Poemas
Aquí, en la portada, puedes leer los 100 mejores poemas de siempre, según vuestros votos, separados en dos listas: 50 son de autores consagrados, y los otros 50 de usuarios. Tiene mucho mérito aparecer en esta selección, así que si te esfuerzas a lo mejor te puntúan tan bien que sales aquí. ¡No dejes de intentarlo!
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CON EL HIRVIENTE RESOPLIDO MOJA
Con el hirviente resoplido moja
el ronco toro la tostada arena,
la vista en el jinete ata y serena,
ancho espacio buscando el asta roja.
Su arranque audaz a recibir se arroja,
pálida de valor la faz morena,
e hincha en la frente la robusta vena
el picador, a quien el tiempo enoja.
Duda la fiera, el español la llama;
sacude el toro la enastada frente,
la tierra escarba, sopla y desparrama;
le obliga el hombre, parte de repente,
y herido en la cerviz, húyele y brama,
y en grito universal rompe la gente.
LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD
Ya la guerra y sus horrores
sólo a los pueblos halaga,
y es en vano que Dios haga
las estrellas y las flores.
Ni las rosas, ni los nidos,
ni del cielo la voz pura,
nada enfrena la locura
de sus pechos pervertidos.
La victoria es nuestro amor,
combatir, nuestra costumbre,
y tiene la muchedumbre
por sonaja el atambor.
Como a sus quimeras cuadre,
bajo su carro la Gloria
huella como a vil escoria
a los niños y a la madre.
Matar, morir, es el fin
de nuestra ventura loca,
y llevar sobre la boca
el cerquillo del clarín.
Todo el campo es humo y luz,
la grita, el furor se extienden,
los pechos todos se encienden
al fuego del arcabuz;
Y ello, siempre por tiranos
que, si acaso se os entierra,
mientra os pudrís bajo tierra
estarán de besamanos,
O cuando en profano insulto
los chacales y los cuervos
bajen á saciarse acerbos
en vuestro cuerpo insepulto.
Pueblo ninguno tolera
a otro pueblo por vecino,
y en nuestro pecho mezquino
se insufla pasión artera.
¿Es ruso? ¡Fuego nutrido!
¿Húngaro? ¡Fuego, es muy justo!
¿Porqué hay quien lleva su gusto
hasta usar blanco el vestido?
¿Otro aquí? Démosle fin
y llenamos un deber:
tuvo el crimen de nacer
a la derecha del Rin.
¡Rosbach! ¡Waterloo! ¡Venganza!
Ebrio el hombre de demencia,
sólo tiene inteligencia
para el mal y la matanza.
La fuente á beber convida,
a orar el cielo estrellado,
a amar y soñar el prado:
es mejor ser fratricida.
¡Fuego! ¡sangre! ¡destrucción!
Se saltan montes y llanos:
el pavor crispa las manos
en las crines del bridón.
Y en tanto, el alba clarea…
¡Oh! ¡mucho me admira, a fe,
que oído al odio se dé
cuando la alondra gorjea!
ALBA DE PROA
Navegar,
navegar.
Ir es encontrar.
Todo ha nacido a ver.
Todo está por llegar.
Todo está por romper
a cantar.
PIENSO EN TI
Pienso en ti.
Te recuerdo en mi cabeza con la autorrecomendación de no dejar
que me empapes el alma,
que solamente te quedes paseando por mis pensamientos.
Llevo arrastrándome tanto por el barro,
que tú me sabes a lino en una piel quemada.
Te diría que eres el conejo blanco
que siguió Alicia para salir de su laberinto
(y meterse en otro).
Eres la boca del lobo
que devoro
con el ansia de quien lleva sin comer meses.
Eres (la) locura
que cometo siendo cuerda
y consciente,
como el cocainómano que busca camino de nieve hacia el cielo
con fugas ya en el tabique.
Despiertas mis instintos olvidados,
como una perra en celo
que se salió de la manada
para cruzarse con un zorro.
Tengo el estómago vacío
y tanta hambre (de ti)
que no me hace falta que me digas «ven»
para que lo deje todo.
EL SOLILOQUIO DE HAMLET
¡Ser, o no ser, es la cuestión! -¿Qué debe
más dignamente optar el alma noble
entre sufrir de la fortuna impía
el porfiador rigor, o rebelarse
contra un mar de desdichas, y afrontándolo
desaparecer con ellas?
Morir, dormir, no despertar más nunca,
poder decir todo acabó; en un sueño
sepultar para siempre los dolores
del corazón, los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara
concluir así!
¡Morir... quedar dormidos...
Dormir... tal vez soñar! -¡Ay! allí hay algo
que detiene al mejor. Cuando del mundo
no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños
vendrán en ese sueño de la muerte!
Eso es, eso es lo que hace el infortunio
planta de larga vida. ¿Quién querría
sufrir del tiempo el implacable azote,
del fuerte la injusticia, del soberbio
el áspero desdén, las amarguras
del amor despreciado, las demoras
de la ley, del empleado la insolencia,
la hostilidad que los mezquinos juran
al mérito pacífico, pudiendo
de tanto mal librarse él mismo, alzando
una punta de acero? ¿quién querría
seguir cargando en la cansada vida
su fardo abrumador?...
Pero hay espanto
¡allá del otro lado de la tumba!
La muerte, aquel país que todavía
está por descubrirse,
país de cuya lóbrega frontera
ningún viajero regresó, perturba
la voluntad, y a todos nos decide
a soportar los males que sabemos
más bien que ir a buscar lo que ignoramos.
Así, ¡oh conciencia!, de nosotros todos
haces unos cobardes, y la ardiente
resolución original decae
al pálido mirar del pensamiento.
Así también enérgicas empresas,
de trascendencia inmensa, a esa mirada
torcieron rumbo, y sin acción murieron.
LA SORTIJA
En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido y bello.
Y me dormí sobre la yerba fina.
Al despertar miré sobresaltada
mi mano pura entre la tarde clara.
La sortija entre mi dedo ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
es un recuerdo de color dorado.
HASTÍO
Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.
Del reloj arrinconado,
que en la penumbra clarea,
el tictac acompasado
odiosamente golpea.
Dice la monotonía
del agua clara al caer:
un día es como otro día;
hoy es lo mismo que ayer.
Cae la tarde. El viento agita
el parque mustio y dorado...
¡Qué largamente ha llorado
toda la fronda marchita!
LA CARTA
Busco en vano en la carta
de adiós irremediable,
la huella de una lágrima...
VOLVERLO A VER
¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas
de temblor de astros, ni en las alboradas
vírgenes, ni en las tardes inmoladas?
¿Al margen de ningún sendero pálido,
que ciñe el campo, al margen de ninguna
fontana trémula, blanca de luna?
¿Bajo las trenzaduras de la selva,
donde llamándolo me ha anochecido,
ni en la gruta que vuelve mi alarido?
¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde,
en remansos de cielo o en vórtice hervidor,
bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!
¡Y ser con él todas las primaveras
y los inviernos, en un angustiado
nudo, en torno a su cuello ensangrentado!
EL PESO DEL TIEMPO
Hay una intensa carga
que oprime, asfixia y esclaviza,
que no se detiene
ni aunque la quiera dejar de lado
Y se ceba
Persiste en el correctivo.
Persiste en la sanción.
Persiste.
Más cuando hinco la rodilla,
sobreviene el alivio
y respiro ligero.
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