90 Poemas mexicanos 

CANTARES

Yo soy quien sin amparo cruzó la vida
En su nublada aurora, niño doliente,
Con mi alma herida,
El luto y la miseria sobre la frente;
Y en mi hogar solitario y, agonizante,
Mi madre amante.

Yo soy quien vagabundo cuentos fingía,
Y los ecos del pueblo que recogía
Torné en cantares;
Porque era el pueblo humilde toda mi ciencia
Y era escudo, en mis luchas con la indigencia,
De mis pesares.

La soledad austera y el libre viento
Le dieron a mi pecho robusto aliento,
Fiera entereza;
Y así tuvo mi lira cantos sentidos,
En lo íntimo de mi alma sordos gemidos
De mi pobreza.

La nube quien volaba con alas de oro,
La tórtola amorosa que se quejaba
Como con lloro;
El murmullo del aura que remedaba
Las voces expresivas del sentimiento
Cobijó mi acento.

Y el bandolón que un barrio locuaz conmueve,
Y el placer tempestuoso con que la plebe
Muestra contento;
Sus bailes, sus cantares y sus amores,
Fueron luz arroyuelos, aves y flores
De mi talento.

Cantando ni yo mismo me sospechaba
Que en mí, la patria hermosa con voz nacía,
Que en mí brotaba
Con sus penas , con sus gloria s y su alegría,
Sus montes y sus lagos, su lindo cielo,
Y su alma que en perfumes se esparcía.

Entonces a la choza del jornalero,
Al campo tumultuoso del guerrillero
Llevé mis sones;
Y no a regias beldades ni peregrinas,
Sino a obreras modestas, a alegres chinas
Di mis canciones.

¡Oh patria idolatrada, yo en tus quebrantos,
ensalcé con ternura tus fueros santos,
sin arredrarme;
tu tierra era mi carne, tu amor mi vida,
hiel acerba en tus duelos fue mi bebida
para embriagarme!

YO tuve himnos triunfales para tus muertos,
Mi voz sembró esperanzas en tus desiertos
Y, complaciente,
A la tropa cansada la consolaba,
Y oyendo mis leyendas me reanimaba
Riendo valiente.

Hoy merezco recuerdo de ese pasado
de luz y de tinieblas, de llanto y gloria;
soy un despojo, un resto casi borrado
de la memoria. . .

Pero esta pobre lira que está en mis manos,
Guarda para mi pueblo sentidos sones;
Y acentos vengadores y maldiciones;
A sus tiranos. . . ¡

