado pendón trémulo cuelga.

Así es mi Pedro, generoso y bueno,
todo lo grande le merece culto;
entre el ruido del mundo irá sereno,
que lleva de virtud germen oculto.

Cuando sacude su infantil cabeza
el pensamiento que le infunde brío,
estalla en bendiciones mi terneza
y digo al porvenir: ¡Te lo confío!

Autor del poema: Salomé Ureña

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LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

Autor del poema: César Vallejo

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14 DE JUNIO

Cerremos esta puerta.
Lentas, despacio, que nuestras ropas caigan
Como de sí mismos se desnudarían dioses.
Y nosotros lo somos, aunque humanos.
Es nada lo que nos ha sido dado.
No hablemos pues, sólo suspiremos
Porque el tiempo nos mira.
Alguien habrá creado antes de ti el sol,
Y la luna, y el cometa, el espacio negro,
Las estrellas infinitas.
Ahora juntos, ¿qué haremos? Sea el mundo
Como barco en el mar, o pan en la mesa,
O el rumoroso lecho.
No se alejó el tiempo, no se fue. Asiste y quiere.
Su mirada aguda ya era una pregunta
A la primera palabra que decimos:
Todo.

Autor del poema: José Saramago

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UN LOCO TOCADO DE LA MALDICIÓN DEL CIELO

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

Autor del poema: Leopoldo María Panero

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YO ADMIRABA TUS MANOS

Yo miraba tus manos
e inventaba historias
de aleteos
sobre mis pechos,
de roces suavísimos
entre mis muslos.
Al instante
pétalos y plumas acudían
en una lluvia inesperada
a mojarme los sentidos.
Aprendí así a estar
eternamente
sedienta de panales,
mientras
miraba yo tus manos.
Encabritado
mi deseo se enredaba
entre tus dedos
mientras un mar tibio
me bañaba
en un amanecer sin viento.

Autor del poema: Carmen Matute

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UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO (FRAGMENTO)

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.—Y la injurié.

Me armé contra la justicia.

Huí. ¡Oh hechiceras, oh miseria, oh cólera, a vosotras os he confiado mi tesoro.

Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría para estrangularla di el salto sordo de la bestia feroz.

Llamé a los verdugos para morder, mientras agonizaba, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas, para ahogarme con la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y le di buenos chascos a la locura.

Y la primavera me trajo la horrenda risa del idiota.

Ahora bien, hallándome hace muy poco a punto de lanzar el último ¡cuac! soñé recuperar la llave del antiguo festín, en donde tal vez recobraría el apetito.

Esta llave es la caridad.—¡Tal inspiración prueba que he soñado!

"Seguirás hiena, etc...", exclama el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales."

¡Ah! Estoy harto de eso: —Pero, querido Satán, ¡os conjuro, ¡una mirada menos iracunda! y a la espera de algunas pequeñas vilezas rezagadas, para ti que aprecias en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, desprendo estas pequeñas aborrecibles hojas de mi carnet de condenado.

