43 Poemas ecuatorianos 

BIOGRAFÍA

La ventana nació de un deseo de cielo
y en la muralla negra se posó como un ángel.
Es amiga del hombre
y portera del aire.

Conversa con los charcos de la tierra,
con los espejos niños de las habitaciones
y con los tejados en huelga.

Desde su altura, las ventanas
orientan a las multitudes
con sus arengas diáfanas.

La ventana maestra
difunde sus luces en la noche.
Extrae la raíz cuadrada de un meteoro,
suma columnas de constelaciones.

La ventana es la borda del barco de la tierra;
la ciñe mansamente un oleaje de nubes.
El capitán Espíritu busca la isla de Dios
y los ojos se lavan en tormentas azules.

La ventana reparte entre todos los hombres
una cuarta de luz y un cubo de aire.
Ella es, arada de nubes,
la pequeña propiedad del cielo.

Autor del poema: Jorge Carrera Andrade

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PERENNE LUZ

La noche de cerca, y tan desnudo golpe a expensas de mi corazón.
¡Dolorosa mano mía no aciertas a caer
suspensa en aquel trasluz
de movimiento
de tu imprescindible exclamación!

Ya los mares del Oeste como pecho se dilatan:
Tanto el vuelo de mis sienes, y el velamen de esta lámpara que levanto a firmamentos,
al paso de aguas, a más decir por la anchura de mis párpados.

¡Oh metal tan fresco
Bajo el calor del epidermis!
¡Oh clara huella de su tránsito
En el campo deseado,
en las congruentes potestades de tu sexo!
De clamores y destellos me consuma
Habiendo de sosegar su desnudez.
De sosegarla en la noche de la especie,
En brañas del oasis,
Con mi aliento cuando en vilo de miradas.

Todo que te arrima en resplandores
Que tu condición aplaca de mi ensangrentada consistencia
Todo aquello que no se ajusta de palenques y de fronteras familiares.
Soledad cumplida.
¡Oh silencio, me retraes
-como una implacable roca de durezas en el alma!

¡Menguada luz de escaso asilo!
Labios míos, dadme altura en el trance de estas ansias.
Mas al borde de riberas semejantes
Cuántas aves de este mundo se incorporan,
Como el rostro implícito en el fulgor de la visión,
Que atraviesan de soslayo la magnitud de las esferas...
Por cuanto asumo de mi cuartel de sangre,
La baja tierra de brisas se ilumina.
Mi cuerpo en tanto a vista se desprende de cenizas,
Gimiendo en hontanares de espeso llanto.

Premisas todas de la muerte.
Un ay seguido de tinieblas, de esta gota pertinaz del pensamiento.
¡Oh mi sueño entrante en humedad de flores!
El espíritu denodado
Se arranca de sus perennes paredes lastimosas.
Abultados cortinajes, como otras tantas cabelleras de lo oscuro,
Y la más ardua noche
De presión continua.

Entidad fortuita
Que no habré de hallar sino a merced de escombros,
En el fragor de la ruptura,
Cuando este golpe de mi total caída
Apura entradas en la nada.

¡Oh lamento de tu voz en mi espesura!
Y esa latente réplica, de néctares y de estambres, al placer que me convida.
¡Oh Tiempo, me defines de presencia y de universo!
Hoy cuán bien, ¡oh luz!, aciertas entre tejidos y asperezas, a descontarme espacios,
A circundarme de vecindades el corazón.

Vida sin prejuicios cuando de Ella al tanto de sus senos concatenando habré de recibir.
Me sostengo en vilo, sin huella entonces, a mayor premura de memorias.
En mi boca de ayes.
Mi labio amén de vez repercute golpeando lo indecible

Ésta acendrada concentración del alma,
¿En qué cúmulo no obstante de la esfera que me oculta?
Hoy mi sentencia, a toda prueba.
De un paso mío al consiguiente, ¿Qué distancia de resuelve?
Tu propia luz endurecida,
Como aquella, a expensas de la nada, claridad conjunta de los universos astros.

Todo vuelo se desprende de tus ansias;
Tanto así mi faz en los recónditos espejos que la nombran.
La reverberación así del sexo
En la extensión de su cabida,
Como el clamor de los metales
Bajo el lampo de tus cruentas auroras boreales.

Ni vectores, ni herramientas de otra fuerza.
Gota a gota la fría lámpara
Sobre mi sien persiste.
¡Tus miradas desgreñadas!, ya sus íntimos cristales de violencia me golpean
A merced de tu estatura.
Vertientes todas de mi lecho.
El deseado cuerpo a su poder de luz se entrega,
A sus mejores aguas.
Tal es mi consumo,
De transparencias tuyas y señales en el retiro incalculable de los astros.
Allá en demora, Amada mía,
Por cuentas y sabores de tu amor que concertar.
Y los terrestres años se deciden, en trances de mi prenda,
Hacia el extremo vértice de profundidad apetecido.