Autor del poema: Guillermo Prieto

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FLOR DEL ALBA

Las montañas de Occidente
La luna traspuso ya,
El gran lucero del alba
Mírase apenas brillar
Al través de los nacientes
Rayos de luz matinal;
Bajo su manto de niebla
Gime soñoliento el mar,
Y el céfiro en las praderas
Tibio despertando va.
De la sonrosada aurora
Con la dulce claridad,
Todo se anima y se mueve,
Todo se siente agitar:
El águila allá en las rocas
Con fiereza y majestad
Erguida ve el horizonte
Por donde el sol nacerá;
Mientras que el tigre gallardo
Y el receloso jaguar
Se alejan buscando asilo
Del bosque en la oscuridad.
Los alciones en bandadas
Rasgando los aires van,
Y el madrugador comienza
Las aves a despertar:
Aquí salta en las caobas
El pomposo cardenal,
Y alegres los guacamayos
Aparecen más allá.
El aní canta en los mangles,
En el ébano el turpial,
El cenzontli entre las ceibas,
La alondra en el arrayán,
En los maizales el tordo
Y el mirlo en el arrozal.
Desde su trono la orquídea
Vierte de aroma un raudal;
Con su guirnalda de nieve
Se corona el guayacán,
Abre el algodón sus rosas,
El ilamo su azahar,
Mientras que lluvia de aljófar
Se ostenta en el cafetal,
Y el nelumbio en los remansos
Se inclina el agua a besar.
Allá en la cabaña humilde
Turban del sueño la paz
En que el labriego reposa ,
Los gallos con su cantar;
El anciano a la familia
Despierta con tierno afán,
Y la campana del Barrio
Invita al cristiano a orar.
Entonces, niña hechicera,
De la choza en el umbral
Asoma, que flor del alba
La gente ha dado en llamar.
El candor del cielo tiñe
Su semblante virginal,
Y la luz de la modestia
Resplandece en su mirar.
Alta, gallarda y apenas
Quince abriles contará;
De azabache es su cabello
Sus labios bermejos, más
Que las flores del granado
La púrpura y el coral,
Si sonríen, blancas perlas
Menudas hacen brillar.
Ya sale airosa, llevando
El cántaro en el yagual,
Sobre la erguida cabeza
Que apenas mueve al andar;
Cruza el sendero de mirtos
Y cabe un cañaveral,
Donde hay una cruz antigua,
Bajo el lecho de un palmar,
Plantada sobre las peñas
Musgosas de un manantial.
Arrodillada la niña
Humilde se pone a orar,
Al arroyuelo mezclando
Sus lágrimas de piedad.
Luego sube a la colina
Desde donde se ve el mar,
Y allí con mirada inquieta,
Buscando afanosa está
Una barca entre las brumas
Que ahuyenta ledo el terral;
Los campesinos alegres
Que a los maizales se van,
Al verla así, la bendicen,
Y la arrojan al pasar
Maravillas olorosas
De las cercas del bajial,
Que es la bella Flor del alba,
La dulce y buena deidad
Que adoran los corazones
De aquel humilde lugar.

Autor del poema: Ignacio Manuel Altamirano

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DILUVIO

Espaciosa sala de baile
alma y cerebro
dos orquestas, dos,
baile de trajes
las palabras iban entrando
las vocales daban el brazo a las consonantes.
Señoritas acompañadas de caballeros
y tenían trajes de la Edad Media
y de muchísimo antes
y ladrillos cuneiformes
papiros, tablas,
gama, delta, ómicron,
peplos, vestes, togas, armaduras,
y las pieles bárbaras sobre las pieles ásperas
y el gran manto morado de la cuaresma
y el color de infierno de la vestidura de Dante
y todo el alfalfar Castellano,
las pelucas de muchas Julietas rubias
las cabezas de lokanaanes y Marías Antonietas
sin corazón ni vientre
y el Príncipe Esplendor
vestido con briznas de brisa
y una princesa monosilábica
que no era ciertamente Madame Butterfly
y un negro elástico de goma
con ojos blancos como incrustaciones de marfil.
Danzaban todos en mí
cogidos de las manos frías
en un antiguo perfume apagado
tenían todos trajes diversos
y distintas fechas
y hablaban lenguas diferentes.

Y yo lloré inconsolablemente
porque en mi gran sala de baile
estaban todas las vidas
de todos los rumbos
bailando la danza de todos los siglos
y era, sin embargo, tan triste
esta mascarada!

Entonces prendí fuego a mi corazón
y las vocales y las consonantes
flamearon un segundo su penacho
y era lástima ver el turbante del gran Visir
tronar los rubíes como castañas
y aquellos preciosos trajes Watteau
y todo el estrado Queen Victoria
de damas con altos peinados.

También debo decir
que se incendiaron todas las monjas
B.C. Y C.O.D.
y que muchos héroes esperaron
estoicamente la muerte
y otros bebían sus sortijas envenenadas.
Y duró mucho el incendio
mas vi al fin en mi corazón únicamente
el confetti de todas las cenizas
y al removerlo
encontré
una criatura sin nombre
enteramente, enteramene desnuda,
sin edad, muda, eterna,
y ¡oh! Nunca, nunca sabrá que existen las parras
y las manzanas se han trasladado a California
y ella no sabrá nunca que hay trenes!

