36 Poemas clásicos
DEMETER
Demeter, la más ilustres de las Diosas, parió a Pluto, tras unirse de amor al héroe Jasio en un campo labrado tres veces, en la fértil Creta; al buen Pluto, que va por toda la tierra y por el ancho lomo del mar. Y a todo hombre con quien se encuentra o que se acerca a el le hace rico y le otorga una gran felicidad.
A SESTIO
Desátanse los hielos del invierno riguroso con la grata vuelta del Favonio y la primavera, las máquinas botan al agua las naves que permanecían en seco, y ni el rebaño se goza en los establos, ni el labrador junto al fuego, ni los prados blanquean con las heladas escarchas.
Ya Venus Citerea guía los coros al asomar la luna; las modestas Gracias, unidas con las Ninfas, danzan joviales en las praderas, y el ardiente Vulcano abrasa los antros donde trabajan los Cíclopes.
Ahora es el momento de coronar con verde arrayán los perfumados cabellos, o con las flores que brota la tierra libre de sus prisiones; ahora conviene inmolar a Fauno en las selvas umbrosas una cordera, o, si le agrada más, un cabrito. La pálida muerte pisa con igual pie las chozas de los pobres que los palacios de los ricos. ¡Oh venturoso Sestio!, la brevedad de la vida nos prohibe alimentar largas esperanzas. Pronto te oprimirán las eternas sombras, los Manes de que tanto se habla y el funesto reino de Plutón, adonde así que llegues no te proclamará rey del festín la suerte de los dados, ni admirarán tus ojos al tierno Lícidas, que hoy abrasa a los jóvenes y luego abrasará de amor a todas las doncellas.
EL DILUVIO
Y ya iba sobre todas las tierras a esparcir sus rayos;
pero temió que acaso el sagrado éter por causa de tantos fuegos
no concibiera llamas, y que el largo ardiera eje.
Que está también en los hados, recuerda, que llegaría un tiempo
en el que el mar, en el que la tierra y los arrebatados reales del cielo
ardan y del mundo la mole, afanosa, sufra.
Esas armas devuelve, por manos fabricadas de los Ciclopes.
Un castigo place inverso: el género mortal bajo las ondas
perder, y tormentas lanzar desde todo el cielo.
En seguida al Aquilón encierra en los eolios antros,
y a cuantos soplos ahuyentan a las congregadas nubes,
y suelta al Noto: con sus mojadas alas el Noto vuela,
su terrible semblante cubierto de una bruma como la pez;
la barba pesada de borrascas, fluyen ondas de sus canos cabellos,
en su frente se asientan nieblas, roran sus alas y senos.
Y cuando con su mano, a lo ancho suspendidas, las nubes apretó,
se hace un fragor: entonces densas se derraman desde el éter las borrascas.
La mensajera de Juno, de variados vestida colores,
concibe, Iris, aguas, y alimentos a las nubes allega.
Póstranse los sembrados, y llorados por los colonos
sus votos yacen, y perece el trabajo frustrado de un largo año.
Y no con el cielo suyo se contentó de Júpiter la ira, sino que a él
su azul hermano le ayuda con auxiliares ondas.
Convoca este a los caudales: los cuales, después de que en los techos
de su tirano entraron, 'Una arenga larga ahora de usar,
dice 'no he. Las fuerzas derramad vuestras:
así menester es. Abrid vuestras casas y, la mole apartada,
a las corrientes vuestras todas soltad las riendas.'
Había ordenado; ellos regresan, y de sus fontanas las bocas relajan,
y en desenfrenado ruedan a las superficies curso.
Él mismo con el tridente suyo la tierra golpeó, mas ella
tembló, y con su movimiento vías franqueó de aguas.
Desorbitadas se lanzan por los abiertos campos las corrientes
y, junto con los sembrados, arbustos a la vez y ganados y hombres
y techos, y con sus sacramentos arrebatan sus penetrales.
Si alguna casa quedó y pudo resistir indemne
a tan gran mal, el culmen, sin embargo, más alto de ella,
la onda cubre, y hundidas se esconden bajo el abismo sus torres.
