91 Poemas mexicanos
QUE AHORITA VUELVE
Te hace una seña con la cabeza
desde esa niebla de luz. Sonríe.
Que sí, que ahorita vuelve.
Miras sus gestos, su lejanía,
pero no la escuchas. Polvo
de niebla es la arena.
Polvo ficticio el mar.
Desde más lejos, frente a ese brillo
que lo corta te mira,
te hace señas. Que sí, que ahorita vuelve.
Que ahorita vuelve.
OLVIDAR
Aquí están los nervios
que envuelven, como un papel fragante,
las melodías obtusas
del rencor.
Y aquí la risa
como un pájaro ebrio
Escuchar. Olvidar. Dos neblinas.
La espuma del sufrimiento
cala en el encaje náufrago
de mi silbido matinal.
Aquí están los sonidos
olvidadizos, las crepitaciones
que amarillean.
Una vez más,
todo será escuchar
u olvidar.
Olvidaré estos doblados
enigmas, estos relojes
rectilíneos de esperas, este cuerpo
ajeno
en la llama de sándalo.
NOCTURNO MUERTO
Primero un aire tibio y lento que me ciña
como la venda al brazo enfermo de un enfermo
y que me invada luego como el silencio frío
al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.
Después un ruido sordo, azul y numeroso,
preso en el caracol de mi oreja dormida
y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo
cada vez más delgada y más enardecida.
¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
en que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
el corazón inmóvil como la llama fría?
La tierra hecha impalpable silencioso silencio,
la soledad opaca y la sombra ceniza
caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.
PONEOS DE PIE
¡Amigos míos, poneos de pie!
Desamparados están los príncipes,
Yo soy Nezahualcóyotl,
Soy el cantor,
Soy papagayo de gran cabeza.
Toma ya tus flores y tu abanico
¡Con ellos ponte a bailar!
Tú eres mi hijo,
Tú eres Yoyontzin.
Toma ya tu cacao,
La flor del cacao,
¡que sea ya bebida!
¡Hágase el baile,
No es aquí nuestra casa,
No viviremos aquí
Tú de igual modo tendrás que marcharte.
ENTREGA ACONDICIONADA
Sé que algo en mí la agrede.
No quiero refugiarme en las listas
de los archivos medicofísicos.
Esta no es la autocompasión.
No, lo veo en sus ojos cuando salgo del baño
Pero me agrada que ella no tema
abofetearme, trompearme, morderme.
Gracias a el ella vale la pena.
Y yo condiciono mi entrada.
EL VIAJE DE LA TRIBU
Otoño sitia el valle, iniquidad
desborda, y la sacrílega colina al resplandor
responde en forma de venganza. El polvo mide
y la desdicha siente quien galopa
adonde todos con furor golpean:
prisionero asistir al quebrantado círculo
del hijo que sorprende al padre contemplando
tras la ventana obstruida por la arena.
Sangre del hombre víctima del hombre
asedia puertas, clama: "Aquí no existe nadie",
mas la mansión habita el bárbaro que busca
la dignidad, el yugo de la patria
interrumpida, atroz a la memoria,
como el marido mira de frente a la mujer
y en el cercano umbral la huella ajena apura
el temblor que precede al infortunio.
Hierro y codicia, la impotente lepra
de odios que alentaron rapiñas e ilusiones
la simiente humedece. Al desafío ocurren
hermano contra hermano y sin piedad
tornan en pausa el reino del estigma:
impulsa la soberbia el salto hacia el vacío
que al declinar del viento el águila abandona
figurando una estatua que cayó.
Volcada en el escarnio del tropel
la tarde se defiende, redobla la espesura
ante las piedras que han perdido los cimientos.
Su ofensa es compasión cuando pasamos
de la alcoba dorada a la sombría
con la seguridad de la pavesa: apenas
un instante, relámpago sereno cual soldado
ebrio que espera la degradación.
De niños sonreímos a la furia
confiando en el rencor y a veces en la envidia
ante el rufián que de improviso se despide
y sin hablar desciende de la bestia
en busca del descanso. El juego es suyo,
máscara que se aparta de la escena, catástrofe
que ama su delirio y con delicia pierde
el último vestigio de su ira.
