79 Poemas latinoamericanos 

LA MENTIRA

Vuelan fronteras de un país
cuyo falso centro está en nosotros
que quién sabe dónde estemos.
El norte está en el sur,
este y oeste se confunden,
el sur se pierde entre la bruma
y dentro lo más vivo es la mentira.

¿Quién no tiene un cachorro de mentira?
¿Quién no le da su fiesta acostumbrada,
lo impone en campo imaginario?
¿Quién no draga o airea
su mínima mentira, sea gris o grandiosa,
y la lleva
donde los pájaros, las mariposas vuelan,
verdaderos, cada uno a lo suyo?

Y cuántos
celan la mentira del otro
mientras sin malicia los mira
la honestísima muerte.

Autor del poema: Ida Vitale

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

TEMA DE MUJER Y MANZANA (A NICANOR PARRA)

Una mujer mordía una manzana.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
La primavera, con sus largas piernas,
huía riendo como una muchacha:
Una mujer mordía una manzana.
Bajo sus pies nacía el agua pura.
Un sol, secreto sol, la maduraba
con su fuego alumbrándola por dentro.
En sus cabellos comenzaba el aire.
Verde y rosa la tierra era en su mano.
La primavera alzaba su bandera
de irrefutable azul contra la muerte.
Una mujer mordía una manzana.
Subiendo, azul, una vehemente savia
entreabría su mano y circulaban
por su cuerpo los peces y las flores.
Gimiendo desde lejos, la buscaba
—bajo el testuz de azahares coronado—
el viento como un toro transparente.
La llama blanca de un jazmín ardía.
Y el mar, la mar del sur, la mar brillaba
igual que el rostro de la enamorada.
Una mujer mordía una manzana.
Las estrellas de Homero la miraban.
Volaba el tiempo sobre los tejados.
Huía un tropel de bestias azuladas.
Desde el principio, y por siempre jamás,
una mujer mordía una manzana.
Mi corazón sentía oscuramente
que algo suyo brillaba en esos dientes.
Mi corazón, que ha sido y será tierra.

Autor del poema: Eduardo Carranza

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

LA BALADA DE LOS HOMBRES HAMBRIENTOS

Los hombres hambrientos tienen oro
casas con retretes de mármol
y vestidos suntuosos
Pero no pueden matar el hambre y la sed
del tigre de sus ojos

Los hombres hambrientos son
en alguna forma hermosos
Por una magia mortal y execrable
sus oídos se han vuelto sordos
Pero los hombres hambrientos simulan oír
y pagan bien a los cantores

Pregonan una extraña desesperación
han perdido el recuerdo de los humanos olores
caminan para buscar un aroma imbuscable
el de los tallos de las flores muertas y de los pétalos podridos
el olor que al mismo tiempo es
el olor de la muerte y el olor del nacer
Se cubre de moho el corazón
de estos hombres hambrientos
Se entrecruzan a la deriva
No se ven
Son muchos en movimiento
Sus mujeres lavadas en agua de caros perfumes sintéticos
adustas acechan también
aquel olor que alcanza los huesos
Si levantan las cabezas hacia cosas más altas
no distinguen otra cosa que el viento
Remeros esclavos en un gran bajel de oro
van los hombres y mujeres hambrientos…

Autor del poema: Mario Rivero

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

SOY MI MEMORIA

Soy mi memoria.
Piel errante,
subsistiendo entre mi último balido
Y mi eterna obligación de partir.
Yo
Dona Albarda
Mariposa inválida de mi forma
sobreviviendo al sueño y al tropel.

Toro en mi torso
-con mis cuernos en vacío
como una antigua furia que se cubre de olvido.

Novillo en mi piel
-deseo limítrofe en mis cascos perdidos
como un antiguo cansando que no llega al recuerdo.

Buey en mi cuero
-testículos arrancados a la sucesión
conjugando solteramente mi amor con la carreta
como una vieja madera conyugal quemada por el viento.