Y ya el mar y la tierra ninguna distinción tenían:
todo ponto era, faltaban incluso playas al ponto.
Ocupa este un collado, en una barca se sienta otro combada
y lleva los remos allí donde hace poco araba;
aquel sobre los sembrados o las cúpulas de una sumergida villa
navega, este en lo alto un pez prende de un olmo;
se fija en un verde prado, si la fortuna lo lleva, el ancla,
o, a ellas sometidos, curvadas quillas trillan viñedos,
y por donde ora gráciles cabritas grama arrancaban,
ahora allí ponen sus cuerpos las deformes focas.
Admiran bajo el agua florestas y ciudades y casas
las Nereides, y las espesuras poseen los delfines, y por sus altas
ramas corren, y los zarandeados troncos baten.
Nada el lobo entre las ovejas, dorados lleva la onda leones,
la onda lleva tigres, y ni sus fuerzas de rayo al jabalí,
ni sus patas veloces sirven al arrebatado ciervo,
y buscadas largo tiempo tierras donde posarse pudiera,
al mar, fatigadas sus alas, el pájaro errante cayó.
Había sepultado túmulos la inmensa licencia del ponto,
y pulsaban las montanas cumbres unos nuevos oleajes.
La mayor parte por la onda fue arrebatada; a los que la onda ahorró,
los largos ayunos doman por el indigente alimento.
ÉGLOGA II. ALEXIS
El pastor Coridón ardía por el hermoso Alexis,
las delicias del dueño, y no tenía qué esperar.
Solamente a las densas hayas, sombrías copas,
asiduamente venía. Allí estos desconciertos, solo,
a montes y espesuras lanzaba, con ardor vano:
“Oh, cruel Alexis, ¿nada de mis canciones te preocupas?
¿Nada de nos te apiadas? ¿A morir por fin me obligas?
Ahora incluso los rebaños sombras y fríos buscan,
ahora los espinos ocultan incluso a los verdes lagartos,
Testílide también, para los segadores, del arrebatador calor agotados,
ajos y serpol, hierbas olientes, maja.
Mas conmigo, para las roncas cigarras, mientras tus huellas
lustro, bajo el sol ardiente, resuenan los arbustos.
¿No fue más que bastante las tristes iras de Amarílide
y sus soberbios hastíos soportar? ¿No a Menalcas,
aunque él negro, aunque tú blanco seas?
Oh, hermoso muchacho, demasiado no fíes al color;
las blancas alheñas caen, los arándanos negros se cogen.
Me has despreciado, y quién soy, Alexis, no inquieres,
cuán rico de ganado, de nívea leche cuán abundante.
Mil corderas mías erran en los sicilianos montes;
leche nueva en el verano ni en el frío me falta.
Canto lo que solía, si alguna vez a sus ganados llamaba,
Anfión el dirceo en el acteo Aracinto.
Y no soy tan feo; hace poco en el litoral me he visto,
cuando plácido de vientos estaba el mar. A Dafnis yo,
contigo de juez, no temería, si nunca engaña una imagen.
Oh, sólo plázcate a ti conmigo los sucios campos
y las humildes cabañas habitar y tirar a los ciervos,
y de los cabritos la grey apremiar al verde hibisco.
Conmigo a una en las espesuras imitarás a Pan cantando.
Pan el primero conjugar calamos varios con cera
instituyó, Pan cuida de las ovejas, y de los maestros de las ovejas;
y no te apene con el cálamo trizarte el labio.
esto mismo por saber, ¿qué no hacía Amintas?
Tengo, de siete dispares cicutas compactada,
una fístula; Dametas como don me la dio en tiempos,
y me dijo, muriendo. “A ti ahora te tiene ésta el segundo”;
dijo Dametas; se enojó el necio Amintas.
Además dos cabritillos -y no en un seguro valle
hallados-, asperjadas todavía sus pieles de blanco:
dos ubres de oveja secan al día, y te los guardo.
Ya hace tiempo que Testílide para llevárselos me ruega,
y lo hará, ya que te inquinan los presentes nuestros.
