119 Poemas de tristeza 

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APOLOGÍA

¿Es tu voluntad que yo crezca y decline?
Trueca mi paño de oro por la gris estameña
y teje a tu antojo esa tela de angustia
cuya hebra más brillante es día malgastado.

¿Es tu voluntad - Amor que tanto amo -
que la Casa de mi Alma sea lugar atormentado
donde deban morar, cual malvados amantes,
la llama inextinguible y el gusano inmortal?

Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar
y venderé ambición en el mercado,
y dejaré que el gris fracaso sea mi pelaje
y que en mi corazón cave el dolor su tumba.

Tal vez sea mejor así - al menos
no hice de mi corazón algo de piedra,
ni privé a mi juventud de su pródigo festín,
ni caminé donde lo Bello es ignorado.

Autor del poema: Oscar Wilde

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EL SOL Y LA MUERTE

Como el ciego que llora contra un sol implacable,
me obstino en ver la luz por mis ojos vacíos,
quemados para siempre.

¿De qué me sirve el rayo
que escribe por mi mano? ¿De qué el fuego,
si he perdido mis ojos?

¿De qué me sirve el mundo?

¿De qué me sirve el cuerpo que me obliga a comer,
y a dormir, y a gozar, si todo se reduce
a palpar los placeres en la sombra,
a morder en los pechos y en los labios
las formas de la muerte?

Me parieron dos vientres distintos, fui arrojado
al mundo por dos madres, y en dos fui concebido,
y fue doble el misterio, pero uno solo el fruto
de aquel monstruoso parto.

Hay dos lenguas adentro de mi boca,
hay dos cabezas dentro de mi cráneo:
dos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoran,
dos esqueletos luchan por ser una columna.

No tengo otra palabra que mi boca
para hablar de mí mismo,
mi lengua tartamuda
que nombra la mitad de mis visiones
bajo la lucidez
de mi propia tortura, como el ciego que llora
contra un sol implacable.

Autor del poema: Gonzalo Rojas

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Un avión pasar

Enviado por nela  Seguir

A las 19:25 en un último día de la semana.
Una triste niña parecía intranquila en una noche helada.
A cada segundo miraba hacia el cielo ilusionada,
no entendía que era lo que tanto esperaba.
Por un momento creí que deseaba la luna,
pero era tan vacía la noche que ninguna estrella la miraba.
Llegue a pensar que se regocijaba de la triste lejanía.
Sin embargo, estaban equivocadas todas mis teorías.
Ella solo quería apreciar esa luz distintiva
de un avión realizando su trayectoria definida.
Era difícil saber lo que sentía,
parecía estar indecisa y pensativa.
Quisiera tanto despejar el cielo y traer el día,
para así acercarme a su melancólica vida.
No me importaría su pasado o sus letanías,
solo prometerle viajar en avión hacia su mas añorada
alegría y si me pidiera el sol cada mañana,
a sus pies pondría una lampara que la llene de maravillas.

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UNA VERDAD

Como en las tardes de enero
las flores del jazminero
del tallo se precipitan,
como lirios que, mecidos
por vientos embravecidos,
se marchitan;

así, mujer, una á una
perecen las alegrías
que encanto al alma ofrecieron
y queda sólo importuna
la memoria de esos días
¡ayl que fueron.

Autor del poema: Ricardo Palma

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Ni sé

Enviado por namara  Seguir

De todos modos
El agua de mis lagrimas me hacen cortocircuito.
Y tu instinto de amar te mantiene cerca de mi.
De todos modos, los dos nos tenemos que ir.

Maldito sea la vida por hacernos cruzar
Bendito sea la vida por permitirnos conocernos.

Solo quedate un minuto mas,
Que nuestro momento dure una eternidad.

Que la luz de manana toque la sombra de hoy.

Solo quedate un momento mas.

Arbaky Aurelus

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Tus ojos

Enviado por gabl  Seguir

Son tus ojos tristes, de luz opacada
que marchitan tu mirada descarriada,
marcando las ojeras que deja el sueño
entrecortado y tormentoso en noche sin dueño.

gbl
09/05/2018
Derechos Reservados de Autor

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TRISTEZAS

Cuando recuerdo la piedad sincera
con que en mi edad primera
entraba en nuestras viejas catedrales,
donde postrado ante la cruz de hinojos
alzaba a Dios mi ojos
soñando en las venturas celestiales;
Hoy que mi frente atónito golpeo,
y con febril deseo
busco los restos de mi fe perdida,
por hallarla otra vez, radiante y bella
como en la edad aquélla,
¡desgraciado de mí! diera la vida.

¡Con qué profundo amor, niño inocente,
prosternaba mis frente
en las losas del templo sacrosanto!
Llenábase mi joven fantasía
de luz, de poesía,
de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo
levantaban mi anhelo;
aquella majestad solemne y grave;
aquel pausado canto, parecido
a un doliente gemido,
que retumbaba en la espaciosa nave:

Las marmóreas y austeras esculturas
de antiguas sepulturas,
aspiración del arte a lo infinito;
la luz que por los vidrios de colores
sus tibios resplandores
quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva,
para formar la ojiva,
cada ramal subiendo se separa,
cual el rumor de multitud que ruega,
cuando a los cielos llega,
surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo
el santo crucifijo,
que extiende sin vigor sus brazos yertos,
siempre en la sorda lucha de la vida,
tan áspera y reñida,
para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana
que sobre el alma humana
de las caladas torres se despeña,
y anuncia y lleva en sus aladas notas
mil promesas ignotas
al triste corazón que sufre o sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo
a más sereno asilo:
religión, arte, soledad, misterio.
todo en el templo secular hacía
vibrar el alma mía,
como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que sólo entiende
quien crédulo se enciende
en fervoroso y celestial cariño,
envuelta en sus flotantes vestiduras
volaba a las alturas,
virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella
como fugaz centella
traspasaba el espacio, y ante el puro
resplandor de sus alas de querube,
rasgábase la nube
que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
¡Oh perdurable gloria! .
¡Oh! Sed inextiguible del deseo!
¡Oh cielo, que antes para mí tenías
fulgores y armonías,
y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,
ya al pie de tus altares
como en mis años de candor no acudo.
Para llegar a ti perdí el camino,
y errante peregrino
entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;
grito, y nadie responde
a mi angustiada voz; alzo los ojos
y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
medrosamente avanzo,
y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!
Su grandeza satánica me oprime.
Siglo de maravillas y de asombros,
levanta sobre escombros
un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
faz, de consuelos, llena,
alumbra y guía nuestro incierto paso.
Es otro Dios incógnito y sombrío:
su cielo es el vacío,
Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ah! No recuerda el ánimo suspenso
un siglo más inmenso,
más rebelde a tu voz, más atrevido;
entre nubes de fuego alza su frente,
como Luzbel, potente;
pero también, como Luzbel, caído.

A medida que marcha y que investiga
es mayor su fatiga,
es su noche más honda y más oscura,
y pasma, al ver lo que padece y sabe,
cómo en su seno cabe
tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota
que el ronco mar azota,
incendia el rayo y la borrasca mece
en piélago ignorado y proceloso,
nuestro siglo —coloso—
con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos! . . .
a los tristes reflejos
del sol poniente se colora y brilla.
El huracán arrecia, el bajel arde,
y es tarde, es ¡ay! muy tarde
para alcanzar la sosegada orilla.

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
a todo yugo ajeno,
que al impulso del vértigo se entrega,
y a través de intrincadas espesuras,
desbocado y a oscuras
avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde? . . . El pensamiento humano
en vano lucha, en vano
su ley oculta y misteriosa infringe.
En la lumbre del sol sus alas quema,
y no aclara el problema,
ni penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
que tu poder no ha muerto!
Salva a esta sociedad desventurada,
que bajo el peso de su orgullo mismo
rueda al profundo abismo
acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
en nuestras almas deja
el germen de recónditos dolores,
como al tender el vuelo hacia la altura,
deja su larva impura
el insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría
es, Señor, todavía
raudal de vida tu palabra santa,
di a nuestra fe desalentada y yerta:
—¡Anímate y despierta!
Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!—

Autor del poema: Gaspar Núñez de Arce

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ROMANCE DEL AHORCADO

Enviado por doblezeroo  Seguir

~~~~~~

Mira hacia lo alto la niña
al ahorcado de la plaza
que arriba lleva colgado
hace hoy ya una semana.

Rizando el rizado rizo
una mentira se ensancha
la verdad queda en el rostro
y en la boca las patrañas.
Juan tiene en los ojos roto
el cristal de las palabras
y su mujer bien lo sabe
y su mujer bien lo calla.

Rizado el rizado rizo
ya ha pasado una semana
de la traidora vendetta
y Juan retorna a su casa
como se vuelve al trabajo
volviendo como si nada
mientras su mujer lo sabe
mientras ella se lo calla.

Pedro fue el ajusticiado
pero eran dos en la cama
y puso a Dios por testigo
pero Dios allí no estaba
y por el ¡¿que dirán?!, dijo
que hubo sido violada,
la mujer de Juan, mintiendo,
la mujer de Juan, la mala.

Treinta collares de espinas
desangran en su garganta
cuando le habla algún vecino
de la angustiosa mañana
que a su mujer fornicando
con el amigo encontraba
pero en el pueblo sabían
mas de lo que confesaban.

Rizando el rizado rizo
en los tejados temblaba
la sangre de Juan el muerto
y las mentiras gritaban
mientras abajo en las calles
silbaban las hojalatas
y en los portales sabían
mucho en lo que se callaban.

Mira hacia arriba la niña
hija de Pedro y la mala
la niña mira a su padre
el ahorcado de la plaza
pálido como la muerte
helado como la plata
colgado de aquella soga
anudada en la garganta
mientras la niña tirita
llorando como una blanca
indefensa y pequeñita
paloma recién cortada.

~~~~~~

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LAS MAÑANAS TRANSCURREN CLARAS

Las mañanas transcurren claras
y desiertas. Así se abrían tus ojos
en otro tiempo. La mañana
fluía lentamente, era una gorga
de luz inmóvil. Callaba.
Tú callabas, viva. Las cosas
existían bajo tus ojos
(sin pena, sin fiebre, sin sombra)
como un claro mar en la mañana.
Luz, donde estás tú está la mañana.
Tú eras la vida y las cosas.
Despiertos en ti respirábamos
bajo el cielo que perdura en nosotros.
Sin pena, sin fiebre entonces,
sin esta pesada sombra del día,
poblado y distinto. Oh luz,
claridad lejana, aliento
vehemente: vuelve tus ojos
inmóviles, claros, hacia nosotros.
La mañana que pasa es oscura
sin la luz de tus ojos.

Autor del poema: Cesare Pavese

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YA LO SÉ, LA MEMORIA

Ya lo sé, la memoria
no es un lugar seguro.
Está llena de trampas,
consuelos, desconsuelos,
atajos, emboscadas,
pistas falsas, canciones
lacrimógenas, torpes
maneras de quedar
bien,
traiciones, heroísmos,
fotos trucadas siempre
con el fotoshop tonto
de la melancolía.

Ya lo sé, es lo que somos:
nostalgia y cirugía.
¿Recuerdas lo felices
que fuimos el verano
de la inmortalidad?

Autor del poema: Javier Rodríguez Marcos

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