Vino la duda y la pasión del vino,
cuerpos como puñales, aquello que transforma
la juventud en tiranía: los placeres
y la tripulación de los pecados.
Un estallar alzaba en la deshonre
el opaco tumulto y eran las cercanías
ignorados tambores y gritos y sollozos
a los que entonces nadie llamó "hermanos".
Al fin creí que el día serenaba
su propia maldición. Las nubes, el desprecio,
el sitio hecho centella por la amorosa frase,
vajilla, aceite, aromas, todo era
un diestro apaciguar al enemigo,
y descubrí después sobre el naufragio tribus
que iban, eslabones de espuma dando tumbos
ciegos sobre un costado del navío.
EL RETORNO
Vieja alameda triste en que el árbol medita,
En que la nube azul contagia su quebranto
Y en que el rosal se inclina al viento que dormita:
Te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto.
He vuelto. Soy el mismo. La misma sed que me aqueja
Y embelesa mi oído idéntica canción,
Y soy aquel que ama el minuto que deja
Un poco más de llanto dentro del corazón.
He vuelto a tu silencio otoñal, he buscado
Vanamente mis huellas entre todas las huellas,
Y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas
Que estremecía el viento y que el Sol ha dorado.
Y mientras quiero acaso recomenzar la senda
Y un mal irremediable consume los destellos
Del Sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda,
Tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos.
EPIFANÍA
Un domingo
Epifania no volvió más a la casa.
Yo sorprendí conversaciones
en que contaban que un hombre se la había robado
y luego, interrogando a las criadas,
averigüé que se la había llevado a un cuarto.
No supe nunca dónde estaba ese cuarto
pero lo imaginé, frío, sin muebles,
con el piso de tierra húmeda
y una sola puerta a la calle.
Cuando yo pensaba en ese cuarto
no veía a nadie en él.
Epifania volvió una tarde
y yo la perseguí por el jardín
rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre
porque mi cuarto estaba vacío
como una caja sin sorpresas.
Epifania reía y corría
y al fin abrió la puerta
y dejó que la calle entrara en el jardín.
PULIDA LA PIEL BAJO TUS ROSAS
Pulida la piel bajo tus rosas
de escamas, fomenta la corriente
lustral donde mis viejos años
vencidos beben sin saciarse.
La ambición de mi lengua, forma
el dócil espejo de tu lengua.
Y aquí comienza el canto nuevo.
Vestido aquí de harapos, canto.
Y nuevamente tú, me esfuerzo;
te cubro de gloria, te engalano
con mis tesoros de mendigo.
Si estuvieras otra vez, si fueras
de nuevo; si ardiendo de memoria
llegara a sacarte de tu casa
de niebla; si otra vez salieras
como carne de almendra dura
de entre las arrugas de la cáscara.
Los caracoles en tus piernas,
deleite del ver, y del oído,
los cascabeles en tus piernas.
Y ábrense y me miran y se vuelven
a mí los misericordiosos
ojos de tus pies, y de tus codos
los ojos me miran, y se abren
en mí los ojos de tus hombros.
Y a ti me llama el remolino
de hueso de tu ombligo, y ríen
en tu ombligo los azules dientes
con que amor espiaba y me mordía.
Hoy se desciñen los amarres
vivos de la cintura; hoy caen
los móviles nudos de la falda;
hoy las dos columnas se desnudan
y el nopal del centro ondulatorio.
Haraposo, canto y te enriquezco;
te contemplo fuera de tu casa.
En ti mi sombra a tientas busco;
sigo mi sombra en el reflujo
de los corazones de tu pecho;
de las manos en tu pecho, el préstamo
florido recibo y recompongo.
Tú, mi plumaje, mi serpiente;
mi plena de garras de ojos dulces;
mi madre del ala que se alumbra
en el corazón encenizado.
Si estuvieras aquí de nuevo
a la mitad fugaz del canto.
Si solamente te alcanzara.
Lumbre encontrada de mi sombra,
yo tu enviado soy; yo que regreso
a los tres rostros de tu doble
rostro; a tu rostro solo y único.