Aquí ven, oh hermoso muchacho, para ti lirios traen,
helos, las Ninfas en llenos canastos; para ti la blanca Náyade,
pálidas violetas y lo alto de las amapolas cogiendo,
narciso y la flor unce del bien oliente eneldo;
después con casia, y entretejiéndolos con otras suaves hierbas,
blandos arándanos pinta con la arcillosa calta.
Yo mismo canos frutos cogeré de tierno vello,
y castañeras nueces, las que mi Amarílide amaba;
añadiré céreas ciruelas -honor tendrá también esta fruta-
y a vosotros, oh laureles, os carpiré y a ti, mirto, junto a ellos,
ya que así puestos mezcláis vuestros suaves olores.
Eres un rústico, Coridón; ni de presentes se preocupa Alexis
ni si en presentes compites cederá Yolas.
Ay, ay, ¿qué he pretendido, pobre de mí? Con las flores el austro,
perdido, he mezclado, y jabalíes con los límpidos manantiales.
¿De quién huyes, ah, loco? Habitaron los dioses también las espesuras
y el dardanio Paris. Que Palas los recintos que fundó
ella misma honre: a nosotros nos plazcan ante todo las espesuras.
La torva leona al lobo sigue, el lobo mismo a la cabrita,
el floreciente cítiso sigue la retozona cabrita,
a ti Coridón, oh Alexis; arrastra su placer a cada uno.
Mira, los arados al yugo suspendidos de vuelta traen los novillos
y el sol al retirarse duplica, crecientes, las sombras.
Pero a mí me quema el amor, pues ¿qué medida asista al amor?
Ah, Coridón, Coridón, qué locura te ha atrapado,
y tu vid semipodada en el frondoso olmo.
¿Por qué algo al menos, mejor, de lo que menester es,
con verdasca no te dispones a tejer, y con blando junco?
Encontrarás, si éste te hastía, otro Alexis.”
POEMA DE GILGAMESH
Columna VI del texto babilónico
«Las lágrimas corren por la cara de Gilgamesh
(al tiempo que dice):
-"(Voy a recorrer) un camino
por el que nunca he andado.
(Voy a emprender un viaje)
desconocido para mí.
[...] Debiera estar contento,
con el corazón gozoso [...].
(Si triunfo te haré sentar en) un trono."
Ellos le trajeron su armadura,
[...] poderosas espadas,
el arco y el carcaj,
y se lo pusieron en sus manos.
Él cogió las azuelas,
[...] su temblor,
(el arco) de Anshan;
puso la espada en su cinturón.
Podían comenzar el viaje.
La plebe se apiñaba cerca de Gilgamesh:
(-"¿Cuánto tiempo estarás ausente de Uruk?)
¡Que puedas regresar pronto a la ciudad!"
Los ancianos le rindieron homenaje
y le dan consejos sobre el viaje:
-"No confíes, Gilgamesh, únicamente en tu fuerza;
marcha con ojo alerta ¡Ten cuidado!
Que Enkidu vaya delante de ti,
pues conoce la ruta, ha recorrido el camino
hasta el desfiladero del bosque de Huwawa.
El que va delante puede proteger a su compañero.
Prepara su viaje y sálvate así con su ayuda.
¡Que Shamash te dé la victoria,
que tus ojos puedan ver
lo que tu boca ha anunciado!
Que ante ti el sendero sea llano,
que el camino se abra para que puedas pasar
y que la montaña se abra, también, a tu paso.
¡Que el dios Lugalbanda
durante la noche diga la palabra que te alegre!
¡Que no se aleje de ti, para que tu deseo se cumpla!
¡Que él restablezca tu fama como la de un joven héroe!
Después que haya muerto Huwawa, acción en la que te vas a esforzar,
¡lávate tus pies!
En tus horas de reposo nocturno, cava un pozo
para que puedas tener agua pura en tu odre.
Ofrece en honor de Shamash libaciones de agua fresca.
¡Que el dios Lugalbanda pueda guardarte tus intenciones!"
Enkidu abrió la boca y dijo a Gilgamesh:
-"Ya que has resuelto batirte, ponte en camino.
Que tu corazón no se asuste; ten confianza en mí.
Confía y sígueme, pues conozco la morada
y también los lugares que frecuenta Huwawa".
[...]