Autor del poema: Arthur Rimbaud

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DE LA FORTUNA

¿Con qué rimas jamás o con qué versos
Cantaré yo el reino de Fortuna
y sus casos prósperos y adversos
y cómo, injuriosa e importuna
según por nosotros es aquí juzgada,
bajo su trono todo el mundo aúna?
Temer, Juan Bautista, tú no puedes
ni debes en modo alguno tener miedo
a otras heridas que a los golpes suyos,
porque esta voluble criatura
frecuentemente con más fuerza oponerse suele
allí donde ve que naturaleza más fuerza tiene.
Su potencia natural a todos toma,
su reino siempre es violento
si virtud superior no la doma.
Por eso te ruego que estés dispuesto
a considerar un poco estos míos versos
por si tienen algo digno de ti dentro.
Y ella, diosa cruel, vuelva entretanto
hacia mí sus ojos feroces y lea
lo que ahora de ella y de su reino canto.
Y aunque en lo alto a todos presida,
gobierne y reine impetuosamente,
a quien de su estado se atreve a cantar vea.
Ella por muchos es dicha omnipotente
porque todo el que a esta vida viene
tarde o temprano su fuerza siente.
Frecuentemente a los buenos bajo su pie tiene,
a los deshonestos ensalza y, si acaso te promete
cosa alguna, jamás te la mantiene.
En desbarajuste reinos y Estados mete,
según a ella parece, y a los justos priva
del bien que a los injustos pródiga cede.
Esta inconstante y móvil diosa
a los indignos frecuentemente sobre un trono pone
a donde quien digno es jamás asciende.
Ella el tiempo a su manera dispone:
ella nos ensalza, ella nos deshace
sin piedad, sin ley y sin razones;
tampoco favorecer a uno siempre le place
en todo momento ni por siempre jamás oprime
a quien en el fondo de su rueda yace.
De quién fue hija o de qué semen
nació, no se sabe; mas se sabe de cierto
que hasta Júpiter su potencia teme.
En un palacio por todas partes abierto
se halla su reino y a nadie priva
de entrar en él, pero es el salir incierto.
Todo el mundo de alrededor allí se acoge
deseoso de ver cosas nuevas,
lleno de ambición y lleno de apetencias.
Ella mora sobre la cima, donde
su vista a todos hombres llega,
pero al poco tiempo la revuelve y mueve.
Dos rostros tiene esta antigua maga,
uno fiero y el otro suave, y mientras gira
o no te ve o te ruega o te amenaza.
A quien quiere entrar benigna escucha,
mas con quien luego quiere salir se irrita
y muchas veces el camino de partida quita.
Dentro, tantas ruedas allí giran
cuanto diverso es el ascenso a aquellas cosas
donde todo el que vive pone su mira.
Suspiros, blasfemias y palabras injuriosas
se oye por todas partes usar a aquellas gentes
que en el interior de su reino Fortuna aloja;
y cuanto más ricos son y más potentes,
tanta más descortesía en ellos se percibe,
tanto menos de su bien son cognoscentes:
porque todo aquel mal que nos adviene
se imputa a ella y si algún bien el hombre encuentra
por virtud propia suya tenerlo cree.
Entre aquella muchedumbre variada y nueva
de compañeros de servidumbre que el lugar encierra
Audacia y Juventud dan mejor pruebla;
se ve el Temor allí, postrado en tierra,
tan de dudas lleno que no hace nada:
después Penitencia y Envidia le hacen guerra;
sólo allí la Oportunidad se regodea
y va bromeando en torno de las ruedas,
cual desgreñada y cándida muchacha.
Y las ruedas giran siempre, noche y día,
porque el Cielo quiere —y a él no se contrasta—
que Ocio y Necesidad girar les hagan;
la una compone el mundo y el otro lo gasta.
Se ve en todo tiempo y en cada hora
cuánto vale Paciencia y cúanto basta.
Usura y Fraude gozan en tropel,
poderosas y ricas, y entre estas consortes
está Liberalidad desgarrada y rota.
Se ve, sentados sobre las puertas
que jamás, como se ha dicho, están cerradas,
sin ojos y sin orejas, al Caso y a la Suerte.
Poder, Honor, Salud y Riqueza
son el premio; como pena y dolor
Servidumbre, Infamia, Enfermedad, Pobreza;
Fortuna ese su rabioso furor
muestra con esta última familia,
dando la otra a quien ella concede su amor.
Con mejor suerte se aconseja,
entre todos aquellos que aquel lugar encierra,
quien rueda a su valor conforme apresa,
porque los humores que actuar te hacen,
—según concuerden o no con ella—
son causa de tu daño y de tu bien;
no te puedes, sin embargo, fiar de ella
ni creer evitar su fiera mordedura,
sus duros golpes impetuosos y feos:
porque mientras te ves llevado por el dorso
de la rueda, a la sazón feliz y buena,
suele cambiar a veces en mitad de la carrera
y, no pudiendo cambiar tú de persona
ni dejar el orden de que el Cielo te dota,
en el medio del camino te abandona.
Por eso, si esto se comprende y piensa,
feliz sería siempre y contento
quien pudiera saltar de rueda en rueda;
mas como este poder nos es negado
por oculta virtud que nos gobierna,
con su curso se muta nuestro estado.
No hay en el mundo cosa alguna eterna;
Fortuna lo quiere así y se alardea
a fin de que su poder más se discierna.
Por eso es preciso tomarla por estrella
y, cuanto nos es posible, en cada hora
acomodarse a las variaciones de ella.
Todo ese reino suyo, dentro y fuera,
historiado se ve con las pinturas
de aquellos triunfos de que más se precia.
En primer lugar coloreado y teñido
se ve cómo antaño bajo Egipto
el mundo estuvo subyugado y vencido,
y cómo mucho tiempo estuvo unido
con larga paz y cómo allí estuvo
lo bello que naturaleza ha escrito.
Se ve después a los asirios ascender
al alto Imperio, cuando ella ya no quiso
aquel de Egipto durante más tiempo mantener;
luego cómo a los medos se volvió ufana,
de los medos a los persas; y la testa de los griegos
ornó con el honor que a los persas arrebata.
Se ve allí Menfis y Tebas vencidas,
Babilonia, Troya y Cartago; con ellas
Jerusalén, Atenas, Esparta y Roma:
allí se muestra cuánto fueron bellas,
altas, ricas, poderosas y cómo al final
Fortuna a sus enemigos las dio en presa;
se ve allí las obras altas y divinas
del Imperio romano y luego cómo todo
el mundo se hundió con sus propias ruinas.

Autor del poema: Nicolás de Maquiavelo

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LOS INDIOS VIEJOS

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.

Autor del poema: Joaquín Pasos

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DOLOR

Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar...

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

Autor del poema: Alfonsina Storni

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