Se ha clausurado mi Sala de Baile
mi corazón no tiene ya la música de todas las playas
de hoy más tendrá el silencio de todos los siglos.

Autor del poema: Salvador Novo

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AMOR

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir “te amo”, en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.

Autor del poema: Eduardo Lizalde

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EL MENDIGO

Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma
de todos los voraces ayunos pordioseros;
mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma
del mar y al simulacro azul de los luceros.

El cuervo legendario que nutre al cenobita
vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan,
otro cuervo transporta una flor inaudita,
otro lleva en el pico a la mujer de Adán,
y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.

Prosigue descubriendo mi pupila famélica
más panes y más lindas mujeres y más rosas
en el bando de cuervos que en la jornada célica
sus picos atavía con las cargas preciosas,
y encima de mi sacro apetito no baja
sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.

Saboreo mi brizna heteróclita, y siente
mi sed la cristalina nostalgia de la fuente,
y la pródiga vida se derrama en el falso
festín y en el suplicio de mi hambre creciente
como una cornucopia se vuelca en un cadalso.

Autor del poema: Ramon Lopez Velarde

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EL REMOLINO

Adentro, en las rajadas claridades
del remolino, el artista beckettiano
se agazapa, se curva, hecho un ovillo
de uranio, despidiendo toscos perfumes
de fenomenología. Sobre sus espaldas,
la tarde es un vaho de polimorfismo
perverso. El artista beckettiano
cierra los ojos para ver
la transparencia interior,
un dispositivo cómico que ha inventado
para contrarrestar el dolor de cabeza.
Circunda la escena
un teatro filosófico: alma, tiempo,
espacio, trascendencia, muescas
de sílabas. Samuel Beckett deja de escribir,
mete la mano en el remolino
y saca bolsas llenas de frías efigies
–monedas o máscaras de yeso.

Autor del poema: David Huerta

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PAISAJES

I
Meridies

Rojo, desde el cenit, el sol caldea.
La torcaz cuenta al río sus congojas,
medio escondida entre las mustias hojas
que el viento apenas susurrando orea.

La milpa, ya en sazón, amarillea,
de espigas rebosante y de panojas,
y reveberan las techumbres rojas
en las vecinas casas de la aldea.

No se oye estremecerse el cocotero
ni en la ribera sollozar los sauces;
solos están la vega y el otero,

desierto el robledal, secos los cauces
y, tendido a la orilla de un estero,
abre el lagarto sus enormes fauces.

II
Noctifer

Todo es cantos, suspieros y rumores
Agítanse los vientos tropicales
zumbando entre los verdes carrizales,
gárrulos y traviesos en las flores.

Bala el ganado, silban los pastores,
las vacas mugiendo a los corrales,
canta la codorniz en los maízales
y grita el guacamayo en los alcores.

El día va a morir; la tarde avanza.
Súbito llama a la oración la esquila
de la ruinosa erminta, en lontananza.

Y Venus, melancólica y tranquila,
desde el perfil del horizonte lanza
la luz primera de su azul pupila.

Autor del poema: Manuel José Othón

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UNA TARDE

Comenzaba el otoño.

El sol caía
como broquel de fuego tras la espalda
del áspera montaña.

Una alquería

blanca, del cerro en la aromosa falda,
era mi albergue, que ceñían en torno
un huerto al pie y dos parras por guirnalda.

Los que engendró en la fiebre del bochorno
agrios frutos la tierra, eran a octubre
miel sazonada y primoroso adorno.

Como la madre en el regazo encubre
al hijo tierno, y con alegre risa
pone en sus labios la repleta ubre,

así naturaleza, a la indecisa
luz de la tarde, acarició mi frente
con los besos callados de la brisa.

Y me brindó el racimo transparente
entre los verdes pámpanos, o el frío
licor que mana en la escondida fuente.

