79 Poemas latinoamericanos 

ANDANTE

Los rodillos cayeron sobre los guijarros
Exactamente aquella mañana proyectada en almejas.

Mas no fue solamente sobre la isla de Santo
Domingo – denominada en el Mar Caribe
Cálidamente
Patria mía – sino mucho más lejos, traspasando
Las anchas cordilleras y las zonas volcánicas
De todo planisferio. Fue una conducta planetaria.
Un ecuménico establecimiento del abuso.

Puesto que si el derecho de propiedad
Está constituido por algunas palabras
Que estabilizan a las corporaciones y sostienen
Sobre la alta espuma a la marina mercante
Es porque algunos hombres bajo algunos almendros
Ejercen la razón de que su casa es suya.

Y continuando el argumento frío
Que sirve de pentagrama a este concierto
La patria
Es el derecho de propiedad más inviolable.

Y una patria es una sola patria
Que cubre el universo en varios pasaportes
Y no hay patria que se abalance sobre otra patria.

Y el tanque no es la norma física ni el portaviones
El orden natural. Ni el rascacielos constituye
Por razones de acero un mandamiento irrevocable.

Ni la cibernética le ocurre al hombre
Como una hemotisis. Puesto que entonces
La escala se desprende de las cuerdas
Y asciende en espiral a las frecuencias
Más vividas, resuenan los trombones, la atmósfera
Tiembla con la percusión desenfrenada del timbal
Subdesarrollado, la orquesta universal retumba,
Gran concierto de la humanidad sacude
Sus entrañas, el tímpano lanza un alarido,
Las leyes históricas trepidan bajo las patas
De los contrabajos mientras los violoncelos
Del corazón humano resuenan para estallar
Estrepitosamente en todos los confines
En un desentumecido solo de esperanza.

Autor del poema: Pedro Mir

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NUEVA YORK

Los incrédulos repetirán
-una y otra vez-
tu nombre,
como lo hago yo
en esta noche de turbia embriaguez
en que admiro tu belleza de tigre,
tu lumbre de ramera,
tu orfebrería invernal,
las huellas que fosforecen
sobre el ávido asfalto.
Nada en tí es dulce,
nada calienta,
ni siquiera la temporal luz del sol
reflejándose en el agua.
Hechicera,
orgullosa ciudad de alas negras,
de fantasmales y nocturnas geometrías,
un duro mar acecha
tu corazón de piedra.
El latigazo de la locura
te inventa diariamente
-Nueva York-
perpetua ciudad del miedo,
más,
en algún lugar
las lágrimas empañarán tu espejo
mítica ciudad,
soberbia,
mientras me enamoras esta noche,
me engulles
en tu acuario opulento
de peces anhelantes.

Autor del poema: Carmen Matute

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ELLIS ISLAND

Yo imaginaba
peces inverosímiles
bajo ese mar que era -entre ocres y azules-
de un verde titubeante,
cuando el ferry ancló en Ellis Island.
Entonces,
mi corazón hiló historias de emigrantes
que pasaron por allí
llevando en su equipaje
las amadas,
pequeñas cosas:
un retrato,
un reloj,
un espejo,
los viejos libros heredados,
las semillas de la tierra que dejaron.
Hoy,
en Ellis Island,
las paredes
ennegrecidas por el tiempo
sólo guardan las memorias
de los altos,
ojiazules hombres y mujeres,
que vinieron del mar.
Hoy,
los robledales bosquejan
sus sombras en actitud litúrgica,
mientras observo desde el ferry
apagada la luz del corazón.

Autor del poema: Carmen Matute

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CHIAPAS

Estas tierras de guerra no me asustan,
me arropa tu recuerdo, valentía
no me sobra y las galas no me gustan
aunque presumo sí, de bonomía.

Y tú, mar de por medio, ¿qué dirías
si te dijera yo que me han herido,
que está mi corazón de enfermería?.
¡No te alarmes!, verás ha sucedido

que mi alma, alzada en armas ha cargado
la ballesta mejor que poseía,
y sin menos ni más, ha disparado

su saeta con grande puntería,
contra este pobre ausente, enamorado
y lo ha dañado de melancolía.