Cuando los ancianos oyeron estas palabras
dejaron partir afuera al héroe, a su camino:
-"Ve, Gilgamesh, ojalá [...]
¡Ojalá los dioses caminen a tu lado!"».
ÉGLOGA IV. SICELIDES
Musas las de Sicilia,
cantemos algo más grande:
no les placen a todos
jaral o zarza rastrera:
si es de monte el cantar,
sea monte digno de un cónsul.
La Última Edad, que anunció la Sibila,
héla llegada:
ya de raíz nace nueva
una grande rueda de siglos.
Vuelve la Virgen ya,
a reinar ya vuelve Saturno;
ya nueva raza
nos es del alto cielo mandada.
Tú a ese niño que nace,
en quien la era de hierro
terminará y brotará por el mundo
el pueblo de oro,
casta Lucina, ampáralo tú:
ya reina tu Apolo.
Tu año, será: en tu año, Polión,
tal gloria del tiempo
se entrará, y vendrán
los grandes meses andando;
bajo tu ley,
toda huella de nuestro pecado que quede
se borrará,
librando del miedo eterno la tierra.
Él tendrá de los dioses la vida,
y verá entre los dioses
los semidioses mezclados,
y a él han ellos de verlo;
ya apaciguado el confín regirá
en la ley de su padre.
Ah, para tí, sin arar,
regalillos primeros, oh niño,
hiedras de nardo cargadas
doquiera errantes la tierra,
loto enredado con cardo real
esparce a tu risa.
Solas a casa tornando,
hinchada de leche la ubre
traen las cabras,
ni tiembla del gran león la vacada;
sola por sí
para ti blanda flor la cuna derrama.
Aun morirá la culebra,
y la yerba que miente ponzoña
aun morirá:
nacerá a cada paso mirra de Asiria.
Mas, de que ya de los héroes tú
y de tu padre las gestas
puedas leer
y saber cuál es valor verdadero,
se enrubiarán poco a poco
de mansa espiga los yermos;
ya de bravío espinar
colgará sonrojado racimo,
ya sudarán las duras encinas
rocío de mieles.
Pocas habrá, pero huellas habrá
del yerro primero,
que aún tentar con remo la mar,
que ceñir de muralla
plazas aún,
que aún manden hender la tierra de surcos.
Otro Jasón será allí,
otra Argó que porte elegidos
cien semidioses;
aún habrá otras guerras segundas,
y otra vez llevarán
al gran Aquiles a Troya.
Luego, que ya robusta la edad
un hombre te haga,
se apartará el timonel de la mar,
y el pino bogante
no trocará mercancía:
dará todo ya toda tierra.
Ni sufrirá rastrillos el campo
ni hoces la viña;
ya el membrudo arador
al buey desunce del yugo
Ni aprenderá a mentir
color variada la lana,
no, sino que el carnero en los prados
ya sus vedijas
él mudará de grana encendida
y él de azafranes:
yerbarrubia al cordero al pacer
teñirá de su grado.
«Tales siglos hilad»
a su huso «hilad» le cantaron
a una las Tres Hermanas,
con hado y sinos acordes.
Entra, oh (ya el tiempo llegó),
a los altos oficios,
cría de dioses querida,
corona del dios del cielo.
Mira el mundo que te hace señal
con su peso redondo,
y esas tierras y trechos de mar
y el cielo profundo.
mira desde el siglo que está al venir
cómo todo se alegra.
Oh, para mí, que postrera porción
de vida me reste
larga bastante
y aliento que baste a decir tus hazañas:
no ha de vencerme a cantar
ni el mismo Orfeo de Tracia,
Lino tampoco,
aunque a uno a la madre, el padre le asista
a otro, a Orfeo Calíope,
a Lino Apolo fermoso.
Pan el dios si, la Arcadia por juez,
conmigo compite,
Pan el dios que, la Arcadia por juez,
se dé por vencido.
Niño pequeño, empieza a reir
conociendo a tu madre,
madre a la cual
diez meses trajeron largos hastíos;
niño pequeño, empieza:
al que no se le ríen los padres
ni lo convida a su mesa el dios
ni la diosa a su lecho.
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