A LA PATRIA
Patria, destello del amor divino,
Sagrada inspiración de mis cantares,
¡Ay! ¿hasta cuándo dejará el destino
De llenar tu existencia de pesares?
Un dolor más terrible que la muerte
Marchita sin piedad tu primavera,
¡Ay! ¿hasta cuándo te dará la suerte
Una sonrisa de piedad siquiera?
¿Hasta cuándo veremos en tu cielo
De una esperanza la feliz aurora?
¿Será que nunca dejará tu suelo
La negra tempestad desoladora?
Virgen flor de la América inocente,
Mi orgullo, mi placer y mi alegría,
¿Cuál es el crimen que manchó tu frente.
Que hasta Dios te ha olvidado, patria mía?
¿Será cierto que nunca, ni un instante
Dejará la fortuna despiadada,
Ni el fuego de la vida en tu semblante
Ni el rayo del placer en tu mirada?
¿De qué te sirve tu inmortal belleza,
De qué tu dulce juventud florida,
Si en medio del horror de la tristeza
Van pasando las horas de la vida?
Por vez postrera tu beldad mirando,
Ya tu esperanza se alejó llorosa;
Y constante á tu lado está velando
La deidad de la guerra pavorosa.
Contra ti con orgullo se levanta
El genio del dolor'y de la muerte,
Y oprime tu cerviz bajo su planta
Insensible á tus lágrimas la suerte.
En medio del horror y las ruinas,
Devorada por bárbaros tormentos,
Tu hermosa frente moribunda inclinas
Como flor destrozada por los vientos.
Haciendo al mal de tu existencia dueño
Dios dirige a otro punto su mirada:
Tu gloria es polvo, tu esplendor es sueño,
Tu dicha sombra y tu grandeza nada.
Hoy que abriendo sus alas impaciente
Se desata el ruidoso torbellino,
Alza del suelo la abatida frente,
Muéstrate digna de tu gran destino.
Olvida tu aflicción y tus dolores;
Valerosa levanta tu bandera,
Y abandona tus joyas y tus flores,
Y entona ¡oh patria! tu canción guerrera.
Haz pedazos al déspota enemigo,
Y ya no temas su cobarde lazo,
Porque el Dios de los pueblos va contigo
Y él sostiene la fuerza de tu brazo.
Y antes que dejes que á sus plantas vean
Los tiranos tus santas libertades,
Lagos de sangre tus campiñas sean
Y en escombros se tornen tus ciudades.
Vibre tu espada con furor tremendo;
Que tu enojo de nuevo se despierte;
Que tus campos repitan el estruendo
Y el clamor de la guerra y de la muerte,
Y al que llame á tus bárbaros tiranos,
Y al que sin ira sus infamias vea,
Que muera ¡oh patria! por tus propias manos
Y allí al instante maldecido sea.
Que al mundo entero tu valor asombre,
Y que sepa la Europa que te mira,
Que aún eres digna de llevar tu nombre,
Y sepa tu contrario que delira.
Y aunque ya tu enemigo no es temible,
Piensa que luchas por salvar tu gloria,
Y al instante levántate terrible
A buscar en la lucha la victoria.
Venganza y guerra sin cesar proclama.
Que ensordezcan al eco tus cañones,
Canta tus himnos y á tus hijos llama,
Tremolando entusiasta tus pendones.
Dichoso aquel que por salvarte muera
De los roncos cañones al estruendo,
Estrechando en sus brazos tu bandera
Y tu nombre sagrado bendiciendo.
Pues yo mi sangre sin pesar ciaría
Por mirarte un instante venturosa,
Desgraciada y hermosa patria mía,
Cuanto más desgraciada más hermosa.
En ti cifro mi gloria desde niño;
Tú iluminas mi pobre pensamiento;
Tú has sido siempre mi primer cariño,
Mi existencia, mi espíritu y mi aliento.
Y aunque el hado á perderte se decida
la victoria negándote inconstante,
Yo siempre te amaré como á mi vida,
Mi amor serás hasta el postrer instante.
Y al mirar á la muerte despiadada,
Cuando todos te nieguen un abrigo,
Cuando todos te dejen olvidada,
Tu pobre amante morirá contigo.
Desde el 41 hasta el 50 de un total de 91 Poemas mexicanos
