23 Poemas franceses 

EL VAPOR

Ahora el vapor está a la orden del día.
¡Todo marcha por su ayuda! ¿Es esto bueno para el mundo?
Para seleccionar bien sobre la tierra donde cualquier cosa abunda,
Haría falta por tanto apurarse, cuando se le de la vuelta

Se vuela a partir de ahora sobre la tierra y sobre las aguas;
Se hace sin pensar en la ida y la vuelta;
Se imita al Sol que, mientras que da su vuelta,
Mide en una noche la celeste bóveda.

Esto solo puede ser bueno en estos tiempos de guerra,
Donde son exterminados esos hombres que recientemente
Marcharon contra la muerte sin reproche y sin miedo.

Si engañando al enemigo por su sutil artimaña,
se rehacen algunos guerreros tanto como se usen,
¡El amor todas las noches marcharía como el vapor!

Autor del poema: Julio Verne

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PAISAJE

Deseo, para escribir castamente mis églogas,
Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos,
Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas,
Sus cánticos solemnes que propalan los vientos.
El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla,
Observaré el taller que parlotea y canta;
Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles,
Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno.

Es dulce ver surgir a través de las brumas
La estrella en el azul, la luz en la ventana,
Alzarse al firmamento los ríos del carbón
Y derramar la luna sus desvaído hechizo.
Veré las primaveras, los estíos, los otoños,
Y al llegar el invierno de monótonas nieves,
Cerraré a cal y canto postigos y mamparas,
Para alzar en la noche mis feéricos palacios.
Y entonces soñaré con zarcos horizontes,
Jardines, surtidores quejándose en el mármol,
Con besos y con pájaros que cantan noche y día,
Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil.
El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios,
No hará que del pupitre se levante mi frente,
Pues estaré gozando la voluptuosidad,
De que la Primavera a mi capricho irrumpa,
De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear
Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes.

Autor del poema: Charles Baudelaire

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BRISA MARINA

¡La carne es triste, ay! y ya agoté los libros.
¡Huir, huir allá! Siento a las aves ebrias
De estar entre la ignota espuma y los cielos.
Nada, ni los viejos jardines que los ojos reflejan
Retendrá el corazón que hoy en el mar se anega,
Oh noches, ni la desierta claridad de mi lámpara
Sobre el papel vacío que su blancura veda
Y ni la joven madre que a su niño amamanta.
Partiré ¡Steamer que balanceas tu arboladura,
Leva ya el ancla para la exótica aventura!

Un Tedio, desolado por crueles esperanzas
Cree aún en el supremo adiós de los pañuelos,
Aunque, tal vez, los mástiles que invitan huracanes
Son aquellos que el viento doblega en los naufragios

Perdidos, sin mástiles, sin mástiles ni fértiles islotes...
¡Mas, oh corazón mío, escucha la canción de los marinos!

Autor del poema: Stéphane Mallarmé

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CINCO POEMAS A LOU

Llegó el invierno y ya he vuelto a ver los brotes
En las higueras los cercados Amor nosotros vamos
Hacia la paz esta primavera de guerra en al que estamos
Estamos bien Aquí escucha el grito de los hombres
Un marino japonés se rasca el ojo izquierdo con el
pulgar del pie derecho

Por el camino del exilio vienen los hijos de reyes
Mi corazón gira alrededor de ti como un kolo donde
bailan jóvenes soldados serbios junto a una virgen
dormida

El infante rubio da caza a sus ladillas bajo la lluvia
Un belga que se ha internado en los Países Bajos lee un
periódico en el que hablan de mí
En el dique una reina observa espantada el campo de
batalla

El enfermero cierra los ojos ante la horrible herida
El campanero ve caer el campanario como una pera
madura
El capitán ingles cuyo barco naufraga fuma su ultima
pipa de opio

Los hombres gritan Grito cara a la primavera de paz
que va a venir
Escucha el grito de los hombres
Pero yo grito cara a ti mi Lou eres mi paz mi primavera
Tu eres mi querida Lou la dicha que yo aguardo
Por ella nuestra dicha me preparo para la muerte
Por ella nuestra dicha sigo confiando en la vida
Por ella nuestra dicha luchan los ejércitos
Apuntamos utilizando un espejo sobre la infantería
diezmada
Los obuses pasan como estrellas fugaces
Los prisioneros van en tropas dolientes
Y mi corazón tan solo late por ti querida
Mi amor mi Lou mi arte y mi artillería.