Sentado al pie del álamo sombrío
cerré el poema místico de Dante
y abismé la mirada en el vacío.

¿Fue sueño?

¿Fue visión?

Surgir delante
vi las lúgubres sombras de su Infierno,
símbolos tristes de la edad distante.

Y ora dulce, ora horrible, en giro alterno
sonaba el canto celestial del vate
o el gran sollozo del dolor eterno.

Mas, como suelen, en marcial combate,
los corceles pasar, suelta la brida
y en los flancos clavado el acicate,

así la turba réproba en huida
rauda pasó y en torbellino inmenso,
cual paja vil, del huracán barrida.

Entre el nublado de la noche denso
se perdió la angustiada muchedumbre,
que tuvo un punto mi ánimo suspenso.

Luego, una blanca y apacible lumbre
bañó la tierra y los vecinos mares,
y por las breñas de la opuesta cumbre

vi descender hacia mis.

pobres lares
dos sombras: una, de laurel ceñida,
y otra, nublado el rostro de pesares.

Paráronse ante mí, y con dolorida
voz, la más triste de las dos, me dijo:
-Alma gentil, para sufrir nacida,

tú revuelves en vano, entre el prolijo
curso de tu angustiado pensamiento,
la oscura frase que al mortal dirijo

en aquel prolongado, hondo lamento
que, desde el antro de la vida humana,
lancé en mi canto a la merced del viento.

Yo respondí: -Si no eres sombra vana,
ilumina mi espíritu y la clave
préstame de tu ciencia soberana.

Ella inclinó hacia tierra el rostro grave,
y dijo con palabra y con gemido:
-¡Quien sabe de dolor todo lo sabe!

El secreto en mis versos escondido,
es la excitada indignación, que azota
los vicios de mi tiempo envilecido;

es esa noble aspiración que brota
del pecho, y busca en la región serena
de un prometido bien la luz remota.

Es la gloria comprada con la pena;
es la lucha del ánima cautiva
que ansia volar, rompiendo su cadena.

Yo lo tracé para que eterno viva
el cuadro fiel de la miseria nuestra,
dote fatal de la maldad nativa.

Y esos que ante tus ojos en siniestra
falange huyeron, del mundano vicio
los monstruos son, que mi canción te muestra.

Yo hice rodar sobre su duro quicio
las puertas, ¡ay!, del corazón humano,
y me asomé temblando al precipicio.

Y penetré en su fondo, y vi el arcano
de la existencia terrenal, y el lloro
de entonces quiero contener en vano.

La avaricia cruel, sedienta de oro;
la ira sangrienta, lívida y cobarde;
la adulación astuta y sin decoro;

la envidia artera; el fastuoso alarde
del necio orgullo; la lascivia impura,
que aún en las venas agotadas arde;

el ciego azar de la ignorancia oscura
la soberbia razón, rebelde al yugo,
vistiéndose el disfraz de la locura;

el egoísmo ruin, árbol sin jugo,
sin frutos y sin sombra; el vil recelo,
sirviéndose a sí propio de verdugo;

la falsa ciencia huérfana del cielo;
trémula y suspicaz la tiranía;
la venganza, sin goce y sin consuelo;

pálida la menguada hipocresía,
haciendo, infame, su bazar del templo
y en los dones de Dios su granjería:

eso miré en su fondo, y lo contemplo
hoy como ayer, cual ponzoñosa yerba,
cual negra mancha y cual dañino ejemplo.

Ese fue el numen que mí frase acerba
dictó contra mi siglo y con que azoto
al torpe vulgo y la ruindad proterva.

Yo, que las puertas del Infierno he roto,
sé de dolor y sé lo que se esconde
del pecho humano en el recinto ignoto.

Calló.

Yo alcé la frente, y dije: -¿En dónde
buscar la amada paz y la alegría,
que al santo afán de la virtud responde?