Autor del poema: Alberto Cortez

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BEBIDA TURBIA

Escucho tus ondas, inefable noche, tu soplo, oh reina del sueño, en mi urbe.
La oda comienza: que muja en mí la imprenta.
¡Funde este orden, ácido rojo del estío!
Y que yo palpe las verdes ancas de la pradera.

La imagen del Espíritu Santo se inflama detrás de las vidrieras;
Sus bordadas alas de amor penden de las extremidades del dintel,
Y las umbelíferas sombras de miel se abrasan y me penetran,
Sus sombras ardientes y jadeantes en torno de las flores: pentecostés de mis padres.

¡Rocas, como esos frutos
Madurad, rocas bajo la luna,
En las salivas del año!
Ah los paisajes de mi grandeza.
Y más blancas que todas las nieves,
Que el iris del moribundo,
En los hontanares del limpio cielo, mis sienes palpitan.
Sudor de las lacas, plenitud de los poros.
Estoy prendido a los muros del antro como las lágrimas de las madréporas.

Semejante al gallo en su demencia planetaria,
Estoy poseído por la sibilina diestra de yeso.
¡Oh palabra en el olvido,
Astro del desierto, alumbra mi desnudez!
Deja al agua celeste de tus ramas extenderse y fulgurar
Sobre el paisaje de un solitario.

El verde grito del sapo se torna líquido en mi alma.
Y como el topo
Que mira las bóvedas de la tierra,
La frase, urgente misiva, desgarra su envoltura.

Ambulo ciego y busco los treinta y tres clavos sobre el piso;
El alfabeto del bosque me restituye las palabras sonoras, ya pronunciadas.
¡Os ruego!
Miembros de la aventura, modelad el limo de nuestro semblante.
Los párpados se ahuyentan, el cielo se construye.
Súbita virgen, ¿eres tú como el océano
Que resplandece de pronto en este abismo de ceguera?

En tanto que se eternizan, en la encarnada espera de mi sangre,
El clamor, el estrépito y la velada voraz de las chinches,
¡Levantáos, espadas, en la plata de vuestra fuerza,
Y arrancadme de este horno!
¡Desgarradme, uñas, esta corteza y estas membranas tan pesadas de sueño!

Las aristas del sílex, la cal y el follaje de las rocas
Se enarbolan en mis ojos.
Bajo el peso y el sonido de tu presencia,
Los muros de mi guarida se yerguen en las raíces de la tormenta,
¡Fértil estrato de la noche!
Y mi sombra se regodea en la soledad de tus muros.

Se ciñen las llamas de las cortinas a las cañas de mis arterias;
¡No es el nimbo sino la huella del duro casco!
Aprestaos a descender, tan lúcidos como el aire del cielo, a mecerme, pájaros;
A fin de que mi corazón en gozo recuerde la frescura de las aguas.

Pero, oh Lázaro, ¿quién mojará mis labios en estos parajes?
¡Quién de este mundo podrá morder la maleza de mi exilio?
El infortunio toma en mí las formas del continente;
¡Y el alma siniestra de fango
Macula el templo y las sedas eucarísticas de su asilo!

Autor del poema: Alfredo Gangotena

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PERPETUA, COMO LOS HUESOS QUE ATRAVIESAN MI CARNE...

Perpetua, como los huesos que atraviesan mi carne,
(porque debes saber, amada, que este calcio mortal
no es osamenta, que es traspasante espina y enfurecida
lanza)
como la tierra desesperada y seca, como los árboles;
honda y turbulenta en las viejísimas sangres de
la tarde encendida de sueños y aves...
eres, amada, oh agua, oh nube y hoja en la lenta distancia.

Por buscarte, adelgazados hasta el vuelo de la
muerte están los tristes brazos...
¿Qué saliva pudo, jamás, tocarte?
¿qué polvo pudo, en tus grandes lágrimas, acercarse a
mi barro?
¿Cuántas veces te he dicho mi silencio? ¿cuántas veces
mis palabras, nada más que en tus ojos se abatieron, cansadas, como pájaros?