Autor del poema: Alfredo Gangotena

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ORGÍA

¡Coruscante en su boca, la panacea!
Las Venas del padre no son
Sino hilos de celaje azul, ramaje del blasón.
El espíritu ha hecho de su cráneo
La sola brújula del pensamiento.
Las manos levantan el cielo raso
Como antorchas de ciencia y de progreso.

He aquí que nuestras mejillas se tornan carmesíes.
Somos sus huéspedes de gran linaje.
Luego nos procuran su ambrosía
El ajo, la estricnina y el sublimado.

Corimbos, umbelas, encajes en llama.
Mis miradas tatúan los senos de la dama.
Oh hermanos, que mi corazón haga la vuelta de la mesa.
¡Sobre mi rostro lamentable, mis lágrimas no son sino gotas de sangre!

Estos brazos nacientes como tromba sórdida de la axila,
El innoble deseo y el vientre, los pómulos de la infame
junto a la salina blancura del mantel
¡Duerme! ¿Para qué la amargura fluyente
de tus santas y lejanas soledades, oh mi alma?

Ellos, urgidos por la sombra de los grandes caminos,
franquean temprano las puertas del Edén.
Luego yo, el indigente, me quedo junto a Lázaro
Cogiendo sus cortezas y sus migas de pan.

Autor del poema: Alfredo Gangotena

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OH ALETEO DE ESOS LABIOS QUE IMPLORAN CLEMENCIA

Oh aleteo de esos labios que imploran clemencia:
Dama admirable, ceded a mi alma el esplendor de Vuestra Magnificencia.
Gritos velados de mis dientes, estertores salvajes del parto,
Dictad me la orden en los dédalos de mi canto.
Resortes y fuerzas martillados en los cráteres del sedimento;
Puertas omnímodas extraviadas en los palacios de diamante;
Y vosotros, senos del éter, donde se desmayan las fuentes del año,
Lactad, íntimos, las vías frugales que se derraman en mi pensamiento.
Bocas amasadas en el éxtasis y en la plenitud del sueño,
Anunciad al fiel para que escuche el follaje del espíritu.
El émulo del arquero, por la ruta alisia, apacigua las selvas:
Id a debatiros en la onda de sus plumas,
En el instante capital en el que evoco los encantos del mundo.
El acicate de su inmensa empresa y su gloria de doble filo
Que yo clame sin par, ¡Oh Legiones! la epopeya del Gran Navegante.

Autor del poema: Alfredo Gangotena

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AL QUEBRARSE LA TARDE

Estabas en mi amor, casi dormida,
-blanco silencio tibio de palabras
al quebrarse la tarde quejumbrosa
en los pasmados círculos del agua.

Me brotaste del viento taciturno
de mis líricas flautas.
Me creciste en los ojos abismados,
y en la tierra más íntima del alma
se arraigaron -raíces cristalinas
tus leves manos pálidas...
Y me nació tu amor... Trémula, suave,
así entre sueños, diáfana,
te entreabriste de anhelos virginales
caída sobre el alma,
ingenua, lenta y triste
como magnolia casta.

Estabas en mi tarde indefinible
-blanco silencio tibio de palabras
y se copió tu imagen limpia, absorta
en el místico asombro de mis aguas.

Autor del poema: Francisco Granizo

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CANCIÓN AL 9 DE OCTUBRE (HIMNO DE GUAYAQUIL)

¿Veis esa luz amable
que raya en el oriente,
cada vez más luciente
en gracia celestial?
Esa es la aurora plácida
que anuncia libertad.
Esa es la aurora plácida
que anuncia libertad.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

Nosotras guardaremos
con ardor indecible
tu fuego inextinguible,
oh santa libertad,
como vestales vírgenes
que sirven a tu altar,
como vestales vírgenes
que sirven a tu altar.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

Haz que en el suelo que amas
florezca en todas partes
el culto de las artes
y el honor nacional.
Y da con mano pródiga
los bienes de la paz,
y da con mano pródiga
los bienes de la paz.

Coro

Saludemos gozosas
en armoniosos cánticos
esa aurora gloriosa
que anuncia libertad,
libertad, libertad.

Autor del poema: José Joaquín de Olmedo

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EPÍSTOLA (LA FLAUTA DE ÓNIX)

Al señor don Ernesto de Noboa y Caamaño!
Límpido caballero de la más limpia hazaña
que en le Época de Oro fuera grande de España
y que en la inquietud loca de estos tiempos, huraño
tornóse, y en el campo cultiva su agrio esplín.
Hermano-poeta, esta vida de Quito,
estúpida y molesta, está hoy insoportable
con su militarismo idiota e inaguantable.
Figúrate que apenas da uno un paso, un “¡Alto!”
le sorprende y le llena de un torpe sobresalto
que viene a destruir un vuelo de Pegaso
que, como sabes, anda mal y de mal paso
cuando yo lo cabalgo, y que si alguna vez,
por influjo de alguna dama de blanca tez,
abre las alas líricas, le interrumpe el rumor
“municipal y espeso” de tanto guerreador.
Los militares son una sucia canalla
que vive sin honor y sin honor batalla.
Luego después las fieras de los acreedores
que andan por esas calles como estranguladores
envenenando nuestras vidas con malolientes
intrigas, jueces, leyes y miles de expedientes
y haciendo el cuotidiano horror más horroroso.
¿Qué fuera de nosotros sin la sed de lo hermoso
y lo bello y lo grande y lo noble? ¡Qué fuera
si no nos refugiáramos como en una barrera
inaccesible, en nuestras orgullosas capillas
hostiles a la sorda labor de las cuchillas!
Tú dijiste en momento de genial pesimismo:
“Vivir de lo pasado… oh sublime heroísmo!”