Ésta fue mi maestro y fue mi gula
-dijo la sombra, y se volvió hacia aquella
que el lauro de oro en la alta sien ceñía-:

fue la piadosa Beatriz la estrella
que me alumbró por el confín precito,
y el gran Virgilio encaminó mi huella.

La Poesía y el Amor bendito
las fuentes son en donde el alma apaga
su abrasadora sed de lo infinito.

Reinó el silencio, y la penumbra vaga
del ancho espacio esclareció un momento
la luz de los relámpagos aciaga.

Visión y sombras, cántico y lamento,
todo despareció, como llevado
sobre las libres ráfagas del viento.

Pero de entonces sé que del pecado
redimir pueden nuestra amarga vida,
el canto de los vates inspirado
y el casto amor de la mujer querida.

Autor del poema: Guillermo Prieto

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TÚNEL

Una antorcha enemiga
alumbra —mientras duermes— el profundo
túnel que de mi amor a tu alma lleva.

Con invisibles puños
¿qué taciturno guardia la sustenta?
Quiero avanzar... Y me detiene un muro
de colérico sol. Pretendo entonces
retroceder y siento que una puerta
se cierra tras de mí siempre que dudo...

En plena luz me quedo
—trémulo, terco, ciego— imaginando
no más el golpe brusco
con que, al cortar tu sueño,
me arrojará a la aurora, sin antorchas,
otro invisible centinela mudo.

Autor del poema: Jaime Torres Bodet

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LAS ABEJAS

Ya que del carmen en la sombra amiga
Fuego vertiendo el caluroso estío,
A buscar un refugio nos obliga
Cabe el remanso del sereno río;
Ven, pobre amigo, ven, y descansando
De la ribera sobre el musgo blando,
Oirás del labio mío
Palabras de amistad, consoladoras,
Que calmarán la lúgubre tristeza
Con que insensato en tu despecho lloras.
¡Lamentas de los duelos la crudeza,
Tú, cuyos quietos y dorados días
Aún alumbra risueña la esperanza;
Tú cuya confianza,
Inocentes placeres, y alegrías,
Jamás han enturbiado
Las desgracias impías
Con su terrible aliento emponzoñado!

¡Tú joven, tú feliz, tú a quien halaga
Con sus preciosos dones la fortuna.
Tú a quien el mundo seductor embriaga
Sus flores ofreciendo una por una;
Tú a quien la juventud, hermosa maga,
Dulcemente convida
A disfrutar la dicha tentadora
Que en sus ardientes frutos atesora
El árbol misterioso de la vida!

Tú no debes llorar; deja que el llanto
Del débil viejo la mejilla abrase
Y que la espina del tenaz quebranto
Su congojado corazón traspase;

Tú, joven ¡a gozar! la sangre hirviente
Sientes bullir aún; la vida es bella,
Y en sus campos el sol resplandeciente
A tus ojos destella.

¿Por qué te afliges? di, ¿por qué inclinabas
Callando tristemente,
La dolorida frente?
¿A la pérfida acaso recordabas?
Inexperto doncel, ¿de qué te quejas?
¿Por qué llorando de la vil te alejas?
¿Qué ventura has perdido?
¿Qué tesoro escondido
En ese corazón perjuro dejas?
¿Por qué cuando en un día,
Primera vez miraste
De esa traidora la belleza impía,
El terrible fulgor no vislumbraste
De la maldad que en su mirada ardía?

Ni amor, ni virtud santa
Abriga esa mujer; vicio temprano,
Como a las gentes que en la corte habitan,
Ya corrompió su corazón liviano.
Si amor a buscar fuiste
Entre el pérfido mundo cortesano,
Por eso ahora ¡ay triste!
¡Lloras el tiempo que perdiste en vano!
¡Amor allí no existe!
Allí cual frescas, perfumadas rosas,
Al corazón se ofrecen las hermosas.
¡Ay de quien su perfume
Aspira incauto, y de confianza lleno
Pronto en la duda y tedio se consume
Al negro influjo del mortal veneno.