Autor del poema: Guillaume Apollinaire

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CANTO DEL BAUTISTA

El sol que su detención
Sobrenatural exalta
Vuelve a caer prontamente
Incandescente

Siento como si en las vértebras
Tinieblas se desplegasen
Todas estremecimiento
En un momento

Y mi cabeza surgida
Solitaria vigilante
Al triunfal vuelo veloz
De esta hoz

Como ruptura sincera
Bien pronto rechaza o zanja
Con el cuerpo inarmonías
De otros días

Pues embriagada de ayunos
Ella se obstina en seguir
En brusco salto lanzada
Su pura mirada

Allá arriba donde eterna
La frialdad no soporta
Que la aventajéis ligeros
Oh ventisqueros

Pero según un bautismo
Alumbrado por el mismo
Principio que me comprende
Una salvación pende.

Autor del poema: Stéphane Mallarmé

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NOCTURNO PARISIENSE

Sigue, sigue tu curso, triste Sena; tus puentes
ven pasar muchos muertos, horribles, pestilentes,
siempre cara a la luna, bajo la niebla gris,
a cuyas tristes almas asesinó París.
Pero no arrastras tantos muertos como a mi mente
inspira pensamientos tu lúgubre corriente.

Hay ruinas en la orilla del Tíber encantado,
que hacen que el viajero viva todo el pasado,
cubiertas por los líquenes y por la obscura yedra
que empenachan su sueño milenario de piedra.
Ríe el Guadalquivir junto a los azahares,
entre un son de boleros y de alegres cantares.
Oro tiene el Pactólo. La odalisca lasciva
danza a orillas del Bósforo como una llama viva.

El Rhin es un burgrave, y un poeta el Lignon,
y el Adour un rufián. La dormida canción
del Nilo, con su largo gemido misterioso,
arrulla de las momias el sueño fabuloso.
El gran Meschacabé, de los juncos sagrados,
augustamente besa los islotes dorados;
o en Niágaras espléndidos su armonía desata
de espumas y fulgores en triunfal catarata.
Y el Eúrotas, en donde los cisnes familiares
nievan de blanca gracia los lauros tutelares,
y bajo el claro cielo que un vuelo de gypaeta
raya, rítmico y dulce canta como un poeta.
Y, en fin, el sacro Ganges, de los altos palmares,
lento y majestuoso, junto a los templos lares,
donde una muchedumbre aúlla lastimera
a compás de los secos címbalos de madera
a cuyo son el tigre amarillo y rayado,
del salto del antílope presintiendo ¡a hora,
en las vírgenes selvas se oculta agazapado
y parece, en la noche llena de paz, que llora...

Sena, tú nada tienes. Dos barrios deleznables
sembrados por doquiera de chozas miserables,
puestos de libros viejos, y algún golfo que baña
su roña, y los hieráticos pescadores de caña.
Mas, cuando el día muere y se aleja el enjambre
medio muerto de sueño, de tristeza y de hambre,
y el cielo se tachona de rojos resplandores,
de sus tugurios hórridos bajan los soñadores,
y sobre el viejo Puente de la Cité, ante Nuestra
Señora, con la frente apoyada en la diestra,
oyendo de las aguas el sonoro lamento
sueñan con las melenas y el corazón al viento.
Las nubes empujadas por el viento nocturno
cruzan, rojas y cárdenas, el azul taciturno,
y en los reyes del pórtico, el sol deja un reflejo
que es en la piedra añosa como un beso bermejo.
Anunciando la densa noche que se avecina
voltijea el murciélago y huye la golondrina.
Todo ruido se apaga. Acaso un vago son
anuncia la ciudad que canta su canción
que al déspota acaricia mientras los tristes gimen;
es el alba del robo, del amor y del crimen.

De repente, lo mismo que un tenor azorado
que exhala un estridente gallo desaforado,
su grito que se queja, se prolonga y avanza
en no sabemos dónde, un organillo lanza.
Gime, acaso, algún aria ramplona y anacrónica
que de niños solíamos tocar en nuestra armónica
y que, triste o alegre, con su acento cansado
emociona al artista, conmueve al desterrado.
Es falso, es espantoso, es ratonero, es duro;
le pondría a Rossini enfermo de seguro,
es su risa ramplona y su queja risible
y siempre en una clave de sol inadmisible,
trocando en la los do, mas ¿qué puede importar,
si, al oírle, sentimos deseos de llorar?
Vuela el alma a un quimérico país de ensoñación
y siente a sus acordes un llanto de emoción
que el corazón sahúma de diáfana piedad.
Y en un punto vivimos la azul diafanidad
y así, en una armonía misteriosa y fantástica
que siendo musical tiene mucho de plástica,
mezcla mi alma el sonido con la tarde muriente;
la pena de la música y el dolor del poniente.