(Y estoy solo, traspasado de mí, atravesado de mis
huesos, dolorosos y doloridos huesos de hombre, igual
a una raíz inútil en un suelo desconocido, igual
a la lengua de un perro en el agua salobre)

Yo te llamé con el más simple nombre, como el aire,
limpia en lejanos cristales y alta de fugas, oh
perpetua como las alas.

Yo, gemebundo, con pávidas astillas me clavé a la
esperanza, y la esperanza no era más que mi carne
ciega y vana.
¡Qué vegetal dolor el del recuerdo crecido en la
dulce comarca que apacentó tu nombre!
¡qué transparentes sueños a la orilla de sueño de
tus aéreas manos!
(y yo, un hombre en soledad, un tibio borde de amargura, un latido en la ceniza del crepúsculo,
una pequeña nada, una sombra crecida en tu cierta
palabra,
estoy en la mudez de traspasada carne)
Háblame con la infinita voz que en los cielos gira y
canta,
que es estrella en la noche y rocío en la niña mañana.
Háblame tú, recién nacida, eterna y perpetua distancia.
Háblame tú, perpetua al acabado corazón, al enterrado
corazón de tierra y a la ahogada palabra.

Autor del poema: Francisco Granizo

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LA ORACIÓN

Virgen de tabla pintada.
Virgen de dulce madera,
ya nuestras manos unidas
forman una sola regla,
nuestros cuerpos se han juntado
incrustando los deseos,
ya los dos seres de palo
formamos un solo mueble.

Está tu mesa servida,
está tu silla dispuesta,
tu rezador de dos brazos,
tu hermosa cama de suegra.
Nuestra vida y nuestra casa
sólo por ti están abiertas,
sólo esperamos tu entrada
para clavar nuestra reja.
Ahora somos la puerta
de dos hojas, que se cierra,
somos dos leños unidos
que forman la cruz completa.

Virgen de la tabla honrada.
Virgen de dios y madera.
como tu Hijo, llevamos
desde hoy, nuestra obra a cuestas.

Autor del poema: Joaquín Pasos

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CÁPSULAS

El pobre Juan de Dios, tras de los éxtasis
del amor de Aniceta, fue infeliz.
Pasó tres meses de amarguras graves,
y, tras lento sufrir,
se curó con copaiba y con las cápsulas
de Sándalo Midy.

Enamorado luego de la histérica Luisa,
rubia sentimental,
se enflaqueció, se fue poniendo tísico
y al año y medio o más
se curó con bromuro y con las cápsulas
de éter de Clertán.

Luego, desencantado de la vida,
filósofo sutil,
a Leopardi leyó, y a Schopenhauer
y en un rato de spleen,
se curó para siempre con las cápsulas
de plomo de un fusil.

Autor del poema: José Asunción Silva

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EL INGENUO

Cada aurora -nos dicen- maquina maravillas
capaces de torcer la más terca fortuna;
hay pisadas humanas que han medido la luna
y el insomnio devasta los años y las millas.

En el azul acechan públicas pesadillas
que entenebran el día. No hay en el orbe una
cosa que no sea otra, o contraria, o ninguna.
A mí sólo me inquietan las sorpresas sencillas.

Me asombra que una llave pueda abrir una puerta,
me asombra que mi mano sea una cosa cierta,
me asombra que del griego la eleática saeta

instantánea no alcance la inalcanzable meta,
me asombra que la espada cruel pueda ser hermosa,
y que la rosa tenga el olor de la rosa.

Autor del poema: Jorge Luis Borges

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QUERIDA LITTY

Desde hace meses
con inusitada frecuencia
no me deja el cartero cartas tuyas.
Será amnesia del hombre
o tal vez las apile
en un rincón limpio
de su cuarto de soltero
solterón
y algún día me las traiga
cinta rosa
todas juntas
como un banquete
para el olvidado hambriento
que puede imaginarse
desde ahora
una clara catarata
de ternuras y recuerdos.

Autor del poema: Juan Carlos Onetti

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