Autor del poema: Arturo Borja

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ESTE ES MI AMOR Y NADA MÁS, ACODO

Este es mi amor y nada más, acodo
recurriéndote, así, terriblemente,
nacido, desnacido, adolescente
en las albas dulcísimas del lodo.

Sólo de esta mi suerte, de tu modo,
talud de sangre, cántaro cayente,
ordenarás dolor, asiduamente,
zafado peso, acaecer de todo.

Abierto a mi hambre de tus hambres. Duro
pájaro, por la piel, enfurecidos
acúdenme tu olor y ligereza.

¡Tacto! Desde la carne del conjuro,
atacado de todos tus sonidos,
vuélame el corazón, alto, tu presa.

Autor del poema: Francisco Granizo

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POR EL BREVE POLVO (FRAGMENTO)

Es mejor... no preguntes el por qué de las cosas...
Bien están las espinas, de ellas brotan las rosas;
pronto arrulla la brisa si ha bramado el ciclón;
bien la noche, pues, brillan las estrellas piadosas,
bien las tardes azules y las tardes lluviosas,
y la verde hondonada y el adusto peñón.

Es mejor... no preguntes el por qué, que un secreto
adormido en el fondo de tu numen inquieto,
más que muchas respuestas te podrá contestar...
Si en la flor hay perfume, si da sombra el abeto,
si el torrente, en remanso, dormirá blando y quieto...
bien está, no preguntes, mira y ama al callar.

Ama, calla y contempla, que así habrá más paisajes
y más sol y más luna para todos los viajes
que hasta el último sueño deberás emprender.
No interrogues... la duda nublará tus celajes,
y a la pompa frondosa de los tibios boscajes,
trocará el hojarasca tu indiscreto por qué.

Si tu veste desgarras al doblar un recodo
del camino, si hay zarzas, polvaredas y lodo,
si sorprende a tu planta, rudo, el cruel, pedregal...
no desmaye tu anhelo que en la senda hay de todo:
pedregales y espinas, sauces, flores y lodo...
no te importe, que solo te interese el final.

No te importe, no inquieras, pon los mismos amores
sobre todas las zarzas, sobre todas las flores
que acaricien tus ojos en la vía, al pasar...
Si se te hunde una espina ¿para qué los rencores?
muy bien puede tu sangre enseñarle a dar flores,
tus perdones bien pueden enseñarle a aromar.

Vé sencillo. Agradece la bondad del sendero
desmayado a tu paso, y la luz del lucero,
que ‹se dan en silencio›, que se dan sin pedir...
Gracias dile a la fronda, Dios te pague al venero;
agradece a la hierba y al pedrusco severo,
y al ocaso y al orto y al cenit y al nadir...

Nada traes al viaje... la piedad del camino
va vistiendo de sombras y de luz tu destino,
va colmando tu alforja de armonía y de amor;
te da pan, te da fuentes en tu andar peregrino...
Nada traes al viaje, debes todo al camino...
en los días, paisajes y en las noches, fulgor.

Anda, pues, perfumando de humildades la senda...
que a la flor y al abrojo por igual les entienda
tu sandalia viajera... –¡virgen, leve emoción...!–
ve en la estrella regalo y en el lodo ve ofrenda...
nada traes al viaje, no maldigas la senda...
gracias di a la llanura, Dios te pague, al peñón...

Simplifícate, entrégate como el sol al paisaje,
como el campo a la espiga, como el viento al boscaje,
que si nada has traído, nada puedes llevar.
Es mejor... nada inquieras, no maldigas; no ultraje
tu pregunta a la senda... Ve sencillo en el viaje,
hasta cuando el camino, manso, quiera acabar.

Autor del poema: Francisco Granizo

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CANCIÓN DE LA MANZANA

Cielo de tarde en miniatura:
amarillo, verde, encarnado,
con lucero de azúcar
y nubecillas de raso,

manzana de seno duro
con nieves lentas para el tacto,
ríos dulces para el gusto,
cielos finos para el olfato.

Signo del conocimiento.
Portadora de un mensaje alto:
La Ley de la gravitación
o la del sexo enamorado.

Un recuerdo del paraíso
es la manzana en nuestras manos.
Cielo minúsculo: en su torno
un ángel de olor está volando.

Autor del poema: Jorge Carrera Andrade

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