¡Amor no existe allí!... La dulce niña
Cuando asoma el pudor por vez primera
En su frente de ángel, y su pecho
Sincero amando, palpitar debiera,
De infame corrupción con el ejemplo
No al sentimiento puro le consagra,
Porque del oro le convierte en templo.
¿Qué dicha, qué placeres
Esperas tú encontrar de esas mujeres
En el vendido seno
A los ardores del cariño ajeno,
Cuando su impura llama,
Si nace, solamente
Al soplo vil del interés se inflama?
Huye la corte, amigo, y la ventura
Ven a buscar aquí, do la inocencia
Te ofrecerá en la flor de la hermosura
Un tierno cáliz de sabrosa esencia.
Libando su dulzura
Cambiará tu existencia;
Del tedio sanarás que te aniquila,
Y la virtud amando, suavemente
Tu vida pasará cual la corriente
De ese arroyo tranquila.

¿Ves discurrir zumbando entre las flores
De este carmen umbroso y escondido,
Afanosas buscando las abejas
El néctar delicioso, apetecido?
Mira cuál van dejando desdeñosas
De su brillo s pesar y su hermosura
Las flores venenosas.
Ellas buscan quizá las más humildes,
Las que ocultas tal vez en la espesura
De las agrestes breñas
Apenas se distinguen, o en la oscura
Grieta se esconde de las rudas peñas;
Ellas no creen que al ostentarse ufanas
Aquellas que parecen
Con mayor altivez y más colores,
Sean también las que ofrecen
Los nectarios mejores.

Tú imita ese modelo,
Pobre insecto, es verdad, pero dotado
Por el próvido cielo
De un instinto sagaz y delicado;
Y en el jardín del mundo,
Si el néctar de la dicha libar quieres
Para endulzar las penas de la vida,
Deja la flor pomposa, envanecida
Que a la virtud en su soberbia insulta;
Busca a la que se oculta
Viviendo entre las sombras recogida.

Una infame y perjura cortesana
Tu corazón sedujo; tú la amaste,
Y alimentando tu pasión insana
Tu puro corazón envenenaste.
Olvídala, y que presto,
Ya despertando de tu error funesto,
Puedas hallar la miel de los amores
De esla montaña en las sencillas flores.

Mirta, la dulce Mirla, la que alegra
Nuestras montañas y risueños prados,
La que garbosa con diadema negra
De cabellos rizados
Su tersa frente candorosa ciñe,
Que el alba pura con sus lampos tiñe.
La de los grandes y rasgados ojos,
La de los frescos labios purpurinos
Que ríen, mostrando deslumbrantes perlas,
La de turgentes hombros y divinos
Que la Venus de Gnido envidiaría.
Mírala, ¿no enloquece tu alma, joven,
Como hace tiempo, enloqueció la mía?
¿La faz de tu perjura es comparable,
Y su pálida tez marchita y fría
Do la salud y la color simula
Comprado afeite, con la faz rosada
De esta virgen del bosque,
Do la sangre purísima circula
Con el calor y el aire de los campos,
Y con la grata esencia
Que en su redor esparce la inocencia?
Dime, ¿a apagar su fuego esa mirada
Con el ansioso labio no provoca?
¿Quién al verla sonriendo, no querría
Libar la miel de su encendida boca?
¿Quién no deseara con delirio ciego
Estrecharla en sus brazos un instante?
¿Dónde buscar de amor el sacro fuego
Sino en su seno blanco y palpitante?
¿Y dónde hallar la dicha que asegura
Su fé constante y pura?

Estas flores, amigo, ansioso busca,
Abeja del amor, y no te cuida
De los torpes placeres
Que te ofrece la corte corrompida,
Si el néctar de la dicha libar quieres
Para endulzar las penas de la vida.

Autor del poema: Ignacio Manuel Altamirano

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