Yo
Doña Albarda
Vaca en mi soledad y piel
-con mis fervientes ubres excluidas de la sed
con el candor de mis pupilas hundidas bajo los ríos
con mi antigua maternidad creciendo bajo los árboles.

Yo
con mi linaje
con mi bandera de muertos
repitiendo el deseo de horizonte
caminando
eternamente sonando el tambor de mi piel
como la luna.
Caminando sobre la llanura estúpida y fangosa
caminando
sobre la abierta senda pisoteada
caminando
bajo la lluvia torrendal y lacrimosa
caminando
bajo la garúa susurrante
caminando
bajo el sol insolente y fogonero
caminando
entre la música metal de los lecheros
caminando
tras de la tarde herida bajo el ala
caminando
tras de la noche
caminando
tras de la muerte,
de nuevo caminando…

Autor del poema: Pablo Antonio Cuadra

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

BANDERA ANTILLANA

La santa bandera de Santo Domingo
tiene una cruz,
una cruz blanca, que parte en cuarteles
la enseña divina de rojo y azul,
y graba en los vientos el «hoc signo vincis»
que vio Constantino en el cielo con letras de luz…

El triángulo de la santa bandera de Cuba
es la herida de lanza que Cristo en la cruz recibió,
la herida es la estrella, el triángulo
la sangre en fulgor,
las listas azules son caminos de gloria
y las blancas caminos de paz y de sol.

La santa bandera de Borínquen tiene
el ojo de Dios,
en el triángulo eterno, que mira
y enciende y azula el espacio de una creación…
y sus listas rojas son caminos de ardientes anhelos
y las blancas caminos de llanto y dolor…

De un daltonismo el misterio simbólico
subvierte el color
y en la lejanía Cuba y Puerto Rico
tienen una sola bandera en las dos…
¡La unidad perpetua del Dos de la vida!
¡La unidad fecunda del Dos del amor!

Y estas dos banderas, que son una sola,
surgieron de otra a la vez,
del lábaro santo de Santo Domingo
partido y entero en la santa Unidad del Tres…
¡Trina y una Bandera de Dios y de Patria!
¡Trina y una Bandera Antillana de Amor y de Fe!

Autor del poema: José de Diego

50.00%

votos positivos

Votos totales: 2

Comparte:

CAZADORES

Pasaron tres cazadores con escopetas,
a las cinco pasaron a esconderse,
cuando escandilen los zorros,
cuando encandilen al venadito
ya estará alta la luna.

Pasaron tres cazadores
con los ojos envueltos en violetas,
berro en la frente;
pasaron echando olor, suave olor
por el camino.
Saben muchas canciones,
si viene el tigre lo van a embobar.
Esperan que las perdices estén dormidas en la hierba,
esperan que el silbador traiga los venados

al bebedero.

Volvieron los tres cazadores,
volvieron al otro día,
pasaron con un tigre empalado
sobre los hombros.
Le echaron encanto por los ojos, le echaron
un lazo de seda,
lo rodearon de candela y le cantaron
y cayó muerto con plomo en la cabeza
esta mañana,
y la luna todavía estaba alta.

Autor del poema: Ramón Palomares

33.33%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:

ELEGÍA SIMPLISTA

Sesenta universitarios fueron
asesinados en Caracas.

A Gonzalo Carnevali: En el destierro.

Con los huesos que blanquean en la noche,
con los huesos de los muchachos muertos por la conquis
ta, con los huesos que blanquean eternamente bajo la
luna cuando la tierra es cal y calma violentamente fría,
alcemos una selva de danzas primitivas.

Será la ofrenda póstuma de los muchachos muertos.

Ellos eran más o menos sesenta,
sesenta en carne y hueso adolescentes confiados,
y después de la pelea que duró treinta horas
sólo volvieron a sus casas
cinco docenas de recuerdos transparentes.

Sus huesos blanquearán en la noche enlutada
pero nosotros tendremos valor para vengarlos.

Pelearon contra un regimiento entero y mejor armado,
contra ametralladoras y fusiles de tiro rápido,
contra prodigiosas bestias de la tierra y del aire
manejadas por hombres perfectamente fríos.