Después, el organillo se va alejando. Crece
la sombra en el silencio y Venus aparece
en una nube blanca, sobre el confín obscuro;
se encienden los faroles ahilados junto al muro.
Y el astro y las luciérnagas temblorosas del gas
cabrillean fantásticas sobre el horror del río
de linfa espesa y pútrida, más denso y más sombrío
que el negro terciopelo del más negro antifaz.
Y sobre el barandal, el contemplador, pobre
y roído por la vida cual moneda de cobre,
presa de un viento infausto, se inclina hacia el abismo
y olvidando sus sueños, ausente de sí mismo,
se encuentra entre las garras de la angustia más honda:
¡a solas con París, con la Noche y la Onda!

¡Siniestra trinidad! ¡Del Horror negros puertos!
El Mane-Thecel-Phares de los ensueños muertos.
Sois las tres, oh siniestras, los monstruos del horror
tan terribles, que el hombre borracho de dolor,
Orestes sin Electra, por vuestro maleficio
¡no puede más! y rueda derecho al precipicio.
Las tres asesináis al pobre harapo humano
ansiosas de ofrecer carnaza al gran Gusano
y se duda, temblando, entre los tres horrores
si acaso es más tremendo morir por los terrores
de las tinieblas densas o en el río profundo
o en tus brazos, Sirena París, reina del mundo.

Y tú, Sena impasible, deslizas tu corriente,
que cruza por París igual que una serpiente
monstruosa, caminando hacia lejanos puertos
con tu carga de hulla, de madera y de muertos.

Autor del poema: Paul Verlaine

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SEGUNDA CARTA CONYUGAL

Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma agitada y oscura no alimentara continuamente mi desesperación. Los últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de temor e incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu amor, pero es tu alma enferma y malformada como la mía la que exaspera esas inquietudes y te corrompe la sangre.
No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo.

Agregaré que además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en todo momento en mi casa.
Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades
de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy
de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente.

Pienso que sabrás reconocer la enorme franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente prueba de tu inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en nada la profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te tengo y seguiré teniendo inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no guarda ninguna relación con el devenir corriente de la vida. La vida es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te pide que lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras relaciones, que cada uno se construya una vida diferente, pero que no nos desunirá más.

Autor del poema: Antonin Artaud

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POETA NEGRO

Poeta negro, un seno de doncella
te obsesiona
poeta amargo, la vida bulle
y la ciudad arde,
y el cielo se resuelve en lluvia,
y tu pluma araña el corazón de la vida.

Selva, selva, hormiguean ojos
en los pináculos multiplicados;
cabellera de tormenta, los poetas
montan sobre caballos, perros.

Los ojos se enfurecen, las lenguas giran
el cielo afluye a las narices
como azul leche nutricia;
estoy pendiente de vuestras bocas
mujeres, duros corazones de vinagre.

Autor del poema: Antonin Artaud

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SANTA

¡En la ventana está ocultando
desdorados sándalos viejos
de su viola resplandeciente
-flauta o laúd en otro tiempo-,

la pálida Santa que extiende
el libro viejo que prodiga
el Magnificat deslumbrante
según las completas y vísperas.

Roza el vitral de ese ostensorio
el arpa alada de algún Ángel
creada en el vuelo vespertino
para el primor de su falange.

Y deja el sándalo y el libro,
y acariciante pasa el dedo
sobre el plumaje instrumental
la tañedora del silencio

Autor del poema: Stéphane Mallarmé

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Y ALLÁ

Alguien habla y yo estoy de pie
Voy a ir allá a la otra punta

Los árboles lloran
Porque a lo lejos otras cosas mueren

Ahora la cabeza se ha apoderado de todo

Pero todavía no te he comprendido
Sigo tus pasos sin saber quién soy
Hay que pasar por una puerta en la que nadie espera
Para un imposible reposo
Todo se aparta y nos vuelve la espalda

Un poco de vacío queda en torno
Y para revivir días pasados
Un alma desapegada se entretiene
Y arrastra todavía un cuerpo que se gasta
El último tiempo de un compás
Más tenaz y más desgarrador
Un dolor musical murmura

Autor del poema: Pierre Reverdy

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