Flotaban en la luz de una nueva conciencia.
Todavía la leche les blanqueaba en los labios
así que alegres, jubilosos y fuertes,
dijeron adiós a sus primas y a sus amigas.

Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
–luego, que no creyeran en la muerte–
y volvieron del campo a sus hogares
cinco docenas de sombras solamente.

Pero sabemos que por acerbos étnicos,
rotos sus espinazos y sus tibias,
ensarrados los huesos de sus pies ligeros,
ensarrados por el paludismo,
y tembloroso el cuerpo por la quinina,
siempre hicieron gala de una moral muy alta.

Siempre juntos, siempre, coléricos o alegres,
cantaban las chacotas más obscenas
haciendo chiste las intimidades de sus amigas
o entonando los antiguos himnos del colegio,
según el enemigo hiciera frente o retrocediera.

Porque les alegraba la plenitud del pleito,
el instinto que desborda sin diques en el hombre,
la animalidad piafante y soberana.

Pedro, Octavio, Juan y Luis Alberto
–sus nombres no importen y sean lo de menos–.

Podremos conocerlos y seleccionarlos
para la justicia de mejores tiempos futuros
yendo donde todas las madres que ya no tienen hijos,
donde todas las muchachas que no abrazarán más a sus
mozosrobustos.

Ellos eran sesenta hazañosos muchachos
–luego, que no creyeran en la muerte–
y volvieron del campo a sus hogares
cinco docenas de sombras solamente.

Autor del poema: Manolo Cuadra

33.33%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:

LOS DESPOSADOS DE LA MUERTE

Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz.
Sus manos enseñaban a amar los lirios
y sus sienes a desear el oro de las estrellas.
En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas.
Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla,
suave y fragante y musical.
Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos,
parecían temblar las alas de un ángel.

Emiliano Atehortúa era muy sencillo
y traía una infantilidad inagotable.
Su adolescencia láctea, meliflua y floreal,
fluía por las escarpas de mi madurez
como fluye por el cielo la leche del alba.
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques en las orillas de los ríos!

Guillermo Valderrama era indolente y apasionado.
Como un licor de bajo precio,
la vida le produjo una embriaguez innoble.
Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe.
Había en su voz un glú-glú redentor
y su amante le llamó una vez
"el Príncipe de las hablas de agua".

Leonel Robledo era muy tímido
bajo una apariencia llena de majestad.
En el recóndito espejo de su ternura
se le reflejaba la imagen de una mujer.
Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación.
Le vi llorar una vez por males de ausencia
y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío,
y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino,
como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen.
Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico.
Se le veía como marchando de las playas de ensueño
que rozaron las quillas de Simbad el Marino,
hacia las vagas latitudes
por donde erró Sir John de Mandeville.
Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea,
y por la noche soñé en el misterio de las espigas.
¡Evanaam! ¡Evanaam!

Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía
como los roncos ecos del monte a los pinos.
Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario.
Sus ilusiones fructificaban como una floresta
oculta por los tules del "todavía-no".
Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad,
y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble.

Autor del poema: Porfirio Barba Jacob

33.33%

votos positivos

Votos totales: 3

Comparte:

EL AMOR ES UN CENTRO

Una esperanza un huerto un páramo
una migaja entre dos hambres
el amor es campo minado
un jubileo de la sangre
cáliz y musgo/ cruz y sésamo
pobre bisagra entre voraces
el amor es un sueño abierto
un centro con pocas filiales
un todo al borde de la nada
fogata que será ceniza
el amor es una palabra
un pedacito de utopía
es todo eso y mucho menos
y mucho más/ es una isla
una borrasca/ un lago quieto
sintetizando yo diría
que el amor es una alcachofa
que va perdiendo sus enigmas
hasta que queda una zozobra
una esperanza un fantasmita.

Autor del poema: Mario Benedetti

21.19%

votos positivos

Votos totales: 453

Comparte:

Desde el 71 hasta el 79 de un total de 79 Poemas latinoamericanos

Añade tus comentarios